El trueno cae y se queda entre las hojas

lunes, 8 de mayo de 2017

No crítica de 'No se lo digas a nadie'





Silencios traumáticos
No se lo digas a nadie
Texto, dirección e interpretación: Victoria Enguídanos. Espacio Inestable





Sola en el escenario y frente a los medios audiovisuales, la valenciana Victoria Enguídanos crea un monólogo que no deja indiferente por su tema, por el tratamiento y por su puesta en escena. Aunque no es una autora que se prodigue, sus trabajos son flechazos en la mente del espectador. Recordamos su obra ‘Dependencias’, estrenada en Carme Teatre en 2014, donde trataba el tema de la drogadicción y su capacidad de destrucción y sustracción de la voluntad y la personalidad al ser humano.
En esta misma línea tan suya y con su estilo de pocos medios pero muy comunicativo gracias a la fortaleza interpretativa del texto, sumamente cuidado y penetrante, ‘No se lo digas a nadie’, estrenada en Sagunt y ahora ofrecida en la sala Inestable, aborda con sinceridad y crudeza el problema de los abuses sexuales a menores. Enguídanos desnuda posibles experiencias individuales que permanecerán ocultas de por vida en quienes las han padecido y que quedarán como un trauma psicológico, cuando no físico, para siempre. Otras situaciones dramáticas pueden conocerse y ser admitidas socialmente, pero en el caso de los abusos a menores y la pederastia quedan en la oscuridad y ocultos por una sociedad que mira de soslayo al asunto sin atajarlo ni aliviar a quien lo ha padecido. Y como en ‘Dependencias’, además de concienciar, Enguídanos propone una solución: la comunicación afectiva.
Para ello, sitúa en paralelo y de manera alternada la historia de una madre que padeció abusos con su hijo pequeño y una terapia de grupo donde ella participa junto a otras personas que han los han sufrido también. La incomprensión necesita alivio, porque afecta al individuo y a su relación con los entornos familiar y social. De manera muy convincente, Enguídanos es el personaje: necesita vivirlo para poder ofrecer la angustia de esa realidad, desde la desconfianza en el entorno hasta la transmisión de la experiencia.
Así, se alternan los diálogos con el hijo, mirando ya hablando ella hacia bastidores, y con los  tres personajes ausentes de la terapia en sillas vacías perfectamente iluminadas con distintos colores. Todos relatan o contestan con voz en off. Al comiendo del desenlace de la obra, los tres aparecerán en imágenes donde relatan sus experiencias, interpretados por Xusa Arrufat, Paula Peña y Manuel Ruizarte. Esta unión entre lo audiovisual y la interpretación solitaria permite que la obra tenga un sentido colectivo y le da fuerza a su estructura. Hay momentos inquietantes, subrayados puntualmente como cuando, desesperada, ella apunta al público con una pistola.
La tonadilla de la canción ‘Kiko y la mano’ que canta Enguídanos abre un camino hacia el optimismo. El problema tiene solución si desterramos el silencio. Y es lo que le queda al espectador de esta obra valiente, enérgica, dramática y extraordinariamente interpretada. Su fortaleza le permitirá ser recordada. Esas sillitas…



martes, 13 de mayo de 2014

CUIDA DE CHESTER DE GUILLERMO GALVÁN



Guillermo Galván (nacido en Valencia y residente en Madrid desde los dos años de edad) es un prolífico escritor con siete novelas publicadas  en poco más de una década y varios premios importantes obtenidos como el Río Manzanares, el Felipe Trigo o el Alfonso VI, uno de los “clásicos” de la novela histórica. Antes de dedicarse a la ficción, participó en algunos trabajos colectivos de investigación, como Operación Moisés y Panfletos y Prensa antifranquista clandestina. Su primera novela fue La mirada de Saturno (2001), premio Tiflos de 1999, una creación sobre el recuerdo, el peso de la losa paternal sobre el hijo, lo cual le motiva al descubrimiento del pasado ocultado. A ella le siguieron El aire no deja huellas (2002) y Aislinn (2003), una de sus creaciones más destacadas subtitulada “Sinfonía de fantasmas”; una narración no histórica sino “de contexto histórico”, como Galván citó en el diario ABC. Porque es una novela que bebe en fuentes históricas, literarias y periodísticas, como suele ser frecuente en la mayor parte de su producción. En ella se recreaba una intriga política a finales del siglo XIX, poco después del asesinato de Cánovas, cuando el joven impresor Nicolás Villabuena recibe la oferta de un empresario irlandés para editar un manuscrito del siglo XVI. Pero el texto oculta un crimen cometido trescientos años antes, así como una compleja telaraña política permanente hasta el presente de la historia contada.
Su siguiente obra, De las cenizas (2005), que tuve el gusto de reseñar cuando me impuse la noble tarea ingrata de redactar una cada semana, era una novela de intriga, en la que un músico, Víctor Alba (curiosa ironía la de su nombre y apellido) emigrado a Nueva York para sobrevivir con escasas posibilidades de subsistencia y después de un fracaso amoroso con Elena Torres, retorna a Madrid veinticinco años después, pero topa con la misteriosa muerte del marido de Elena. Con un carácter retrospectivo y circular, Galván ofrecía otra de las características fundamentales de su novelística: el reflejo de las pasiones humanas, las emociones y los sentimientos, con credibilidad y cuidado textual. A ella le siguió la novela breve Llámame Judas (2006), también de intriga, iniciada con la recreación del incendio de un emblemático edificio contemporáneo madrileño, sobre un delito ante el que se plantean diversas declaraciones de los supuestos testigos y en el que se profundiza en el tema del traidor histórico, Judas Iscariote, que en realidad es un cómplice.
A ella le siguió una de las grandes obras de Galván, Antes de decirte adiós (2009), llena de lirismo donde se mezclan el pasado de la guerra civil y los años setenta españoles cuyo argumento se sitúa en los últimos días de marzo de 1939, cuando un batallón republicano llega a Madrid con la misión de rescatar un cadáver ante la incomprensión de los oficiales preocupados con la resistencia final de la ciudad ante el avance de las tropas franquistas, y en paralelo, se desarrolla la historia de Dimas Tallón, policía de la Brigada de Extranjería, desencantado que revela el punto de vista de los perdedores de la guerra civil, lo que convierte a la novela en una reflexión sobre el pasado y el presente. Le siguió su gran novela histórica, Sombras de mariposa (2010), ambientada en el año 572, cuando Wilya, hijo del difunto rey Liuva, es acogido en la corte visigoda por su tío, el rey Leovigildo. Con esfuerzo y pundonor tras haber quedado lisiado por un accidente infantil, Wilya logra convertirse en guerrero y participará en los acontecimientos más turbulentos de la época, como la rebelión del primogénito Hermenegildo, las campañas contra otros reinos, o la adjuración de la fe arriana por parte de Recaredo. Además de histórica, Galván crea una narración épica que dibuja toda una época no muy tratada en la historia española.
Galván nos acaba de regalar una nueva creación: Cuida de Chester; una novela de misterio psicológico donde se enfrentan dos mujeres viejas amigas cuyo camino en la vida ha sido opuesto. Una es periodista y está integrada en la sociedad, mientras la otra, Bea, lleva una vida distinta: fue víctima del acoso paterno en su infancia, es una escritora frustrada, fracasa en su matrimonio, se convierte en astróloga vocacional y busca un motivo que dé sentido a su autodestrucción. Dos antítesis. Bea emprende un viaje a Hungría para hallar el enigma de un autor, Tibor Pallag, al tener noticia de una novela suya enigmática, El durmiente, después de fracasar en su vida e incluso divorciarse. Allí irá buscando pistas, encontrará a Sándor, con quien acaba relacionándose, y logra dar con el paralelo de Adry, un viejo que ha vivido la guerra civil española y todos los acontecimientos desde esos años al presente. Pero el viejo engendra una compleja historia familiar anudada al manuscrito del siglo XVI, Speculum, como iba a llamar Galván a esta novela en un principio, donde se inspira la novela de Pallag. El desenlace mostrará todo un entramado formado por notas, cartas y escritos de Bea, cuyo destino ha sido marcado por el encuentro con Adry.
Dice el texto de la contraportada de la novela que estamos ante la novela más literaria de Galván. Nada más incierto porque siempre ha sido cuidadoso con su prosa. Sí que estamos ante su novela más introspectiva, más psicológica. Por medio de los escritos, sobre todo de los capítulos pares, más extensos que los impares, se dibuja la personalidad de una atormentada mujer, compleja, y obsesionada por el valor del espejo. Borges nos habló de que los espejos nos devuelven la imagen de uno mismo. Sin embargo, Galván pretende con su personaje Bea convertir al espejo en expresión de un alter ego irreconocible para la consciencia, para cerrar la reflexión sobre una vida y la búsqueda del sentido de la existencia. Ella lo que desea es destruir los espejos para destruirse a sí misma. Sin abandonar la indagación, se establece una intriga y el enigma: ¿para qué busca Bea la novela de Pallag? La historia de la saga familiar de Adry nos revelará otra imagen atormentada en un espejo, el de la propia novela que la otra mujer está componiendo con los apuntes y notas recibidas.
Las seis partes del texto fluctúan en paralelo entre el presente de la mujer y los escritos de Bea con la historia de la búsqueda de la novela de Pallag. La obra está llena de referencias al rock y a la literatura, traspasando los límites de la real para introducirse en el puro espejismo de la propia vida reconstruida. El pensamiento desarrollado permite un flujo mayor del lirismo y de la reflexión hasta dar a la narración la morosidad necesaria para la comprensión de la autodestrucción de Bea. Alternando descripciones, pensamientos y diálogos, desde la variedad de registros, Galván crea un personaje impactante Bea, que acabará despertando el remordimiento en su amiga.
Una novela a leer, como todas las del autor, alejada de parámetros comerciales en todo momento, y con una cuidada prosa, sobre la atracción del abismo y la autodestrucción, y con unos ambientes, tanto exteriores como interiores, muy bien descritos. Galván sigue firme y exhibe con mayor fuerza su talento narrativo con esta novela que, si bien se aleja con un estilo pausado de buena parte de su producción anterior, no deja de pertenecer al mundo de un autor a tener en cuenta siempre.

José Vicente Peiró

sábado, 29 de marzo de 2014



                SOBRE ÁCIDO ALMÍBAR de RAFAEL SOLER
Cuando encuentro un libro de poemas donde hay un par de versos que hago míos, me siento feliz. Suele aburrirme tanta poesía insulsa presente por todas partes, desprovista de alma universal porque lleva en sus palabras el ego personal; el de quien desea que se le escuche porque tiene poco que contar. Siento decirlo así, pero la poesía actual me obliga a refugiarme en clásicos del siglo XX como Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda o Nicanor Parra, entre muchos otros, porque me resulta difícil encontrar la diferencia atractiva de la plenitud verbal. No es que quiera hacer loas a los sonetos de Joaquín Sabina, pero casi me interesan más por su cercanía a la vida que muchos duelos y quebrantos exhibidos sin pudor ni decoro literario.
Claro que hay grandes poetas en la actualidad. Pero ocurre como en las visitas a las librerías: entre muchos tomos y tomos encuentras algunos que merecen la pena. Hay que escarbar para hallar las grandes obras actuales. No todos los poetas son como los de Ávidas pretensiones de Fernando Aramburu, genial novela que ha sido premio Biblioteca Breve en este 2014, pero sí que abundan más de lo deseado. Pero sí hay versos que merecen la pena. Entre ellos tenemos los de Rafael Soler.
Ya sorprendía su capacidad lírica en Las cartas que debía, editada en 2012, por su simbiosis entre la expresión tierna, la búsqueda de la experiencia y el empleo de la ironía. Pero las andanzas de Rafael Soler empezaron en la narrativa,, cuando allá entre finales de los setenta y principios de los ochenta publicó seis libros entre los que destaca El corazón del lobo, novela reeditada en 2012, que, según Pedro García Cuento en su reseña de La Clave Literario (revista de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios – CLAVE), junto a El grito, es una “novela centrada en la incomunicación de seres a la deriva, de hombres y mujeres que han desgajado sus vidas, abiertas a la rutina y al desamor”. Los personajes de Alberto y Fanny son impactantes y bailan alrededor del amor y el susodicho desamor, del encuentro y del desencuentro, para así curtir el paso del tiempo y la degradación ocasionada por los años. Sin embargo, la narratividad no esconde el lirismo dominante en el estilo de Soler. Ese lirismo engrandecedor de su producción literaria y que le hizo retornar a la actividad después de más de dos décadas de silencio editorial con el poemario Maneras de volver en 2009.
2014 nació con un nuevo libro poético suyo: Ácido almíbar. El oxímoron del título está elegido a la perfección puesto que la obra camina entre lo amargo y lo dulce. Al fin y al cabo, la vida es un zigzagueo entre ambos extremos: entre el drama y la comedia. Es un libro de la experiencia, de motivos autobiográficos dada la aparición de familiares y conocidos del autor, en perfecta simbiosis con la imaginación y la ficción, hasta formar un conjunto diagramático de lo vivido.
El libro está dividido en seis secciones y una posdata. La primera “Quédate a los títulos de crédito” ya muestra al mejor Soler: ese que maneja la ironía como pocos, sin olvidar lo trascendente. De la unión entre la acidez, en ocasiones satírica, y la jovialidad del presente, nace el verso sorpresivo, rompedor de la monotonía. En esta parte se dirige a un lector, que más bien es un yo desdoblado, un alter ego, ese “tú” necesario en la poesía dialógica, con el que plantea cuestiones desde el nacimiento hasta el descubrimiento de la vida, llena de hallazgos y prohibiciones sociales y naturales (“prohibido mirar en los cajones / morir antes de tiempo / y montar tu bicicleta”). La segunda parte, “Galería de afines y cercanos”, es la más autobiográfica de la obra; una suerte de diario poético donde el hablante lírico “nada contará si no me cuentas”, porque dialoga consigo mismo. De nuevo juega Soler con los conceptos para recordar el pasado, actualizarlo, con el recuerdo de seres impactantes como Batiste en “Te queda el mar en una jaula”.
La tercera parte, “Retrato de dos para ninguno” está dedicada al amor. La mujer está presente, pero como medio de diálogo con el mundo. El amor es una epifanía permanente, sin olvidar la expresión más precisa pero coloquial: “Cosa de dos amor lo nuestro / por terceros atados a pespunte / yo contigo / tú conmigo a veces / y del brazo encaramados los terceros”. Realmente la mirada de Soler hacia el mundo deambula entre la sonrisa y el fastidio de la imposibilidad. La cuarta, “El público siempre tose en lo mejor” es una parte donde la madurez va reinando. Juega con las palabras, acudiendo incluso a la ironía de la falta de ortografía (“bibir es beber con los que viven”) porque es necesario el optimismo, dado que la muerte está ahí, en la esquina, esperando su momento, aunque se huya de ella permanentemente. En la quinta, “¿Quién anda por ahí?”, Soler se muestra más duro con el mundo. El desencanto existe, y las impresiones de los instantes y los objetos quedan grabadas. En “Caso cerrado”, el sexto fragmento de la obra, se va cerrando la historia personal: es un punto y seguido a la autobiografía y a la visión del trascurso de la vida. Acaba con el poema “Pido el desahucio de una prórroga”, y con la estrofa “pero la muerte muerta / nunca”. Es necesario trascender, es necesario vivir incluso después de la muerte, en un empeño vitalista muy tejido a lo largo de la obra. Y la “Posdata” es la esperanza en que “otra luz exista”. Debe existir algo más, pero habrá que dudar de ello, para poner la rúbrica con un verso surreal: “esa ventaja nos llevan los azules”, en referencia al mar.
Si me obligan a elegir una estrofa del poemario, me quedo con esta por su carácter sentencioso plenamente acertado:
Nacerás cuando ames
y por amado tomarás posesión de cuanto venga
con esa solvencia del que ignora
que habla por él un ignorante

Desde luego que el ignorante suele hablar con una solvencia abrumadora en todos los ámbitos. El problema para él es la razón. Razonar no significa tener razón, y por ello el ignorante acaba ignorado. Pero ese ignaro parlanchín se ha adueñado del discurso social actual, con la connivencia de la autoridad competente en la materia al optar por la dejación de funciones ciudadanos. Luego, no nos quejemos de soportar la mediocridad del ignorante como discurso dominante. ¿Pero no es cierto que una estrofa grabada en el lector da carta de existencia a todo un poemario? Ahí radica el mérito de la buena poesía: en esculpir dentro del cráneo del lector la genialidad. Es lo que le queda al lector… y al autor.
Ácido almíbar de Rafael Soler es un gran poemario. Sorprendente, ingenioso, inductor a la reflexión, personal, donde lo autobiográfico interesa al lector por su ingenio y un perfecto manejo dialógico entre un ego y otro que es parte complementaria del mismo, a veces representado por el pronombre y en otras ocasiones por el propio significado de los versos. No es una poesía de sensaciones, sino de carácter: vigorosa y nutriente. Como es el propio Rafael Soler.
José Vicente Peiró


martes, 25 de febrero de 2014


Y TU VIDA DE GOLPE DE JOSÉ INIESTA


José Iniesta (1962)  es un poeta de mi generación.  De escasa producción, dado que Y tu vida de golpe (2013) es su quinto poemario. Han pasado casi treinta años desde que en 1985 viera la luz el primero, Del tiempo y sus castigos. Evidentemente, su escritura actual es más depurada y más potente. Pero “eso lo dicen todas”: todos hemos pulido nuestra palabra a medida que hemos cumplido años. Incluso hemos cambiado la pluma estilográfica por las teclas del ordenador en estos treinta años.
Y tu vida de golpe mantiene una constante en la producción de Iniesta: la preocupación por el tiempo. Por estos poemas pasan sus recuerdos, su presente y su inquietud. Sin embargo, adopta una postura guilleniana, puesto que la vida no es un martirio sino un gozo a disfrutar, a agradecer. Esa piedra prisionera que convive con el sol, esa “amada perfección fría del mundo” que recuerda ese optimismo del poeta del 27. El amor y los años y vivencias están presentes continuamente desde el primer poema “La cosecha”, y, como manifiesta en “Amor en el balcón”, “de nuevo es el amor quien me sostiene”, porque es una fuerza motriz mientras transcurren los días. Quedan lugares vacíos, tiempos irrecobrables, despedidas, pero siempre queda una vida donde puedes lanzar tus redes a las profundidades (“Las redes y la bahía”).
También hay preguntas por la existencia, por esa ventana por donde miraba cuando niño, y esas puertas del cielo que proporciona la amada. Cierra el poemario una gran composición, muy medida y bien articulada: “Razones de ser”. Resume el sentido del libro para rematarlo recordando que se es una “apretada semilla germinando en las áridas tierras de la realidad”. Nos siembran y alcanzamos la plenitud: disfrutemos de ello.
Formalmente, la quiebra del último verso de cada composición le da mayor unidad a la obra. En el fondo, Iniesta pretende captar el mundo que ha sentido y vivido, darle nuevos significados sin perder la referencialidad, con una expresión depurada y nada maniatada por el artificio, y un léxico ajustado a una sentimentalidad que no cae en romanticismos vacuos ni egocentrismos.
Compartimos problemáticas con José Iniesta y visiones de la vida. Aunque vivamos desde el sillón, gozamos de nuestra existencia sin perdernos ni cayendo en patetismos injustificados. Y este goce no es efímero, como demuestra el autor amplificando sus temas predilectos a medida que avanza la lectura. La vida es bella, a pesar de las dificultades.

Y tu vida de golpe permite recuperar la fe en la poesía como explicación del vitalismo. José Iniesta ha apostado por el riesgo y ha salido muy bien parado.