El trueno cae y se queda entre las hojas

lunes, 7 de mayo de 2012

Ucronías


En el siglo II antes de Cristo, los griegos inventaron el libro electrónico. Se desconoce su inventor con exactitud, pero en su difusión comercial parece que intervino un tal Zeus. Se había empecinado en que sus súbditos dejaran de estropear las piedras marcando letras con el cincel. Ese artefacto prodigioso permitió fijar por escrito todo el conocimiento universal y transmitirlo de una generación a otra. La piedra fue desapareciendo poco a poco y se extinguió como soporte de escritura.

El libro electrónico tuvo algunos enemigos. De hecho, un tal Prometeo inventó un virus  informático terrorífico que afectaba a sus sistemas de interconexión hasta hacer desaparecer los contenidos de los aparatos. Pero Zeus no se inmutó y creó un antivirus llamado Pandora para combatir sus planes subversivos, salvando la cultura escrita de la humanidad.

Pasaron los siglos. El libro electrónico se convirtió en el soporte de lectura universal. Gutemberg inventó el formato e-pub, que acabó desplazando al ancestral archivo en PDF, hasta entonces el más entendido, y el libro se pudo comercializar. Una obra en este formato costaba 2 gramos de oro o 1 kilo de especias, aunque también podía obtenerse por tres cahíces de sal. Incluso la Inquisición perdió su batalla por el control del pensamiento escrito: su soporte predilecto, la hoguera de la pantalla orwelliana del Gran Hermano, no resistió a la extensión universal de la educación por medio de los libros electrónicos.

Pero desde finales del siglo XX, las grandes casas de libros electrónicos comercializaron un nuevo producto: el libro en papel. Un tal Bill Gates descubrió que la pasta de las cortezas de los árboles permitía escribir con tinta, otro invento del imperio chino. La lectura tuvo un nuevo soporte que fue extendiéndose porque resultaba más cómodo para leer y trabajar en aquella vieja y extinta “sociedad del bienestar”.

Desde ese momento, el libro impreso en papel tuvo una comercialización mayor y en 2011 sus lectores llegaron a la cifra del 6,8 por ciento. En 2040 alcanzó un porcentaje del 80 por ciento.

¿Pero ha muerto el libro electrónico? Queda un 20 por ciento de insumisos retrógrados que se mantienen enganchados a este formato. ¿Pero sobrevivirán? Pronto lo sabremos.

Más Esteban Bedoya


LA COLECCIÓN DE OREJAS DE ESTEBAN BEDOYA

Cuando alguien ha leído El Apocalipsis según Benedicto, no puede dejar de sentir interés por su autor, Esteban Bedoya, y sus posteriores publicaciones. Aquella obra, genuinamente esperpéntica y original, nos reproducía un mundo en los infiernos de la realidad para construir un compendio de lo conocemos como crisis del catolicismo, que no es más que una transformación más de las mentalidades en nuestra sociedad. Pero no se detenía solamente en esta cuestión: avanzaba la propia crisis moral del neocapitalismo posindustrial en que ahora tratamos de sobrevivir. Ello sin eludir el examen sociológico del Paraguay, como en el cuento “Villa Elisa”, un análisis crítico sobre la corrupción, el arribismo y el amiguismo como sustrato temático de una trama fantástica, en la que se suceden acontecimientos sobrenaturales en la casa del título. Heredero de autores capitales del siglo XX, como Borges o Cortázar, y del humor de raíces cervantinas, sabe convertir la realidad en una trama fantasiosa, provista de causalidad y dotada de una verosimilitud literaria cuadrada.
La publicación de su nueva novela (por cierto, en Australia, dato curioso aunque no increíble por ser su residencia actual) es una grata noticia. Su título es atractivo: La colección de orejas; mención que evoca aquella historia de Ascasubi cuando puso a Isidora la Mazorquera a admirar la colección de orejas de unitarios que poseía Manuelita, o la de Dos falsas novelas de Ramón Gómez de la Serna, y su relación con el fetichismo macabro. Aquí, la colección de orejas buscada es un leitmotiv del que salta la historia principal. Como en otras narraciones, Esteban Bedoya parte de una misteriosa anécdota, el encuentro de un periodista suizo, Leandro Manfrini, con un misterioso hombre de negro que lleva un colgante con una oreja, para desentrañar una historia enmarañada en el trasfondo político stronista. Sin embargo, es el misterio del indio blanco el que ocupa el centro vehicular de la narración, lo cual la dota de unos cimientos férreos y bien armados.
El cervantinismo de la historia, texto dentro de texto (en palabras de Eric Courthès, “la novela es una red de textos imbricados”), metaliterariedad del narrador al conocer a Manfrini, está sustentado por un argumento repleto de tramas no tan dispersas como aparentemente podría apreciarse en una lectura superficial. La historia del indio blanco salta a la relación con la mujer negra que protege a uno de los protagonistas de la represión del régimen dictatorial, y a partir de ahí a otros sucesos unidos alrededor de la unión matrimonial planteada entre la hija de la familia Palavecino, Antonia, y Fernando, hijo único de doña Serapia, matrona de la familia. La historia se alambica hasta el punto de rayar en un bizantinismo moderado, bien resuelto en función de la relación entre los personajes y cierto nihilismo alejado del escepticismo.
Este indio albino legendario nos recuerda la forja de nuestras mentalidades en la mitología. Su entrada en la vida corriente no perturba: más bien, revela las carencias de la buena familia. Porque en el fondo Esteban Bedoya nos remite al fracaso como destino humano; sobre todo al fracaso moral convertido en motor de los actos. El hecho de que el matrimonio no pueda consumirse por la homosexualidad de Fernando y de que Antonia sea una mujer de carácter acaparador que ordena más que organiza, es una representación de la frustración de la pequeña sociedad y de la familia entendida como vehículo de bondad y unión.
Bedoya firma una denuncia explícita de la violencia mostrándonos ambientes desagradables sin ningún pudor, pero con plena justificación. Así, vemos cuadrillas paramilitares que se dedican a cortar orejas de los indígenas mbyá y guardarlas como trofeos de conquista. Sin embargo, la enigmática presencia del doctor Mengele, el famoso médico nazi, abre un interrogante acerca de la naturalidad o artificialidad del indio albino: ¿mito o realidad? Es esta presencia de elementos anormales, o al menos diferentes a nuestros cánones vitales, la mejor fortaleza de la novela. Quizá hubiera estado más conseguida la explicación del mito del indio albino del primer capítulo si no hubiera sido explicativo y se hubiera forzado más el discurso con ficción pura.
Hay momentos en que se recurre a la saga, como la historia de los Palavecino. Pero se rompe con la trasgresión sexual del desnudo de Cristino. El artista sometido por la joven Antonia descubre un mundo de depravación que aleja el pensamiento familiar de cualquier tradición heredada, hasta hacer chocar la moral y las costumbres. Esteban Bedoya no sujeta sus personajes a cánones establecidos: los libera del yugo de la influencia social y familiar para individualizarlos según su propio carácter. Les permite escapar de la protección paternalista de un narrador omnisciente castrante. El indio albino, nacido en la selva, entra en el mundo asunceno cuando es contratado de criado de una familia patricia, los Pavón-Grisini, que van labrando su riqueza por medio de su posición dentro del partido colorado en el poder, hasta el punto de ser una de las familias defensoras del régimen dictatorial.
Otro aspecto positivo de la obra es que el indio albino no se ajuste al modelo del buen salvaje, nacido fuera de la “civilización” y educado por las elites dominantes, aunque en realidad el autor huye de los conceptos tradicionales de la aculturización indígena con acierto narrativo. De hecho, los abusos sexuales que sufre por parte de los miembros de la familia Pavón-Grisini desmitifican esta idea: la depravación contrasta con las buenas costumbres exhibidas de cara al exterior. A pesar de que Cristino violó a Antonia de niña y de que fue maltratado por Mengele, no hay maniqueísmo ni sentimentalismo en el tratamiento del personaje, así como tampoco sobrevuela un mensaje moral con respecto a su comportamiento. En realidad, su universo está rodeado de inmoralidad. El indio acaba siendo protagonista televisivo y de ahí es “reinsertado” en la selva para “recuperar sus derechos” gracias a la fundación de la familia, clara ironía sobre la moral imperante.
Sin embargo, nos atrae más en la novela la imbricación de las pequeñas historias de cada personaje con el argumento global. Diríamos que el indio Cristino es un conductor, pero en realidad el resto de personajes son igual de interesantes. Los episodios humorísticos de su retorno al contacto con otros indígenas, como por ejemplo las “galletas coquito” con los acampados en la plaza Uruguaya o el exterminio de las aves del gallinero, sumados a los de su vuelta con los mbyá y su borrachera del reencuentro,  se alternan con la crítica irónica a las intrínsecas relaciones con el poder. La conversación entre Garcilazo y el senador, con las palabras escritas en Suiza por el periodista Manfrini, revelan todo un mundo subterráneo donde la política común se sustituye por los intereses personales. Personajes como Cañete están perfectamente trazados; gozan de autonomía pero sin escapar del discurso. Sin embargo, muchos de ellos son engullidos por las situaciones de la novela, sobre todo cuando son violentas. La enigmática llegada a casa de los Pavón del oficial Estigarribia para cerrar el caso de su marido demuestra el grado de nepotismo de los privilegiados existente en la sociedad paraguaya y la impunidad con la que actúan.
El final, entre la añoranza del olvido de mitos como el Pora o el Luisón aprovechando la desaparición de Cristino de la memoria colectiva, redondea una novela a tener en cuenta; una novela donde se hace patente la idea del humor como estrategia de denuncia de la realidad. La anécdota policíaca del comienzo y la búsqueda del coleccionista de orejas acaba siendo solapada por los personajes variopintos de la novela. Violaciones, situaciones macabras, pero también cómicas, muestran la degeneración del individuo. En el desenlace el periodista Manfrini y Antonia siguen su camino a pesar de amarse en sueños, y el narrador hace balance de la procedencia de las historias compiladas.
La escritura de Bedoya no posee límites. La novela podría ser acusada de disparatada o de contener secuencias inverosímiles incluso. Nada más lejos de la realidad, puesto que es en ello donde reside su estilo propio y la potencia de su discurso. Con esta novela destaca el olvido de una cultura indígena, pero sobre todo la dislocación de unas mentalidades oblicuas por su disfunción entre pensamiento y acción, sobre todo en relación con la tradición moral y la actuación personal en el universo político de los intereses personales. La colección de orejas posiblemente no sea tan tenida en cuenta en el futuro como la rupturista y llena de imposturas El Apocalipsis según Benedicto, pero sí la tendrán en cuenta el lector y la crítica como una novela inolvidable.

José Vicente Peiró Barco
jvpeiro@ono.com

lunes, 31 de enero de 2011

La plaza como centro de la vida: "Las manos vacías" de Jacobo Rauskin

No vamos a insistir en la idea de que Jacobo Rauskin es uno de los poetas paraguayos por antonomasia, lo cual es como decir que es uno de los grandes autores latinoamericanos. Es un ejemplo de guerra entre poesía y mercado, donde se impone el lema de “si vendes o te vendes, editas”. Su pureza literaria está fuera de dudas y quizá por ello nos permite seguir confiando en la poesía, un género donde abundan los amiguismos, los favores mutuos y las manías personales extraliterarias, por desgracia.    

He reseñado todas las últimas obras de Jacobo Rauskin. Y lo seguiré haciendo con las siguientes porque su poesía es  la crónica de la realidad actual y espejo de la ideología reinante en nuestra sociedad: el escepticismo. Seguiré creyendo en su verso porque es el dibujo de nuestra vida, en Paraguay o en Europa. Así lo rubrica su último libro publicado hace unos meses, titulado Las manos vacías; una obra maestra del verso pulido y declarativo.    

En realidad, la obra no ofrece ningún giro en la trayectoria estética de Rauskin. Nada nuevo, lo cual para el crítico mediocre es signo de falta de valor. “Nada nuevo” no significa exención de calidad. Puede significar intensificación de un estilo y de una temática, como en el caso de Las manos vacías. La negatividad que algunos otorgarían a este concepto en el caso de Rauskin no solo es un rasgo positivo, sino una significación de riqueza lírica y crecimiento del verso. Y sobre todo de coherencia literaria. Aquí Rauskin purifica aún más su obsesión por ser un dibujante callejero, como se titula uno de sus poemarios. Esta vez toma la plaza como alegoría del universo; el ágora donde se conversaba en el mundo antiguo. Sin embargo, no es un lugar de charla en la escena lírica de nuestro autor: es un pequeño universo de la reivindicación que acabará muriendo. Son manos vacías instaladas en un espacio público en reclamo de justicia y reivindicando una dignidad humana olvidada por la sociedad.    

Rauskin no está reivindicando más que la dignidad del ser humano. No está dando razón a esas gentes acampadas en la plaza pública, que incluso han desplazado de su lugar de “trabajo” a las prostitutas. Está haciendo gala de la necesidad de recuperar el espacio público, frente a esa vida individualizada en la que nos manejamos. Aunque sea recuperarlo para reivindicar. Los labriegos de la tierra fueron sustituidos por los obreros sin fábrica: el caso es que siempre existirá un problema económico, sea el país rural o fabril. Solo la plaza acoge el pálpito nacional y los sentimientos de las gentes. “Ya no se prohíbe pisar el césped”, rezan los dos primeros versos del libro repetidos en varias ocasiones en “la plaza como centro de vida posible”, que es el espacio metaforizado centro del poemario.    

Los recursos habituales de Rauskin se intensifican en este poemario: digamos que los limpia para ofrecer mayor musicalidad o una perfección de su semántica lírica. Las aliteraciones fónicas (“rapsoda rabelero”), paronomasias, onomatopeyas, la musicalidad, las disposiciones anafóricas de algunos versos, con la puesta en marcha de estructuras sintácticas paralelísticas que infieren un aliento intensificador al discurso versificado, la rima y el verso libre mezclándose, e incluso cierto prosaísmo, bailan entre la pérdida progresiva de esperanza. Quizá en este poemario no encontremos el Rauskin más escéptico de su obra precisamente. Pero también diremos que el escepticismo se adivina como idea de antemano: sabemos que el autor nos va a ofrecer un universo variopinto, lleno de caracteres populares que de forma coral constituyen todo un mundo disperso y a veces oculto, hasta que decide ocupar la plaza. La vendedora de frutas, el tranvía, la Ferretería Ferreira (tremenda ironía con palabras enraizadas), las partidas de ajedrez, los árboles testigos del paso del tiempo… un fresco paisajístico de la realidad de un país, pero también universal dado que la desesperanza de un mundo en crisis se ha apoderado de nosotros. Quizá el poema 28, el que comienza “¿Dónde estoy? ¿Qué?” resume muy bien el desconcierto de nuestra vida.    

La ironía rauskiniana fundamentada en los juegos de palabras sigue viva. Sus magníficos versos “Quieren parlamentar. / Envían un embajador / con plenipotenciaria impotencia” (p. 29), demuestran el absurdo existente. Porque el mundo es así, donde “el rabeleo rabelea la historia a su manera” (p. 45). Toda la subjetividad reinante se desvanece. Y para finalizar, con cierta sorna, el autor nos dedica un soneto con una sextilla añadida, lo cual resulta aparentemente una manera de ir más allá de la métrica tradicional demostrando su dominio, además de reivindicar su contenido de manera metaliteraria.    

Un gran poemario. Con un ordenamiento perfecto de las composiciones. De nuevo un Rauskin grandioso y dominador del oficio poético. Pero también ese perfecto dibujante callejero cada día más impactante que ha pasado del retrato paisajístico al panorámico con una expresividad fundamentada en el juego de la palabra. Si el texto de la contraportada del libro nos sitúa el poemario entre la resignación y la esperanza, sí que diremos que en este trabajo nuestro autor no es tan escéptico como en los anteriores; no se observa un pesimismo derivado de que la salvación se logra gracias al descreimiento vital. Quizá es que Rauskin confía en ese hombre capaz de tomar la plaza pública y expresar sus deseos de vivir, de reivindicar, de luchar por su dignidad. Aunque el hombre vuelve con sus manos vacías: pero ha valido la pena salir a la vida al aire libre.    

Quizá lo más conveniente sea seguir disfrutando de la poesía de Rauskin. Sus trabajos nos devuelven la confianza en este género tan maltratado por la sociedad, pero también por los propios poetas con su incapacidad de llegarnos al corazón o al cerebro. Esta vida nuestra tan prosaica necesita una buena inyección de poesía. Poesía antiendogámica. Poesía de verdad; no lamentos ni experiencias vacuas y desprovistas de identificación posible, ni guerras entre poetas cuyas diferencias no las perciben más que ellos mismos.    

Nos hace falta más poesía como la de Jacobo Rauskin.

José Vicente Peiró Barco    

jueves, 27 de enero de 2011

La poesía de Pedro José Moreno Rubio

PEDRO JOSÉ MORENO RUBIO: CON EL VIENTO SOLANO. Cuenca, Diputación Provincial, 2007.
De la misma forma que el poder impregna de indiferencia todo lo que no es poder, como dijo Enrique Tierno Galván, la poesía reviste de insignificancia todo lo que no tenga poesía. En esta sociedad, donde Alessandro Barico explicita que las alusiones informativas hasta formar una red han sustituido la profundidad de los contenidos culturales, hay demasiada poesía de ensimismados que no nos dice nada, por lo que hacen falta autores capaces de conectar con las sensaciones, problemas y sentimientos del lector. Poco nos interesa el sufrimiento de un poeta cuando nuestros asuntos personales nos tienen más preocupados o entretenidos.
La antología poética Con el viento solano, tomando el título de aquella maravillosa novela de Ignacio Aldecoa, resume a la perfección el carácter de la obra su autor, el valenciano nacido en Cuenca, Pedro José Moreno Rubio. En ella se respira ese aire cálido de quien tiene sentimientos; de quien es un poeta puro, sensible y dotado de alma, y busca en la literatura un diálogo con una dimensión de novedad sugerente.
Para mí, la obra contiene las mejores composiciones de los catorce libros poéticos del autor publicados hasta la fecha. Ya los primeros poemas de su obra inicial, Sed de presencia (1983), revelan algunos elementos que pervivirán en el resto de la producción de Pedro Moreno: la importancia de la Naturaleza como fuerza creadora e impulsora de la vida. Para ello, recurre a formas líricas tradicionales como la cancioncilla popular (p. 21) o el soneto, en ese gran homenaje que realiza a Gerardo Diego en la composición “El Estío”, en concreto a “El ciprés de Silos”, con esa glosa del verso “enhiesto surtidor de sombra y sueño”, aquí transformado en “Enhiesta redondez de fuego y brillo”. En ello se aprecia que para Pedro el mundo es luz, belleza, pulcritud y nitidez, frente a la sombra y el sueño de Gerardo Diego, frente a la oscuridad del pesimismo que él no ha encontrado en ningún momento. Juega con la intertextualidad para poner en contradicción la luz y la oscuridad como dos modos de entender la vida. En eso es como Jorge Guillén, y su obra maestra Cántico, defensora de la perfección y armonía de un mundo sostenido en la Naturaleza, en el personaje de la radiante luz divina, y para mí, es el poeta al que más me recuerdo Pedro. Como en “Salmo para la creación”, donde el cielo y la tierra “se hermanan y se besan para sentirse cerca”, porque la proximidad de lo deseado permite disfrutar mejor de la armonía vital. Pero además, muestra su preocupación por la figura de Dios (“Cada día a las nueve, yo soy Dios”, nos dice en ese poema que así empieza”), por esa riqueza que Dios ha creado, esa riqueza del “Amor reunido de los hombres todos”. Es el optimismo del hombre que observa que la vida está bien hecha y de que quien vive en perfecta conjunción con el universo.
Y estas mismas preocupaciones permanecen en el resto de la obra, como he dicho. En su siguiente libro, Apenas voz, tal vez viento, 1983, el vitalismo se desplaza hacia el tema amoroso, reforzado por la presencia de la Naturaleza para dar optimismo a las ideas. Esa repetición de la palabra “voz” en el poema que da nombre al libro, nos revela su dominio del paralelismo como forma poética y de la lira, como estrofa que matiza correctamente las sensaciones. Esa voz que contrasta con el silencio de “Con mi silencio te hablo”, porque con esa voz de su silencio le habla a la amada y sabe que ella le entiende. Silencios elocuentes, como los que generalmente habitan en la postura del bueno de Pedro. Y un amor que no es destrucción, a pesar de que Pedro Moreno intente muchas veces decantarse por el lado aleixandrino del tratamiento del tema: imposible porque la vitalidad no formaba parte de la idiosincrasia del autor del 27.
Del amor como tema fundamental de este libro pasa a la preocupación por los hombres y su destino, sin abandonar este tema, en su siguiente libro, Albriciador de auroras (1984). El hombre de “¿Por qué no nos miramos?” ha perdido su rumbo porque ya “no le importan las flores del jardín”. La metáfora del viaje iniciático se tiñe de horror porque en ese viaje pierde su contacto con la Naturaleza y busca el espacio de otros hombres para ignorarlos. Éste es uno de los pocos poemas donde Moreno abandona su optimismo habitual, pero también es cierto que él no pierde la esperanza de que el hombre retome de nuevo su sentido natural y abandone esa velocidad sin sentido de “El reloj” o se pierda el “viento cargado de electrizantes alas” que “muerde en los ojos”. Como se observa, Pedro Moreno aumenta y da un giro a sus metáforas para dar mayor énfasis purista a su sentimiento. Todo se resume en esos olivares que quieren con su vuelo rasgar la noche, desenterrar la aurora, “para que venga la luz sobre estos montes desvanecidos”. Porque, según él, y así lo escribe “Aún debe ser posible el paraíso”, siempre que se le deje “al sol que siga su camino”. Añadir brevemente que este magnífico poemario, posiblemente el que le iza varios peldaños en el escalafón lírico, contiene varios poemas en prosa, titulados, ¡cómo no!: “El Viento”, donde expresa bien lo que significa para él esta prosopopeya: “La vida es un soplo de viento que alguien supo insuflar en esta arcilla”. Quien sopló fue Dios.
El tema religioso se subraya aún más en Ven, Raquel  (1986), donde raya la preocupación por el mundo de la infancia. Su siguiente libro, Agua dulce (1987) nos muestra a un poeta más maduro. Esa agua dulce placentera que acaba siendo enterrada por el agua amarga del mar, una excelente metáfora para señalar la destrucción o el amor. Es una poesía amorosa llena de registros semejantes, aun cuando los poemas y versos empleados tengan variedad métrica y estrófica. Nido de crisálidas (1988) presenta de nuevo al viento que pone campanillas en los pechos, que es lágrima que quema, que fija la memoria, que desmorona búcaros y helechos. Viento, por ello, es sinónimo de vida.
En De pie sobre la noche (1997) el silencio se mezcla con la palabra, “espuma que rebosa los lindes del asombro y van dejando un brillo de verdades en el aire”. La muerte en silencio, cuando la vida ha sido en silencio, gran enigma, mientras se es náufrago de la noche en que tú habitas su cuerpo.
Hijo de la tierra (2000), título de referencia cristiana, posee una ofrenda a la vida como un grato presente de múltiples manjares. Moreno Rubio abandona el verso corto y se ensancha para cubrir los pequeños objetos que encontramos en este mundo. Mujer de luna (2000), libro de sonetos, resume los elementos recurrentes de su poética: El amor, la vida, la felicidad, el gozo, la Naturaleza que acompaña a ese gozo, el amor con esa sonrisa pronunciada al escuchar el nombre del ser querido… Sus mismos temas, quizá con una anchura amorosa mayor que en otros libros. Un coherencia temática que no abandonará en sus siguientes poemarios, Ebrio de luz (2001), característico en su producción por su versolibrismo y el dialogismo con el hombre y la Naturaleza; Sólo la piedra dura (2003), libro dedicado a Valencia y sus edificios y costumbres, y No detengáis el alba, con los motivos temáticos recurrentes en toda su poesía, la vida como camino manriqueño por el que se transita sin haber llegado aún a ningún sitio, en un poemario con una mayor preocupación metafísica que concede a su obra un toque de mayor profundidad.
Una poesía densa como un águila de fuego la de Con el viento solano que anima a seguir disfrutando del optimismo proporcionado por la buena poesía; la poesía del trabajo consistente y medido de Pedro Moreno.
José Vicente Peiró
           


ESPECTACULAR EJEMPLO DE LITERATURA FUTBOLÍSTICA. GOL SUR DE ANTONIO HERNÁNDEZ

            Jorge Valdano expresó hace tiempo que tanto la literatura como el fútbol eran un juego, por lo que era muy difícil recrear un juego dentro de otro juego. Realmente, no debe ser así a juzgar por la enorme profusión de autores célebres de su Argentina natal que han dedicado alguna atención literaria a ese deporte globalizador por universal que en España bautizamos alguna vez como balompié. Porque no sólo su paisano Roberto Fontanarrosa demostró cómo se podía escribir historias corrientes y atractivas para el común de los mortales, sino que también lo hicieron otras célebres figuras rioplatenses como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Osvaldo Soriano o Augusto Roa Bastos, o peruanos como Mario Vargas Llosa o Alfredo Bryce Echenique; autores que el mismo Valdano recogió en su volumen Cuentos de fútbol. Recientemente hemos leído una gran novela con el fútbol como fondo, El Fantasista del autor chileno Hernán Rivera Letelier. Al fin y al cabo, todas las actividades humanas o sobrenaturales son susceptibles de no ser reproducidas, recreadas y reinterpretadas por el bello arte de la palabra.
            En España se han dedicado al relato futbolístico autores célebres también, como Camilo José Cela, Manuel Vázquez Montalbán o Javier Marías. Estudiosos como Antonio Gallego Morell o Jesús Castañón dedicaron su tiempo a analizar su relación con la literatura. Sin embargo, ha pesado más esa falsa creencia de que el fútbol era el opio del pueblo que durante el Franquismo cultivó la oposición democrática. En aquellos tiempos, en efecto, el fútbol era uno de los opios del pueblo –no el único-, y en el fondo esa idea ha seguido flotando en el subconsciente de la mayor parte de las clases cultivadas españolas. Mientras nosotros cargábamos en nuestro debe con su complejo despectivo por ser sinceros con nuestra afición al deporte más popular e interclasista (aunque me consta que algunos de esos acomplejados veían partidos de fútbol en la clandestinidad hogareña y con el volumen eliminado), los latinoamericanos, más sensibles y honestos con sus sociedades, escribían maravillas como El fútbol a sol y a sombra de Eduardo Galeano o Dios es redondo de Juan Villoro, incluso se organizaban debates que desembocaron en el protagonizado en Cartagena de Indias en 2007 y en números monográficos como el de 2006 de la revista Iberoamérica. Ahora parece que en España ya no está tan mal visto el que a una persona culta le guste un deporte popular, afortunadamente. Ya no será necesario que algunos se escondan y apaguen el volumen de su televisor para ver un Barcelona-Real Madrid, ni que el aficionado a la ópera entienda que este noble arte era un espectáculo popular en la Italia antigua.
            Entre los grandes escritores futbolísticos españoles se encuentra Antonio Hernández. Gaditano de nacimiento y bético de adopción, ha huido de los pronunciamientos y debates apocalípticos sobre la relación entre fútbol y literatura y nunca ha escondido su pasión por el Betis, sobre todo, y por el Cádiz. A los primeros dedicó una colección de relatos titulada La marcha verde, libro reeditado en mayo de 2008, donde explora en las pasiones del alma por medio de un arma: el beticismo. Se trata de un libro de once relatos donde aúnan los sentimientos, la ternura, el belicismo, la ironía, la sensibilidad y la pasión hacia un Betis que representa unos valores humanos cuya moral está muy por encima de la imagen que proyectan del club sus dirigentes. Sólo el relato “El hombre que creía ser Lopera” merece ser incluido en los anales de la mejor literatura deportiva internacional.
            No contento con recuperar esa joya, ampliarla y otorgarle un sentido más actualizado a aquellos relatos de hace veinticinco años, Antonio Hernández ha culminado una nueva obra, esta vez dedicada al Cádiz, equipo de su provincia natal. A este equipo mítico español dedica su nueva obra Gol Sur, creación cuya primer gran mérito lo encontramos en su estructura genérica: dividida en relatos independientes, el fragmentarismo de su discurso nos descubre un conjunto de cuentos relatados por dos narradores distribuidos en paralelo. Sin embargo, su estructura de libro de cuentos y novelas breves es compacta y descubre una novela de aventuras de un grupo de personajes del mundo futbolístico gaditano. Las más de trescientas cincuenta páginas del libro nos recuerdan con ironía y con un toque grotesco las aventuras y desventuras de la gente, jugadores y aficionados, de un equipo modesto, de los mal llamados “de provincias”, que desemboca en ocasiones en tragedias cotidianas de las personas con nombres y apellidos no de primer plano en sus ámbitos profesionales, en este caso los deportivos. Así, Hernández parte de la anécdota para construir un relato cuyo discurso hereda los mejores recursos de la oralidad, en algunos casos la influencia de la magia en la realidad heredada de los relatos de Cunqueiro o García Márquez. El narrador nos está contando lo percibido como si estuviera presente delante del lector, dotando de mayor credibilidad a su discurso en ocasiones aparentemente inverosímil. De esta fragmentación y del discurso oral del relato se fabrica la estrategia de unas anécdotas supeditadas a los caprichos de la memoria, por lo que el autor reitera o recuerda varias de forma permanente en distintos episodios.
            Así se recuerda ante todo que esos seres provistos de una aureola impoluta e inalcanzable, como son los futbolistas de un club profesional, tienen virtudes y defectos como cualquier ser de carne y hueso. El humor grotesco como fórmula de tratamiento de las situaciones de derrota suaviza el dramatismo de las situaciones, y Antonio Hernández gradúa muy bien su empleo para evitar abusos y tropiezos continuos en la profusión de ridiculizaciones inicuas. De esta forma, aunque se reitere el gusto por la jarana nocturna de Mágico González o la anécdota de la pérdida de la dentadura por parte del mayor de los hermanos Mejía en el Bernabéu, o el “choteo” hacia Bañares, al que se le pide insistentemente que se vaya al Milán, hay un respeto máximo hacia la dignidad de los protagonistas de la historia del Cádiz. Añadamos que hay jugadores inventados mezclados con otros reales e históricos, en una estupenda mezcla entre fantasía y realidad cuyos campos sólo pueden ser abarcados por la literatura, para dar consistencia a un discurso que penetra en las entrañas de una ideología, el “cadismo”, cuya mística deambula entre la derrota y la miseria del día a día.
            Antonio Hernández hace un extenso repaso por la historia del Cádiz reivindicando para su estética e ideología cuestiones como el que la denominación “el submarino amarillo” fue aplicada en su día al equipo andaluz antes que al Villarreal, el malditismo diabólico acompañante permanente del destino del equipo, los continuos descensos y ascensos que se producen por circunstancias diversas, la épica de la derrota, la anécdota que desvirtúa el hecho glorioso, o el canto hacia las bondades de don Manuel como el gran presidente de la historia del club, en referencia a Manuel Irigoyen, que cumple en la narración el papel del gran señor aristocrático que ha sido benevolente con sus súbditos. Y es que el autor no se conforma con hablar del Cádiz y su historia: desea mostrar un fresco de esos seres humanos que han rodeado el universo de este club. Es su mejor manera de mostrarnos la idiosincrasia de una forma de vida que va más allá del simple hecho deportivo.
            Una obra que dio el pistoletazo de salida al centenario del Cádiz, cumplido en 2010, y que, certifica la grandiosidad de Antonio Hernández en la literatura futbolística española, por su habilidad y su capacidad narrativa. Gol Sur es una novela coral, polifónica, que se convierte en el canto de una afición; de un mundo popular asociado a uno de los clubes con mayor simpatía en el panorama futbolístico español. Es un perfecto aperitivo para un conmemorar un siglo de existencia y un suculento manjar para el deleite de quien desee reencontrarse con la épica del perdedor como motivo literario recurrente en la historia universal.
José Vicente Peiró

Gol Sur: Algaida Editores. 2008, 358 páginas.

lunes, 27 de diciembre de 2010

SEGUIMOS CON LOS DESCUBRIMIENTOS PARAGUAYOS: BELLA VICTORIA ACOSTA

Aprovechando los nuevos sistemas de comunicación informáticos, he tenido la suerte de entrar en contacto con algunos escritores paraguayos para mí desconocidos aún porque han publicado sus primeras obras desde 2008 hasta el presente. Es una suerte poder estar al día en las ediciones paraguayas y con los creadores recientes gracias a las posibilidades que nos brinda Internet. Si hace una década fue el correo electrónico y la apertura de páginas web y portales de trabajo lo que nos abrió este campo de conocimiento, ahora son las llamadas redes sociales quienes nos permiten el intercambio de información y el contacto vivo y permanente con las nuevas voces de la literatura paraguaya. Aquí tenemos un ejemplo del buen uso pedagógico y científico que nos pueden brindar esos instrumentos que son demoníacos para quien no sabe usarlos.
Una de ellas ha sido Bella Victoria Acosta. Algo llama la atención: no es una escritora de Asunción. Nació en la colonia Hoenau, en Encarnación, y vive en Ciudad del Este. Una grata noticia esta ampliación del espacio literario paraguayo. Ya no estamos aquí ante una autora capitalina, o como mucho de Villarrica o de Encarnación, donde destacó e impulsó la creación literaria la tristemente fallecida Lucía Scosceria, o casos aislados como Chiquita Barreto en Coronel Oviedo. Es muy importante para la literatura paraguaya el que no sea Asunción su casi único protagonista: hay que expandir la creación y la edición por todo el país, aunque es obvio que Asunción siempre centrará los esfuerzos por ser su capital administrativa y cultural.
Bella Victoria Acosta ha publicado dos novelas: El rescate de mi niña (2008) y El clamor de las doncellas (2009). No son obras donde se busquen alardes literarios, aunque se consigan: el objetivo de la autora es contar historias, tanto vividas como escuchadas, y con ellas darnos unas narraciones puras e interesantes que, a su vez, rindan homenaje a la vida femenina en la historia paraguaya. Acosta no presenta virtuosismos estilísticos o formales; se limita a contar, en una clara reivindicación de la narratividad pura, lineal aun siendo consciente de la necesidad de dar saltos en el tiempo por medio de elipsis, prolepsis y retrospecciones. Este manejo cronístico es uno de sus méritos, junto al universo temático desplegado. Novelas bien escritas, donde sorprende el diálogo entre lo coloquial y lo culto, muestran un afán por retornar a un concepto comprensivo del discurso dirigido hacia un público amplio ávido de experiencias literarias sencillas. Por estos motivos, en ocasiones se recurre a recursos retóricos propios de la mejor novela decimonónica, lo cual, en lugar de restar valor al texto, le permite conseguir los efectos deseados, sobre todo uno: la concienciación del lector sobre un problema de raíces históricas como es el del machismo antiético en la sociedad paraguaya.
La primera novela, El rescate de mi niña, se encuentra en la línea de otras creaciones paraguayas de rememoración de la infancia y del aprendizaje de una protagonista observadora permanente de las restricciones impuestas por la sociedad en que ha de madurar. En seguida nos viene a la mente La niña que perdí en el circo de Raquel Saguier cuando leemos la novela de Bella Victoria Acosta. Sin embargo, aun siendo de la misma línea argumental, hay diferencias notables en el discurso: el intimismo y la ironía de Raquel Saguier, en el caso de Acosta se convierten en representación de sucesos pura y de reivindicación de la narratividad.
El subtítulo nos indica la intención de la obra: “Cara a cara con las heridas infantiles”. El rescate de la niña se produce después del buceo en el pasado y el ajuste con determinados acontecimientos que han marcado a la narradora. Esa inocencia infantil está invadida por el pensamiento adulto.  La narradora se encuentra escribiendo una novela romántica sobre una mujer que había perdido el corazón y en cierta medida la razón. Una novela destinada a las mujeres que espera ser leída por los hombres. Y así, desde ese planteamiento metaliterario, conversa con Pilar, la verdadera protagonista, para seguir con su historia; la historia de su saga que comienza cuando Manuel llega al Paraguay en la primera década de 1900 desde Montevideo. Allí inicia una vida y va ensanchando su patrimonio, pero es un mujeriego empedernido que da un hijo a cada una de sus nuevas compañeras. Sin embargo, logra ganarse el corazón de Epifanía pero es con Magdalena con quien encuentra la felicidad.
Muy interesantes son los capítulos donde colisionan la historia familiar y la política del país. El padre de la protagonista pertenece al Partido Liberal y se convierte en una oveja negra para el régimen. Recibe la acusación de comunista, es apresado. Empieza la desdicha familiar, sobre todo de su esposa Edda. El perdón a Manuel está condicionado a su exilio, con lo cual ha de emprender una nueva vida. Al final, se produce el retorno pero ya nada va a ser igual: la vida familiar ha quedado marcada. Las heridas siguen vivas siempre.
El clamor de las doncellas es una obra inspirada en hechos reales: las sistemáticas violaciones de mujeres durante la revolución de 1947. Bajo una estructura testimonial, la protagonista Vidalina reivindica con hechos la necesidad de la libertad femenina. Dividida en tres partes, en la primera se pone en cuestión la costumbre de la imposición del matrimonio por parte paterna. Vidalina ha de seguir la obligatoria costumbre de acceder a una boda no deseada. Su amor hacia Tomás ha de pasar el olvido porque su padre le concierta el casamiento con el hijo de su patrón. De esa manera, garantizará la estabilidad familiar a costa del sacrificio de la hija: Abraham ha de sacrificar a su descendiente para complacer al señor. De ahí que la autora ponga en entredicho un sistema moral situado por encima de la libre elección de la mujer. Esta situación empuja a Vidalina a la huida al final de esta primera parte.
La segunda es la más interesante sin lugar a dudas. Nos sitúa en la revolución de 1947 y las vejaciones sufridas por las mujeres. Isabel y Lina son víctimas de un rapto por parte de unos revolucionarios. El machismo denunciado no es una descarga de acusaciones contra el hombre. Ante esta violencia retratada, la autora propone la prevalencia de la decisión por sí misma de la mujer. Y la tercera transcurre en la década de los setenta, donde Vidalina regresa a su tierra, contempla el paso del tiempo o la muerte de quien la rodea, y acaba viviendo en Argentina, lejos de la opresión sufrida.
En suma, tres situaciones de represiones hacia la mujer: la familiar con el matrimonio no deseado, la física y social con la sistemática violación, y la psicológica que provoca la escapatoria hacia otro mundo en el que renacer. La mujer sufre una violencia en todos los ámbitos porque desde su nacimiento ha de soportar un matrimonio no deseado cuando es apenas una adolescente, y la sociedad ve como normal las violaciones sufridas. Deja unas huellas para la eternidad. Sin embargo, la fortaleza psicológica de Vidalina le permite salir adelante y superar las pruebas de la adversidad.
Ambas novelas mantienen un mismo estilo. La autora mezcla el lenguaje coloquial, el estándar y el culto sin que uno sobresalga sobre otro. Aun así, El clamor de las doncellas es una novela mucho más completa por su carga, su estructura trimembre alrededor de un mismo tema y de una protagonista en permanente movimiento, y el desarrollo lineal del espacio y del tiempo, mucho mejor trazado que en la primera novela, llena de saltos y con un carácter retrospectivo donde la memoria ejerce su peso sobre el discurso. El clamor de las doncellas no es una novela histórica, aunque la intrahistoria tenga en ella su fundamento temático: es una obra de denuncia de la realidad histórica de la mujer en Paraguay. Va mucho más allá de los acontecimientos para convertirse en un retrato de una postración histórica a superar en el presente. De ahí la finalidad utilitaria de la obra, en defensa de una ética donde un género no domine al otro.
Bella Victoria Acosta es un nuevo valor descubierto. Posee su propio estilo, su definición literaria reivindicativa, sus peculiaridades y su voluntad de perseguir a la conciencia del lector. Se podría reprocharle que dé explicaciones solicitando benevolencia por haber creado una estructura con un número de personajes amplio en El clamor de las doncellas; no es necesario dar una justificación por haber dado un empaque más literario. Porque en esta acumulación de personajes e inquietudes es donde se encuentra su mejor prosa precisamente.
Estemos atentos a sus posteriores creaciones. Si mantiene su tono, e incluso lo mejora depurando algunos términos vulgares de su discurso culto, podríamos tener una de las voces más sugerentes de la novela paraguaya del siglo XXI. Porque su talento queda demostrado con El rescate de mi niña y El clamor de las doncellas.

José Vicente Peiró Barco

lunes, 20 de diciembre de 2010

PINOCHO EN INTERNET

Internet se ha convertido en una herramienta informativa poderosa e imprescindible para el amante del descubrimiento por sorpresa, sobre todo desde que se extendió el uso de buscadores como el potente Google. Tecleamos Star Wars en el recuadrito y nos sale un millón de enlaces con todo tipo de páginas, desde la oficial de las películas de la saga contándonos lo que ya sabemos, hasta la correspondiente a una versión pornográfica con la reina Padmé Amidala como contorsionada protagonista. Es excitante encontrar páginas webs con la suficiente información necesaria para preparar un trabajo en el cole o en la universidad y así aprobar con buena nota… porque el profesor conoce como mucho la entrada de la enciclopedia Encarta, pero a ver cómo va a encontrar una web que aparece en la página ciento treinta de una pantalla de Google donde me dirá que el valenciano ilustrado Juan Andrés nació en Planes (Alicante).
Internet es un instrumento de consulta que nos ayuda muchísimo en nuestras tareas. Incluso cuando no sabemos qué platos cocinar para una buena cena o para hallar nuestra media naranja perfecta. Es más fácil encontrar un dato en la red que en una enciclopedia, sin duda. Por eso lo usan los investigadores y estudiosos también, y desde el mundo universitario se están creando bases de datos y bibliotecas virtuales con manuscritos insólitos, fichas de obras teatrales de un autor, textos y cinematografías de países recónditos y exóticos perdidos en el limbo, ahora que según el Vaticano dejó de existir, y olvidados por nuestras instituciones culturales, dado que éstas se están dedicando a cuadrar cuentas para regocijo de los mercados, y antes se dedicaron al negocio de la construcción de edificios a mantener en el futuro con un presupuesto inexistente. Nadie que esté en su sano juicio debe demonizar el progreso democrático para el conocimiento que representa Internet, y la revolución que ha generado en nuestras costumbres.
Pero no se debe sacralizar estos espacios democráticos populares: vamos, convertirlos en dioses infalibles e incuestionables. En Internet cualquiera puede “colgar” lo que sea: ello convierte a la red en un vehículo expresivo popular, lo cual es positivo pero también negativo en ocasiones. Si en los romances orales de la Edad Media se exageraban las hazañas del Cid y de Carlomagno para resaltar su valor y su poder, hoy en día podemos contar lo que queramos en cualquier ventana abierta “internáutica” y más con la proliferación del blog, algo que no sabemos si leerá alguna persona más que el propio autor. Y no hablo del tío que exhibe a su esposa como Dios la trajo al mundo para ver si así se gana unos durillos extras, o el gracioso que introduce el vídeo de su perro meándose en el pantalón de un guardia. O fotografías cómicas de nuestros políticos y sus vergüenzas, o parodias de organismos serios, o ridiculizaciones de personajes públicos. También hay que loar el ingenio de algunas personas que deben tener mucho tiempo libre para confeccionar archivos extraordinarios. O esos mantras que hay que enviar a diez amigos para que nos toque la quiniela y cambie el signo de nuestra vida. Hablo de algo peor como es la glorificación y la folclorización de la mentira y del autoengaño, fenómenos donde Internet vence por goleada a los surrealistas telediarios gubernamentales y de lobbies mediáticos y a las salsas rosas y cotilleos interesados.
Te cuento como ejemplo un caso verdadero, amigo lector. Hace unos años, un profesor me trasladó un e-mail de otra docente ávida de saber en qué libro se había publicado un poema del autor chileno Pablo Neruda hallado en Internet, cuyos primeros versos dicen: “Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo. Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar”. Emprendo la búsqueda porque no conocía el texto a pesar de haber leído toda la obra completa de este Premio Nobel de Literatura en 1971, haber dictado una conferencia sobre “Los versos del capitán”, el mejor libro de Neruda a mi juicio, y de haber participado en algún que otro congreso sobre su figura.
Anoté en Google los primeros versos y me aparecieron sesenta páginas con el poema íntegro firmado siempre por Pablo Neruda. En principio, la generalización de su autoría no debería despertar sospechas sobre su autenticidad. En este mundo donde vivimos la veracidad se gana por mayoría democrática, no porque el hecho analizado sea real, como bien saben los publicistas. A esta mayoría se le añade la ley de la repetición y la verdad queda certificada. Sin embargo, miro en los índices de títulos y de primeros versos de sus obras completas y no aparecen estos versos, ni siquiera expresados de forma semejante. Y además, un especialista en Literatura Hispanoamericana debe conocer el léxico empleado por un autor. Ante este poema atribuido al maestro chileno, uno descubre inmediatamente que el estilo empleado no de los más nerudiano que digamos: los versos están plagados de relativos, gerundios, frases sólo utilizadas en España (un chileno como Neruda nunca diría "los puntos sobre las íes") y una precisión de conceptos muy inocente, lo que no era precisamente nuestro autor. Hay un verso que despierta la desconfianza absoluta en la autoría nerudiana: “Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú”. El poeta chileno no vio apenas la televisión a lo largo de su vida. Además, murió en 1973, con lo que se supone que el poema se escribió antes de ese año; y en aquellos tiempos la televisión en blanco y negro no había alcanzado la función manipuladora y de púlpito que posee en la actualidad, con lo que era casi imposible que Neruda la tildara como gurú. En el poema colgado en Internet aparece un verso con los términos “Ardiente paciencia”, el título verdadero de la novela de Antonio Skármeta en que se inspira la película “El cartero de Neruda", y es extraño que este novelista no incluyera este verso entre los leídos por el cartero Mario cuando es el título de la novela y cuando uno conoce el carácter de su prosa, tan aficionada a juegos con frases hechas. Demasiadas discrepancias con la trayectoria lírica del poeta chileno como para no sospechar acerca de la veracidad de su autoría.
Enlazando webmasters de páginas del poema unánimemente atribuido a Neruda, llegué hasta un vizcaíno de Portugalete llamado Alfredo Cuervo Barrero. Me puse en marcha buscando la fuente original y resultó ser que un individuo introdujo el poema en la red el 23 de julio de 2001 en la página www.deusto.com atribuyéndoselo a uno de los más grandiosos poetas de todos los tiempos. Alfredo Cuervo, el verdadero creador, era en ese momento un autor desconocido sin libros editados pero con una página web propia. De esa manera, el bromista que lo introdujo, sabedor de la carencia de protección sobre derechos de autor existente en la red, se debe haber reído de todos los inocentes creyentes en la autoría nerudiana durante todo este primer lustro del siglo XXI. No me queda más remedio que felicitarle por su juego y por su habilidad para engañar a media humanidad, incluido algún conocido hispanoamericanista que ha caído en su trampa, demostrando el estado de nuestras universidades y el “magnífico” presente de nuestra enseñanza. Los versos “de Neruda” son un fragmento de un poema titulado en realidad “Queda Prohibido”, inscrito en el registro de Propiedad Intelectual de Vizcaya a nombre de Alfredo Cuervo Barrero (Número de inscripción BI -13- 03). Afortunadamente, la Fundación Pablo Neruda ha ratificado recientemente que el poema no es del autor chileno gracias a nuestras investigaciones.
Pero resulta que esta Navidad del incierto 2010 recibo otra felicitación nerudiana. Los dos primeros versos del poema dicen: “Queda prohibido llorar sin aprender, / levantarte un día sin saber que hacer (sic), / tener miedo a tus recuerdos…”. Es obvio que no es la estética nerudiana, falta de ortografía al margen. Nada más hay que leerlo para adivinar sin consultar que es de la misma autoría que el “Muere lentamente”. Y así procedí a certificarlo.
No estamos a salvo de las trampas internáuticas. Podemos ganar miles de euros en el casino o bajarnos el vídeo de un cornudo despechado que, en venganza, ha filmado a su ex­-novia mientras se la pegaba con su mejor amigo con el envío de un SMS. Y lo que nos divierte saber que algún inocente se descarga Piratas del Caribe y el resultado es que ha bajado en realidad Piratas XXX, por obra de la broma de un desconocido que le ha cambiado el título pornográfico por el de la película protagonizada por Johnny Deep. Fíjate qué cara se le queda a uno cuando en lugar del gesticulante actor luchando con Orlando Bloom le salen unas bucaneras que se montan la gran bacanal como Afrodita y sus hetairas secuaces. ¡Mira, hijo, te he bajado una película de piratas que te gustará y es muy divertida, vamos a ponerla en el DVD!
Este es un ejemplo de los peligros de Internet. No es solamente el exceso de pornografía al alcance de los menores o el que los jóvenes se evadan de la realidad hasta confundirla con la virtualidad emanada del chateo o de la red social de moda. La policía puede intervenir una página delictiva con una orden judicial; y allá cada uno, que haga con su vida lo que quiera, pero prefiero el placer de la carne real a la que puede proyectarme la imaginación. Sin embargo, ¿quién puede eliminar las mentiras y trampas que circulan por la red de redes? Con el tiempo, un alumno escribirá la biografía de Neruda e incluirá estos poemas, y a lo mejor añade alguna ocurrencia de Pocoyo atribuyéndola a Cervantes. Puede ser que el maestro del cole le dé por bueno el trabajo, dada la competencia cultural existente y la legislación educativa vigente con su servidumbre a los mercados y no a la sabiduría y la ciencia, le ponga una matrícula de honor y el poema se incluya en las obras completas del autor. El problema de Internet es que lo hemos convertido en un notario que certifica la veracidad de un dato o de una circunstancia, cuando es precisamente un desastre cajón de sastre donde cualquier engañifa es posible y cualquier disparate es hecho científicamente demostrado por el mero hecho de estar en Internet.
Los fanatismos e idolatrías producen disparates como éste. Y a una sociedad tan inocente e inexperta culturalmente como la nuestra, tan aficionada a fiarse de los enormes estudios del tendero metido a filólogo y a historiador (su oficio es tan respetable como los otros dos pero cada uno ha de sentar cátedra sólo en la materia de la que entienden), no le beneficia precisamente el que no sea capaz de distinguir entre lo fiable, lo cuestionable y lo falso. De ahí que el engaño acabe convertido en autoengaño, y que la broma o la simple anécdota se conviertan en ciencia.
Pruebe difundiendo el rumor de la dimisión del presidente del gobierno de su país. Ya comprobará el resultado.
J. Vicente Peiró