El trueno cae y se queda entre las hojas

martes, 5 de junio de 2012

De amor y delirio. ¿Delirio de amor o amor de delirio?


Ciudad del Este también tiene escritores. En un país cuya promoción literaria parte desde su capital, encontrar escritores en otras ciudades resulta gratificante. Es posible que algún día tengamos la fortuna de que la expresión literatura paraguaya no sea sinónimo de literatura asuncena más algunos habitantes dispersos por el resto del país. Es necesario impulsar y fomentar la literatura practicada en otras ciudades del país y que se produzca cierta descentralización de su foco cultural capitalino porque las letras son un bien universal.
            Dentro de esa literatura paraguaya no asuncena encontramos en Ciudad del Este un foco desde hace unos años. No solo tiene que ser conocida esta ciudad por su actividad comercial. En este foco se encuentra una autora interesante, Bella Victoria Acosta. Ha publicado dos novelas: El rescate de mi niña (2008) y El clamor de las doncellas (2009). Ahora tenemos materializado su nuevo recorrido literario: una nueva novela titulada De amor y delirio.
            Como sus dos narraciones anteriores, De amor y delirio es una apuesta por la narratividad. No hay virtuosismos formales sino puro relato. El punto de referencia estructural es su linealidad, aunque la autora maneje saltos en el tiempo y elipsis cuando le resulta necesario. Su universo temático es la evolución del pensamiento y la realidad femenina, siempre con el amor y las relaciones humanas como fondo. Es un discurso bien cimentado en la pureza de las historias contadas, sin caídas en sentimentalismos vacuos o el la tragedia apurada.
            Estamos ante la historia de tres generaciones de la familia Fonseca Filemoni: la abuela Penélope, la madre Sofía y las hijas Carlota y María Gracia. No hay más pretensión que la de ofrecer el discurrir de su vida y, singularmente, de sus amores. Pero con las aventuras y desventuras de esta saga existe una evaluación diáfana de tres mentalidades femeninas distintas con el discurrir de los tiempos y los cambios sociales. Mientras Penélope se muestra más conservadora y adopta unas formas de vida arraigadas en la tradición extrema, Sofía representa el punto medio de una evolución hacia una vida femenina sustentada en la libertad de elección, representada por las hijas. Sin olvidarnos de la evaluación de distintos tipos de personajes masculinos en su relación con los femeninos.
            La narración profunda comienza con los orígenes de Penélope. Su madre Federica Filemoni adoptó al bebé engendrado en el vientre de la sirviente indígena de diecisiete años, Iluminada Guachire. La niña resulta ser hija del hermano gemelo de Federica, de nombre Federico. Pero esta circunstancia moralmente inaceptable es tratada con naturalidad, y Penélope desarrolla su infancia y su crecimiento sin apreciarse en ningún momento ninguna circunstancia desagradable. Después de la narración del nacimiento e infancia de Penélope, surge un salto elíptico para entrar directamente en el discurrir vital de Penélope a partir de los veintidós años de edad. Pero la historia familiar tiene ese sentido global susodicho sobre la evolución de la mentalidad y actividad femenina. Penélope sueña con ser bailarina de danza, pero la madre se lo impide porque “conoce lo que sucede entre bambalinas”. Sin embargo, dos generaciones después la mentalidad ha cambiado y la moralidad se ha difuminado, con el paso intermedio de Sofía para darse visibilidad social: “mientras la viuda se escondía en su caja inventada, su hija era una chica que luchaba por dejarse ver”, explica la narración. Los sueños de Penélope se materializarán años después en Carlota, la nieta, y ella sí que logrará dedicarse a la danza con profesionalidad. Se ejemplifica con ello la evolución de la mentalidad y las costumbres de la mujer y los cambios sucedidos en apenas tres cuartos de siglo; una postración que se difumina hasta dejar de percibirse en las nuevas generaciones.
            Si hay un elemento temático que da unidad al argumento es el amor. O el desamor en el caso de la relación de Giuseppe y Sofía deteriorada por el tiempo. Las mujeres de Bella Victoria Acosta buscan el amor, lo encuentran y a veces lo pierden. Sin este sentimiento les resulta imposible vivir en plenitud.  No es el romanticismo sentimental lo que importa, sino el enfrentamiento en la intersección de la colisión sthendaliana entre el amor racional y el amor pasión, a sabiendas de que el matrimonio sea también fruto de una unión económica. La realidad no aparece recargada y ahí está el mérito de la novela, en la fractalidad de las relaciones humanas, y la perdurabilidad de los sentimientos a pesar de los devaneos, cambios y rupturas. La relación de Giuseppe con Sofía no puede ser totalmente fiable porque Yamila siempre será ese amor platónico por lo que representa: la mujer pasión. Acosta sabe componer estas pasiones desde el erotismo pulcro, pero sobre todo desde la honestidad de sus caracteres. Sin maniqueísmos ni tragicismos.
            Por otro lado, los cambios sociales están perfectamente retratados. Las costumbres rurales van siendo desplazadas por lo urbano, aunque el ambiente político siga bajo los mismos derroteros. La evolución del Paraguay es dinámica, aunque en el sustrato profundo perviva lo tradicional. Es por ello que el interés de la novela se desplaza desde la historia principal al buen número de pequeñas anécdotas segundarios que dan color al discurso, hasta dotarle de una mayor fuerza. A su vez, estas suavizan el dramatismo posible, como ocurre con las mujeres y sus tratamientos estéticos o el tour europeo de Cicero Miguel para retratar a damas ricas fascinadas previo a la pintura para la que posa Penélope. La mirada irónica hacia estas férreas costumbres permite que nos detengamos en las historias secundarias porque adquieren un interés semejante al de la principal. Estamos ante la pintura de un mundo, el de las mujeres de una saga familiar en un universo concreto con una evolución imparable.
            La autora posee un estilo propio donde se mezclan el lenguaje coloquial, el estándar y el culto, sin que uno destaque sobre otro. Incluso se recurre a la frase hecha popular de sentido metafórico, como “demasiados gatos para un pedazo de carne” en las negociaciones de Penélope con los Mosselli para la entrada de estos como accionistas de su empresa. Hay un discurso compacto y sin fisuras, dado que Acosta apuesta por la simple historia, que es algo distinto a una historia simple. Con personajes en permanente movimiento y un desarrollo lineal del espacio y del tiempo consigue el equilibrio entre lenguaje y realidad. La propia evolución de los tiempos es la que mueve el tempo interno de la novela. Incluso Sofía acaba adoptando con la edad la costumbre de escribir cartas, lo cual es una reivindicación de la escritura íntima. Es una escritura necesaria para autodescubrirse.
Una novela que apuesta por la narratividad y a la que deseamos largo aliento.
José Vicente Peiró Barco

Homenaje a un amigo, a un levantinista alma de nuestra voz


Amigo Ximo, amigos todos:

            Por desgracia, esas obligaciones paternales que tú bien conoces me han impedido estar presente con mis amigos en esta cena de homenaje a tu trabajo y a tu persona. Es lo que tiene ejercer de taxista cuando tu hijo practica ese deporte que nos une llamado fútbol. Mis manos están en el volante de mi coche yendo hacia Alicante pero mi espíritu está con vosotros esta noche.
            Aunque a nosotros no nos une el fútbol. Nos une algo que es mucho más que el fútbol: nuestro Levante Unión Deportiva. No nos unen once jugadores más los suplentes persiguiendo el ansiado gol que nos haga felices, sino un sentimiento común que va mucho más lejos de la asistencia a nuestro templo, el Ciutat de València, que para mí siempre tendrá como nombre el primigenio de Antonio Román.
            Allá a finales de 2006. En una época donde, por desgracia, tenía bastante tiempo libre a causa de un problema de salud, me aficioné a los foros levantinistas. He sido un levantinista silencioso, y afortunadamente he vuelto a serlo después de unos años de participación activa en los acontecimientos de este club. Da la casualidad que han coincidido durante estos años los mejores momentos deportivos del club y los peores en el ámbito social y económico. Ahora ya he vuelto a ser el aficionado silencioso de siempre, uno de los que asiste a todos los partidos acompañado de alguno de sus familiares, antes mi padre, luego mi hermano y ahora mi hijo, pero no olvido todo lo que vivido durante estos años.
Entre esos momentos felices de mi mayor implicación en el levantinismo, uno de los mejores, si no el mejor, fue descubrir Levantemanía, una web donde podíamos encontrar toda la expresión del levantinismo libre, el llamado “no oficial”. Era una web donde leíamos a nuestras grandes firmas del pensamiento de nuestro sentimiento común. Era una web con un foro donde no se insultaba a quien discrepaba, donde la educación era su tarjeta de visita y donde había una camaradería ejemplar.
A partir de ahí, os conocí en aquella cena de julio de 2007 en “La Alegría de la Huerta” con “La Voz Granota” de Antonio Descalzo por bandera. A pesar del escalope zapatilla y las patatas duras, fue una noche entrañable por haber conocido a gente maravillosa que ya fueron amigos para siempre: Abelardo, Manolo Peris, Paco Villaescusa, Pepe Lacueva, Alfonso, Raúl, y tantos otros que no voy a citar porque la memoria es frágil y falla más de lo deseado. Pero tampoco se me olvidan esas llamadas de Antonio Descalzo a la hora de comer, para comentar aspectos de nuestro Levante.
En esa cena conocí personalmente al gran jefe: a D. Ximo Lacueva. Ya lo conocía de vista, como a tantos otros, porque con los poquitos levantinistas que éramos… Pero nunca había hablado con él. Más alto que yo, grácil y tranquilo, atento y firme en su expresión. Una persona que me pareció sensata, educada y cordial, claramente generosa nada más hablar con él. Más tarde, en otra cena “descalciana” conocí a Mari Ángeles, a quien le di las gracias por tener el marido que tiene… o a lo mejor no tenía que haberlo hecho y debía haberme limitado a darle la enhorabuena por su heroísmo al aguantarlo tantos años… a él y al Levante.
Eran épocas duras para el club. Levantemanía nos permitía desahogarnos contra las tinieblas que cubrían nuestro Levante. También nos daba cancha a la discusión en un tono amable y amistoso. Gracias a Levantemanía podíamos ejercer el noble arte de la discrepancia y el intercambio de opiniones sin sentirnos ofendidos. Discutiendo, hacíamos amigos y no enemigos, y eso no tiene precio en una sociedad donde todo se valora con números, y no con gestos humanos, y es difícil entender la idea de la tolerancia.
Ahora nos quedamos sin Levantemanía. Todo evoluciona muy rápido. Las redes sociales se comieron a los foros. La propia situación estable del club no nos deja tampoco mucho pie para la denuncia de posibles desastres. La evolución positiva del Levante en lo deportivo deja poco pie a la crítica, a pesar de que seguimos vislumbrando ciertos defectos estructurales históricos, entre ellos algo de oscurantismo en algunos temas y algunos gestos donde falta un mínimo de sensibilidad. Pero ahora mismo el Levante empieza a ser ese club por el que luchamos, sobre todo desde Levantemanía, y queremos que siga creciendo para ser respetado.
Seguimos sintiendo Levantemanía como nuestra casa. Esté o no esté presente, seguirá estando viva. Echaré de menos ese mensaje donde Ximo me recordaba que había que hacer la quiniela todas las semanas, y yo, con mi falta de tiempo habitual y mi despiste general, ignoraba en más ocasiones de las deseadas… aunque no era el único, parece ser. Añoraré el poder enviar algún mensaje privado a algún amigo o las fotos que Paco Villaescusa colgaba en el foro para complacencia de todos, algunas fotos a veces desenfocadas (perdóname, amigo Paco).
Pero la historia permite la supervivencia de nuestros actos. Levantemanía vive. No existirá físicamente, pero vive en todos los que hemos participado  gracias al enorme trabajo de Ximo Lacueva, una persona a la que, si algún día el Levante empieza a ser agradecido con quienes han trabajado generosamente por el bien del club, debería concederle la mayor condecoración posible, en forma de insignia o lo que sea.
Si no debemos olvidar de dónde venimos para mantener nuestra identidad histórica, no debemos olvidar nunca el trabajo realizado por Ximo y Levantemanía. La web sería suya pero su contenido era de todos. Y no hay nada más bonito en este mundo como el que esos “todos” te reconozcamos la deuda humana que tenemos contigo. Eres historia viva del Levante gracias a Levantemanía, no lo olvides nunca. Y no olvides conservar todos los archivos, que siempre serán testimonio del levantinismo el día en que tengamos nuestro museo de una vez.
Siempre estaremos contigo, Ximo. Siempre estará Levantemanía con nosotros.
Muchas gracias de corazón, Ximo. Amigo. Nuestro amigo.

José Vicente Peiró


lunes, 7 de mayo de 2012

Ucronías


En el siglo II antes de Cristo, los griegos inventaron el libro electrónico. Se desconoce su inventor con exactitud, pero en su difusión comercial parece que intervino un tal Zeus. Se había empecinado en que sus súbditos dejaran de estropear las piedras marcando letras con el cincel. Ese artefacto prodigioso permitió fijar por escrito todo el conocimiento universal y transmitirlo de una generación a otra. La piedra fue desapareciendo poco a poco y se extinguió como soporte de escritura.

El libro electrónico tuvo algunos enemigos. De hecho, un tal Prometeo inventó un virus  informático terrorífico que afectaba a sus sistemas de interconexión hasta hacer desaparecer los contenidos de los aparatos. Pero Zeus no se inmutó y creó un antivirus llamado Pandora para combatir sus planes subversivos, salvando la cultura escrita de la humanidad.

Pasaron los siglos. El libro electrónico se convirtió en el soporte de lectura universal. Gutemberg inventó el formato e-pub, que acabó desplazando al ancestral archivo en PDF, hasta entonces el más entendido, y el libro se pudo comercializar. Una obra en este formato costaba 2 gramos de oro o 1 kilo de especias, aunque también podía obtenerse por tres cahíces de sal. Incluso la Inquisición perdió su batalla por el control del pensamiento escrito: su soporte predilecto, la hoguera de la pantalla orwelliana del Gran Hermano, no resistió a la extensión universal de la educación por medio de los libros electrónicos.

Pero desde finales del siglo XX, las grandes casas de libros electrónicos comercializaron un nuevo producto: el libro en papel. Un tal Bill Gates descubrió que la pasta de las cortezas de los árboles permitía escribir con tinta, otro invento del imperio chino. La lectura tuvo un nuevo soporte que fue extendiéndose porque resultaba más cómodo para leer y trabajar en aquella vieja y extinta “sociedad del bienestar”.

Desde ese momento, el libro impreso en papel tuvo una comercialización mayor y en 2011 sus lectores llegaron a la cifra del 6,8 por ciento. En 2040 alcanzó un porcentaje del 80 por ciento.

¿Pero ha muerto el libro electrónico? Queda un 20 por ciento de insumisos retrógrados que se mantienen enganchados a este formato. ¿Pero sobrevivirán? Pronto lo sabremos.

Más Esteban Bedoya


LA COLECCIÓN DE OREJAS DE ESTEBAN BEDOYA

Cuando alguien ha leído El Apocalipsis según Benedicto, no puede dejar de sentir interés por su autor, Esteban Bedoya, y sus posteriores publicaciones. Aquella obra, genuinamente esperpéntica y original, nos reproducía un mundo en los infiernos de la realidad para construir un compendio de lo conocemos como crisis del catolicismo, que no es más que una transformación más de las mentalidades en nuestra sociedad. Pero no se detenía solamente en esta cuestión: avanzaba la propia crisis moral del neocapitalismo posindustrial en que ahora tratamos de sobrevivir. Ello sin eludir el examen sociológico del Paraguay, como en el cuento “Villa Elisa”, un análisis crítico sobre la corrupción, el arribismo y el amiguismo como sustrato temático de una trama fantástica, en la que se suceden acontecimientos sobrenaturales en la casa del título. Heredero de autores capitales del siglo XX, como Borges o Cortázar, y del humor de raíces cervantinas, sabe convertir la realidad en una trama fantasiosa, provista de causalidad y dotada de una verosimilitud literaria cuadrada.
La publicación de su nueva novela (por cierto, en Australia, dato curioso aunque no increíble por ser su residencia actual) es una grata noticia. Su título es atractivo: La colección de orejas; mención que evoca aquella historia de Ascasubi cuando puso a Isidora la Mazorquera a admirar la colección de orejas de unitarios que poseía Manuelita, o la de Dos falsas novelas de Ramón Gómez de la Serna, y su relación con el fetichismo macabro. Aquí, la colección de orejas buscada es un leitmotiv del que salta la historia principal. Como en otras narraciones, Esteban Bedoya parte de una misteriosa anécdota, el encuentro de un periodista suizo, Leandro Manfrini, con un misterioso hombre de negro que lleva un colgante con una oreja, para desentrañar una historia enmarañada en el trasfondo político stronista. Sin embargo, es el misterio del indio blanco el que ocupa el centro vehicular de la narración, lo cual la dota de unos cimientos férreos y bien armados.
El cervantinismo de la historia, texto dentro de texto (en palabras de Eric Courthès, “la novela es una red de textos imbricados”), metaliterariedad del narrador al conocer a Manfrini, está sustentado por un argumento repleto de tramas no tan dispersas como aparentemente podría apreciarse en una lectura superficial. La historia del indio blanco salta a la relación con la mujer negra que protege a uno de los protagonistas de la represión del régimen dictatorial, y a partir de ahí a otros sucesos unidos alrededor de la unión matrimonial planteada entre la hija de la familia Palavecino, Antonia, y Fernando, hijo único de doña Serapia, matrona de la familia. La historia se alambica hasta el punto de rayar en un bizantinismo moderado, bien resuelto en función de la relación entre los personajes y cierto nihilismo alejado del escepticismo.
Este indio albino legendario nos recuerda la forja de nuestras mentalidades en la mitología. Su entrada en la vida corriente no perturba: más bien, revela las carencias de la buena familia. Porque en el fondo Esteban Bedoya nos remite al fracaso como destino humano; sobre todo al fracaso moral convertido en motor de los actos. El hecho de que el matrimonio no pueda consumirse por la homosexualidad de Fernando y de que Antonia sea una mujer de carácter acaparador que ordena más que organiza, es una representación de la frustración de la pequeña sociedad y de la familia entendida como vehículo de bondad y unión.
Bedoya firma una denuncia explícita de la violencia mostrándonos ambientes desagradables sin ningún pudor, pero con plena justificación. Así, vemos cuadrillas paramilitares que se dedican a cortar orejas de los indígenas mbyá y guardarlas como trofeos de conquista. Sin embargo, la enigmática presencia del doctor Mengele, el famoso médico nazi, abre un interrogante acerca de la naturalidad o artificialidad del indio albino: ¿mito o realidad? Es esta presencia de elementos anormales, o al menos diferentes a nuestros cánones vitales, la mejor fortaleza de la novela. Quizá hubiera estado más conseguida la explicación del mito del indio albino del primer capítulo si no hubiera sido explicativo y se hubiera forzado más el discurso con ficción pura.
Hay momentos en que se recurre a la saga, como la historia de los Palavecino. Pero se rompe con la trasgresión sexual del desnudo de Cristino. El artista sometido por la joven Antonia descubre un mundo de depravación que aleja el pensamiento familiar de cualquier tradición heredada, hasta hacer chocar la moral y las costumbres. Esteban Bedoya no sujeta sus personajes a cánones establecidos: los libera del yugo de la influencia social y familiar para individualizarlos según su propio carácter. Les permite escapar de la protección paternalista de un narrador omnisciente castrante. El indio albino, nacido en la selva, entra en el mundo asunceno cuando es contratado de criado de una familia patricia, los Pavón-Grisini, que van labrando su riqueza por medio de su posición dentro del partido colorado en el poder, hasta el punto de ser una de las familias defensoras del régimen dictatorial.
Otro aspecto positivo de la obra es que el indio albino no se ajuste al modelo del buen salvaje, nacido fuera de la “civilización” y educado por las elites dominantes, aunque en realidad el autor huye de los conceptos tradicionales de la aculturización indígena con acierto narrativo. De hecho, los abusos sexuales que sufre por parte de los miembros de la familia Pavón-Grisini desmitifican esta idea: la depravación contrasta con las buenas costumbres exhibidas de cara al exterior. A pesar de que Cristino violó a Antonia de niña y de que fue maltratado por Mengele, no hay maniqueísmo ni sentimentalismo en el tratamiento del personaje, así como tampoco sobrevuela un mensaje moral con respecto a su comportamiento. En realidad, su universo está rodeado de inmoralidad. El indio acaba siendo protagonista televisivo y de ahí es “reinsertado” en la selva para “recuperar sus derechos” gracias a la fundación de la familia, clara ironía sobre la moral imperante.
Sin embargo, nos atrae más en la novela la imbricación de las pequeñas historias de cada personaje con el argumento global. Diríamos que el indio Cristino es un conductor, pero en realidad el resto de personajes son igual de interesantes. Los episodios humorísticos de su retorno al contacto con otros indígenas, como por ejemplo las “galletas coquito” con los acampados en la plaza Uruguaya o el exterminio de las aves del gallinero, sumados a los de su vuelta con los mbyá y su borrachera del reencuentro,  se alternan con la crítica irónica a las intrínsecas relaciones con el poder. La conversación entre Garcilazo y el senador, con las palabras escritas en Suiza por el periodista Manfrini, revelan todo un mundo subterráneo donde la política común se sustituye por los intereses personales. Personajes como Cañete están perfectamente trazados; gozan de autonomía pero sin escapar del discurso. Sin embargo, muchos de ellos son engullidos por las situaciones de la novela, sobre todo cuando son violentas. La enigmática llegada a casa de los Pavón del oficial Estigarribia para cerrar el caso de su marido demuestra el grado de nepotismo de los privilegiados existente en la sociedad paraguaya y la impunidad con la que actúan.
El final, entre la añoranza del olvido de mitos como el Pora o el Luisón aprovechando la desaparición de Cristino de la memoria colectiva, redondea una novela a tener en cuenta; una novela donde se hace patente la idea del humor como estrategia de denuncia de la realidad. La anécdota policíaca del comienzo y la búsqueda del coleccionista de orejas acaba siendo solapada por los personajes variopintos de la novela. Violaciones, situaciones macabras, pero también cómicas, muestran la degeneración del individuo. En el desenlace el periodista Manfrini y Antonia siguen su camino a pesar de amarse en sueños, y el narrador hace balance de la procedencia de las historias compiladas.
La escritura de Bedoya no posee límites. La novela podría ser acusada de disparatada o de contener secuencias inverosímiles incluso. Nada más lejos de la realidad, puesto que es en ello donde reside su estilo propio y la potencia de su discurso. Con esta novela destaca el olvido de una cultura indígena, pero sobre todo la dislocación de unas mentalidades oblicuas por su disfunción entre pensamiento y acción, sobre todo en relación con la tradición moral y la actuación personal en el universo político de los intereses personales. La colección de orejas posiblemente no sea tan tenida en cuenta en el futuro como la rupturista y llena de imposturas El Apocalipsis según Benedicto, pero sí la tendrán en cuenta el lector y la crítica como una novela inolvidable.

José Vicente Peiró Barco
jvpeiro@ono.com

lunes, 31 de enero de 2011

La plaza como centro de la vida: "Las manos vacías" de Jacobo Rauskin

No vamos a insistir en la idea de que Jacobo Rauskin es uno de los poetas paraguayos por antonomasia, lo cual es como decir que es uno de los grandes autores latinoamericanos. Es un ejemplo de guerra entre poesía y mercado, donde se impone el lema de “si vendes o te vendes, editas”. Su pureza literaria está fuera de dudas y quizá por ello nos permite seguir confiando en la poesía, un género donde abundan los amiguismos, los favores mutuos y las manías personales extraliterarias, por desgracia.    

He reseñado todas las últimas obras de Jacobo Rauskin. Y lo seguiré haciendo con las siguientes porque su poesía es  la crónica de la realidad actual y espejo de la ideología reinante en nuestra sociedad: el escepticismo. Seguiré creyendo en su verso porque es el dibujo de nuestra vida, en Paraguay o en Europa. Así lo rubrica su último libro publicado hace unos meses, titulado Las manos vacías; una obra maestra del verso pulido y declarativo.    

En realidad, la obra no ofrece ningún giro en la trayectoria estética de Rauskin. Nada nuevo, lo cual para el crítico mediocre es signo de falta de valor. “Nada nuevo” no significa exención de calidad. Puede significar intensificación de un estilo y de una temática, como en el caso de Las manos vacías. La negatividad que algunos otorgarían a este concepto en el caso de Rauskin no solo es un rasgo positivo, sino una significación de riqueza lírica y crecimiento del verso. Y sobre todo de coherencia literaria. Aquí Rauskin purifica aún más su obsesión por ser un dibujante callejero, como se titula uno de sus poemarios. Esta vez toma la plaza como alegoría del universo; el ágora donde se conversaba en el mundo antiguo. Sin embargo, no es un lugar de charla en la escena lírica de nuestro autor: es un pequeño universo de la reivindicación que acabará muriendo. Son manos vacías instaladas en un espacio público en reclamo de justicia y reivindicando una dignidad humana olvidada por la sociedad.    

Rauskin no está reivindicando más que la dignidad del ser humano. No está dando razón a esas gentes acampadas en la plaza pública, que incluso han desplazado de su lugar de “trabajo” a las prostitutas. Está haciendo gala de la necesidad de recuperar el espacio público, frente a esa vida individualizada en la que nos manejamos. Aunque sea recuperarlo para reivindicar. Los labriegos de la tierra fueron sustituidos por los obreros sin fábrica: el caso es que siempre existirá un problema económico, sea el país rural o fabril. Solo la plaza acoge el pálpito nacional y los sentimientos de las gentes. “Ya no se prohíbe pisar el césped”, rezan los dos primeros versos del libro repetidos en varias ocasiones en “la plaza como centro de vida posible”, que es el espacio metaforizado centro del poemario.    

Los recursos habituales de Rauskin se intensifican en este poemario: digamos que los limpia para ofrecer mayor musicalidad o una perfección de su semántica lírica. Las aliteraciones fónicas (“rapsoda rabelero”), paronomasias, onomatopeyas, la musicalidad, las disposiciones anafóricas de algunos versos, con la puesta en marcha de estructuras sintácticas paralelísticas que infieren un aliento intensificador al discurso versificado, la rima y el verso libre mezclándose, e incluso cierto prosaísmo, bailan entre la pérdida progresiva de esperanza. Quizá en este poemario no encontremos el Rauskin más escéptico de su obra precisamente. Pero también diremos que el escepticismo se adivina como idea de antemano: sabemos que el autor nos va a ofrecer un universo variopinto, lleno de caracteres populares que de forma coral constituyen todo un mundo disperso y a veces oculto, hasta que decide ocupar la plaza. La vendedora de frutas, el tranvía, la Ferretería Ferreira (tremenda ironía con palabras enraizadas), las partidas de ajedrez, los árboles testigos del paso del tiempo… un fresco paisajístico de la realidad de un país, pero también universal dado que la desesperanza de un mundo en crisis se ha apoderado de nosotros. Quizá el poema 28, el que comienza “¿Dónde estoy? ¿Qué?” resume muy bien el desconcierto de nuestra vida.    

La ironía rauskiniana fundamentada en los juegos de palabras sigue viva. Sus magníficos versos “Quieren parlamentar. / Envían un embajador / con plenipotenciaria impotencia” (p. 29), demuestran el absurdo existente. Porque el mundo es así, donde “el rabeleo rabelea la historia a su manera” (p. 45). Toda la subjetividad reinante se desvanece. Y para finalizar, con cierta sorna, el autor nos dedica un soneto con una sextilla añadida, lo cual resulta aparentemente una manera de ir más allá de la métrica tradicional demostrando su dominio, además de reivindicar su contenido de manera metaliteraria.    

Un gran poemario. Con un ordenamiento perfecto de las composiciones. De nuevo un Rauskin grandioso y dominador del oficio poético. Pero también ese perfecto dibujante callejero cada día más impactante que ha pasado del retrato paisajístico al panorámico con una expresividad fundamentada en el juego de la palabra. Si el texto de la contraportada del libro nos sitúa el poemario entre la resignación y la esperanza, sí que diremos que en este trabajo nuestro autor no es tan escéptico como en los anteriores; no se observa un pesimismo derivado de que la salvación se logra gracias al descreimiento vital. Quizá es que Rauskin confía en ese hombre capaz de tomar la plaza pública y expresar sus deseos de vivir, de reivindicar, de luchar por su dignidad. Aunque el hombre vuelve con sus manos vacías: pero ha valido la pena salir a la vida al aire libre.    

Quizá lo más conveniente sea seguir disfrutando de la poesía de Rauskin. Sus trabajos nos devuelven la confianza en este género tan maltratado por la sociedad, pero también por los propios poetas con su incapacidad de llegarnos al corazón o al cerebro. Esta vida nuestra tan prosaica necesita una buena inyección de poesía. Poesía antiendogámica. Poesía de verdad; no lamentos ni experiencias vacuas y desprovistas de identificación posible, ni guerras entre poetas cuyas diferencias no las perciben más que ellos mismos.    

Nos hace falta más poesía como la de Jacobo Rauskin.

José Vicente Peiró Barco    

jueves, 27 de enero de 2011

La poesía de Pedro José Moreno Rubio

PEDRO JOSÉ MORENO RUBIO: CON EL VIENTO SOLANO. Cuenca, Diputación Provincial, 2007.
De la misma forma que el poder impregna de indiferencia todo lo que no es poder, como dijo Enrique Tierno Galván, la poesía reviste de insignificancia todo lo que no tenga poesía. En esta sociedad, donde Alessandro Barico explicita que las alusiones informativas hasta formar una red han sustituido la profundidad de los contenidos culturales, hay demasiada poesía de ensimismados que no nos dice nada, por lo que hacen falta autores capaces de conectar con las sensaciones, problemas y sentimientos del lector. Poco nos interesa el sufrimiento de un poeta cuando nuestros asuntos personales nos tienen más preocupados o entretenidos.
La antología poética Con el viento solano, tomando el título de aquella maravillosa novela de Ignacio Aldecoa, resume a la perfección el carácter de la obra su autor, el valenciano nacido en Cuenca, Pedro José Moreno Rubio. En ella se respira ese aire cálido de quien tiene sentimientos; de quien es un poeta puro, sensible y dotado de alma, y busca en la literatura un diálogo con una dimensión de novedad sugerente.
Para mí, la obra contiene las mejores composiciones de los catorce libros poéticos del autor publicados hasta la fecha. Ya los primeros poemas de su obra inicial, Sed de presencia (1983), revelan algunos elementos que pervivirán en el resto de la producción de Pedro Moreno: la importancia de la Naturaleza como fuerza creadora e impulsora de la vida. Para ello, recurre a formas líricas tradicionales como la cancioncilla popular (p. 21) o el soneto, en ese gran homenaje que realiza a Gerardo Diego en la composición “El Estío”, en concreto a “El ciprés de Silos”, con esa glosa del verso “enhiesto surtidor de sombra y sueño”, aquí transformado en “Enhiesta redondez de fuego y brillo”. En ello se aprecia que para Pedro el mundo es luz, belleza, pulcritud y nitidez, frente a la sombra y el sueño de Gerardo Diego, frente a la oscuridad del pesimismo que él no ha encontrado en ningún momento. Juega con la intertextualidad para poner en contradicción la luz y la oscuridad como dos modos de entender la vida. En eso es como Jorge Guillén, y su obra maestra Cántico, defensora de la perfección y armonía de un mundo sostenido en la Naturaleza, en el personaje de la radiante luz divina, y para mí, es el poeta al que más me recuerdo Pedro. Como en “Salmo para la creación”, donde el cielo y la tierra “se hermanan y se besan para sentirse cerca”, porque la proximidad de lo deseado permite disfrutar mejor de la armonía vital. Pero además, muestra su preocupación por la figura de Dios (“Cada día a las nueve, yo soy Dios”, nos dice en ese poema que así empieza”), por esa riqueza que Dios ha creado, esa riqueza del “Amor reunido de los hombres todos”. Es el optimismo del hombre que observa que la vida está bien hecha y de que quien vive en perfecta conjunción con el universo.
Y estas mismas preocupaciones permanecen en el resto de la obra, como he dicho. En su siguiente libro, Apenas voz, tal vez viento, 1983, el vitalismo se desplaza hacia el tema amoroso, reforzado por la presencia de la Naturaleza para dar optimismo a las ideas. Esa repetición de la palabra “voz” en el poema que da nombre al libro, nos revela su dominio del paralelismo como forma poética y de la lira, como estrofa que matiza correctamente las sensaciones. Esa voz que contrasta con el silencio de “Con mi silencio te hablo”, porque con esa voz de su silencio le habla a la amada y sabe que ella le entiende. Silencios elocuentes, como los que generalmente habitan en la postura del bueno de Pedro. Y un amor que no es destrucción, a pesar de que Pedro Moreno intente muchas veces decantarse por el lado aleixandrino del tratamiento del tema: imposible porque la vitalidad no formaba parte de la idiosincrasia del autor del 27.
Del amor como tema fundamental de este libro pasa a la preocupación por los hombres y su destino, sin abandonar este tema, en su siguiente libro, Albriciador de auroras (1984). El hombre de “¿Por qué no nos miramos?” ha perdido su rumbo porque ya “no le importan las flores del jardín”. La metáfora del viaje iniciático se tiñe de horror porque en ese viaje pierde su contacto con la Naturaleza y busca el espacio de otros hombres para ignorarlos. Éste es uno de los pocos poemas donde Moreno abandona su optimismo habitual, pero también es cierto que él no pierde la esperanza de que el hombre retome de nuevo su sentido natural y abandone esa velocidad sin sentido de “El reloj” o se pierda el “viento cargado de electrizantes alas” que “muerde en los ojos”. Como se observa, Pedro Moreno aumenta y da un giro a sus metáforas para dar mayor énfasis purista a su sentimiento. Todo se resume en esos olivares que quieren con su vuelo rasgar la noche, desenterrar la aurora, “para que venga la luz sobre estos montes desvanecidos”. Porque, según él, y así lo escribe “Aún debe ser posible el paraíso”, siempre que se le deje “al sol que siga su camino”. Añadir brevemente que este magnífico poemario, posiblemente el que le iza varios peldaños en el escalafón lírico, contiene varios poemas en prosa, titulados, ¡cómo no!: “El Viento”, donde expresa bien lo que significa para él esta prosopopeya: “La vida es un soplo de viento que alguien supo insuflar en esta arcilla”. Quien sopló fue Dios.
El tema religioso se subraya aún más en Ven, Raquel  (1986), donde raya la preocupación por el mundo de la infancia. Su siguiente libro, Agua dulce (1987) nos muestra a un poeta más maduro. Esa agua dulce placentera que acaba siendo enterrada por el agua amarga del mar, una excelente metáfora para señalar la destrucción o el amor. Es una poesía amorosa llena de registros semejantes, aun cuando los poemas y versos empleados tengan variedad métrica y estrófica. Nido de crisálidas (1988) presenta de nuevo al viento que pone campanillas en los pechos, que es lágrima que quema, que fija la memoria, que desmorona búcaros y helechos. Viento, por ello, es sinónimo de vida.
En De pie sobre la noche (1997) el silencio se mezcla con la palabra, “espuma que rebosa los lindes del asombro y van dejando un brillo de verdades en el aire”. La muerte en silencio, cuando la vida ha sido en silencio, gran enigma, mientras se es náufrago de la noche en que tú habitas su cuerpo.
Hijo de la tierra (2000), título de referencia cristiana, posee una ofrenda a la vida como un grato presente de múltiples manjares. Moreno Rubio abandona el verso corto y se ensancha para cubrir los pequeños objetos que encontramos en este mundo. Mujer de luna (2000), libro de sonetos, resume los elementos recurrentes de su poética: El amor, la vida, la felicidad, el gozo, la Naturaleza que acompaña a ese gozo, el amor con esa sonrisa pronunciada al escuchar el nombre del ser querido… Sus mismos temas, quizá con una anchura amorosa mayor que en otros libros. Un coherencia temática que no abandonará en sus siguientes poemarios, Ebrio de luz (2001), característico en su producción por su versolibrismo y el dialogismo con el hombre y la Naturaleza; Sólo la piedra dura (2003), libro dedicado a Valencia y sus edificios y costumbres, y No detengáis el alba, con los motivos temáticos recurrentes en toda su poesía, la vida como camino manriqueño por el que se transita sin haber llegado aún a ningún sitio, en un poemario con una mayor preocupación metafísica que concede a su obra un toque de mayor profundidad.
Una poesía densa como un águila de fuego la de Con el viento solano que anima a seguir disfrutando del optimismo proporcionado por la buena poesía; la poesía del trabajo consistente y medido de Pedro Moreno.
José Vicente Peiró
           


ESPECTACULAR EJEMPLO DE LITERATURA FUTBOLÍSTICA. GOL SUR DE ANTONIO HERNÁNDEZ

            Jorge Valdano expresó hace tiempo que tanto la literatura como el fútbol eran un juego, por lo que era muy difícil recrear un juego dentro de otro juego. Realmente, no debe ser así a juzgar por la enorme profusión de autores célebres de su Argentina natal que han dedicado alguna atención literaria a ese deporte globalizador por universal que en España bautizamos alguna vez como balompié. Porque no sólo su paisano Roberto Fontanarrosa demostró cómo se podía escribir historias corrientes y atractivas para el común de los mortales, sino que también lo hicieron otras célebres figuras rioplatenses como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Osvaldo Soriano o Augusto Roa Bastos, o peruanos como Mario Vargas Llosa o Alfredo Bryce Echenique; autores que el mismo Valdano recogió en su volumen Cuentos de fútbol. Recientemente hemos leído una gran novela con el fútbol como fondo, El Fantasista del autor chileno Hernán Rivera Letelier. Al fin y al cabo, todas las actividades humanas o sobrenaturales son susceptibles de no ser reproducidas, recreadas y reinterpretadas por el bello arte de la palabra.
            En España se han dedicado al relato futbolístico autores célebres también, como Camilo José Cela, Manuel Vázquez Montalbán o Javier Marías. Estudiosos como Antonio Gallego Morell o Jesús Castañón dedicaron su tiempo a analizar su relación con la literatura. Sin embargo, ha pesado más esa falsa creencia de que el fútbol era el opio del pueblo que durante el Franquismo cultivó la oposición democrática. En aquellos tiempos, en efecto, el fútbol era uno de los opios del pueblo –no el único-, y en el fondo esa idea ha seguido flotando en el subconsciente de la mayor parte de las clases cultivadas españolas. Mientras nosotros cargábamos en nuestro debe con su complejo despectivo por ser sinceros con nuestra afición al deporte más popular e interclasista (aunque me consta que algunos de esos acomplejados veían partidos de fútbol en la clandestinidad hogareña y con el volumen eliminado), los latinoamericanos, más sensibles y honestos con sus sociedades, escribían maravillas como El fútbol a sol y a sombra de Eduardo Galeano o Dios es redondo de Juan Villoro, incluso se organizaban debates que desembocaron en el protagonizado en Cartagena de Indias en 2007 y en números monográficos como el de 2006 de la revista Iberoamérica. Ahora parece que en España ya no está tan mal visto el que a una persona culta le guste un deporte popular, afortunadamente. Ya no será necesario que algunos se escondan y apaguen el volumen de su televisor para ver un Barcelona-Real Madrid, ni que el aficionado a la ópera entienda que este noble arte era un espectáculo popular en la Italia antigua.
            Entre los grandes escritores futbolísticos españoles se encuentra Antonio Hernández. Gaditano de nacimiento y bético de adopción, ha huido de los pronunciamientos y debates apocalípticos sobre la relación entre fútbol y literatura y nunca ha escondido su pasión por el Betis, sobre todo, y por el Cádiz. A los primeros dedicó una colección de relatos titulada La marcha verde, libro reeditado en mayo de 2008, donde explora en las pasiones del alma por medio de un arma: el beticismo. Se trata de un libro de once relatos donde aúnan los sentimientos, la ternura, el belicismo, la ironía, la sensibilidad y la pasión hacia un Betis que representa unos valores humanos cuya moral está muy por encima de la imagen que proyectan del club sus dirigentes. Sólo el relato “El hombre que creía ser Lopera” merece ser incluido en los anales de la mejor literatura deportiva internacional.
            No contento con recuperar esa joya, ampliarla y otorgarle un sentido más actualizado a aquellos relatos de hace veinticinco años, Antonio Hernández ha culminado una nueva obra, esta vez dedicada al Cádiz, equipo de su provincia natal. A este equipo mítico español dedica su nueva obra Gol Sur, creación cuya primer gran mérito lo encontramos en su estructura genérica: dividida en relatos independientes, el fragmentarismo de su discurso nos descubre un conjunto de cuentos relatados por dos narradores distribuidos en paralelo. Sin embargo, su estructura de libro de cuentos y novelas breves es compacta y descubre una novela de aventuras de un grupo de personajes del mundo futbolístico gaditano. Las más de trescientas cincuenta páginas del libro nos recuerdan con ironía y con un toque grotesco las aventuras y desventuras de la gente, jugadores y aficionados, de un equipo modesto, de los mal llamados “de provincias”, que desemboca en ocasiones en tragedias cotidianas de las personas con nombres y apellidos no de primer plano en sus ámbitos profesionales, en este caso los deportivos. Así, Hernández parte de la anécdota para construir un relato cuyo discurso hereda los mejores recursos de la oralidad, en algunos casos la influencia de la magia en la realidad heredada de los relatos de Cunqueiro o García Márquez. El narrador nos está contando lo percibido como si estuviera presente delante del lector, dotando de mayor credibilidad a su discurso en ocasiones aparentemente inverosímil. De esta fragmentación y del discurso oral del relato se fabrica la estrategia de unas anécdotas supeditadas a los caprichos de la memoria, por lo que el autor reitera o recuerda varias de forma permanente en distintos episodios.
            Así se recuerda ante todo que esos seres provistos de una aureola impoluta e inalcanzable, como son los futbolistas de un club profesional, tienen virtudes y defectos como cualquier ser de carne y hueso. El humor grotesco como fórmula de tratamiento de las situaciones de derrota suaviza el dramatismo de las situaciones, y Antonio Hernández gradúa muy bien su empleo para evitar abusos y tropiezos continuos en la profusión de ridiculizaciones inicuas. De esta forma, aunque se reitere el gusto por la jarana nocturna de Mágico González o la anécdota de la pérdida de la dentadura por parte del mayor de los hermanos Mejía en el Bernabéu, o el “choteo” hacia Bañares, al que se le pide insistentemente que se vaya al Milán, hay un respeto máximo hacia la dignidad de los protagonistas de la historia del Cádiz. Añadamos que hay jugadores inventados mezclados con otros reales e históricos, en una estupenda mezcla entre fantasía y realidad cuyos campos sólo pueden ser abarcados por la literatura, para dar consistencia a un discurso que penetra en las entrañas de una ideología, el “cadismo”, cuya mística deambula entre la derrota y la miseria del día a día.
            Antonio Hernández hace un extenso repaso por la historia del Cádiz reivindicando para su estética e ideología cuestiones como el que la denominación “el submarino amarillo” fue aplicada en su día al equipo andaluz antes que al Villarreal, el malditismo diabólico acompañante permanente del destino del equipo, los continuos descensos y ascensos que se producen por circunstancias diversas, la épica de la derrota, la anécdota que desvirtúa el hecho glorioso, o el canto hacia las bondades de don Manuel como el gran presidente de la historia del club, en referencia a Manuel Irigoyen, que cumple en la narración el papel del gran señor aristocrático que ha sido benevolente con sus súbditos. Y es que el autor no se conforma con hablar del Cádiz y su historia: desea mostrar un fresco de esos seres humanos que han rodeado el universo de este club. Es su mejor manera de mostrarnos la idiosincrasia de una forma de vida que va más allá del simple hecho deportivo.
            Una obra que dio el pistoletazo de salida al centenario del Cádiz, cumplido en 2010, y que, certifica la grandiosidad de Antonio Hernández en la literatura futbolística española, por su habilidad y su capacidad narrativa. Gol Sur es una novela coral, polifónica, que se convierte en el canto de una afición; de un mundo popular asociado a uno de los clubes con mayor simpatía en el panorama futbolístico español. Es un perfecto aperitivo para un conmemorar un siglo de existencia y un suculento manjar para el deleite de quien desee reencontrarse con la épica del perdedor como motivo literario recurrente en la historia universal.
José Vicente Peiró

Gol Sur: Algaida Editores. 2008, 358 páginas.