El trueno cae y se queda entre las hojas

viernes, 21 de febrero de 2014

UN HITO DIDÁCTICO DE LA CIENCIA-FICCIÓN DE ANTICIPACIÓN: EL MECANOSCRITO DEL SEGUNDO ORIGEN DE MANUEL DE PEDROLO
            Posiblemente la consideración de la ciencia-ficción como subgénero “menor”, entendido ello como letras de escasa enjundia literaria por su lejanía de la realidad, ha menospreciado a uno de los autores más brillantes del panorama de las letras españolas en catalán como es Manuel de Pedrolo (1918-1990), y sobre todo a una de sus obras que ya es un clásico del siglo XX: El mecanoscrito del segundo origen. Cierto es sabido que la ciencia-ficción no ha sido bien tratada por el canon literario peninsular, aunque esta obra posiblemente sea el título más divulgado en el subgénero en la historia de la literatura catalana, en una lengua donde destacan en esta vertiente autores como Pere Verdaguer o Montserrat Julió. Publicada en una colección de literatura juvenil allá en noviembre de 1974, en El trapezi, desde entonces se ha reeditado continuamente, adaptada al cómic y a la radio y la televisión, hasta ser considerada de lectura obligatoria en el ámbito adolescente. Incluso el 11 de diciembre de 2007 se anunció el acuerdo de la Fundación Manuel de Pedrolo para su adaptación cinematográfica en catalán.
            Manuel de Pedrolo es un autor con una historia muy singular. Poeta en sus inicios y reconocido dramaturgo, aficionado al aforismo con el mérito de haber sido uno de los primeros en advertir que el nuevo púlpito eclesiástico se llama televisión, y que la función de ambos era crear seres conformistas, comenzó su trayectoria narrativa con los cuentos de El premi literari i més coses en 1953. Curiosamente, en este libro está su primera aproximación a la ciencia-ficción, cuando era casi un pecado literario escribir relatos del subgénero salvo que el autor se dedicara a ganarse el pan con la literatura de kiosco. Se trata del relato “Transformació de la ciutat”, cuya trama versa acerca de un hombre capaz de cambiar objetos de lugar hasta crear el caos en Barcelona, anticipándose en casi medio siglo al argumento de la película titulada Dark city (1998) de Alex Proyas. Desde entonces, Pedrolo apostó por el fantástico en todos sus libros de relatos. Así, a “Temps simultanis”, relato de cinco historias distintas pero simultáneas, incluido en Un món per a tothom (1956), siguieron otros como “El camí”, “L’origen de les coses”, “Les civilitzacions són mortals”, “Darrer comunicat de la Terra”, “Fragmentària”, “Asèl.lia”, “La doble plaça de les doncelles” o “El bon ciutadà”. Sus cuatro libros escritos entre 1973 y 1979, Mecanoscrito del segundo origen, Trayecto final, Aquesta matinada i potser per sempre y Successimultani, forman el núcleo central de la ciencia-ficción de Pedrolo. Es por ello un autor cuyo nombre figura ­–y debe figurar- en los trabajos críticos más importantes sobre la ciencia-ficción en España.
La mayoría de los relatos de Pedroso se adscriben a la vertiente denominada de anticipación; término que utilizó Herbert George Wells por primera vez en 1900 en su obra Anticipations para distinguir del resto de obras de ciencia-ficción a aquellas cuya intención fundamental era concienciar para "evitar el nefasto futuro que a él le parecía inevitable si los hombres no planean otro mejor, y qué hacer para que el futuro mejor se haga realidad"[1]. Pedrolo adquiere la esencia de este concepto concienciador para analizar la conducta humana dentro de un marco localizado en el futuro o en otras galaxias, con el que denunciar el destino de un mundo dominado en exceso por la técnica y por el cientificismo, advirtiendo lo que estamos contemplando hoy en día: el exceso de sumisión a la técnica convierte al ser humano en esclavo de su endiosamiento y su poder creador. Sus argumentos han discurrido desde la parábola pesimista sobre la libertad de “El camí”, la fundación de una nueva utopía ante la imposibilidad del regreso al punto de partida en “L’origen de les coses”, a la narración del último hombre en la Tierra, después de que se envíe a toda la humanidad al futuro ante la inminencia de una guerra total en “Darrer comunicat de la Terra”.
            El Mecanoscrito narra la aventura de Alba, una chica de catorce años, y Dídac, niño de ocho, tras sobrevivir por encontrarse bajo el agua a un ataque extraterrestre que ha aniquilado prácticamente toda la vida en la Tierra. Sólo las aves han resistido al ataque. Los que han sobrevivido son salvajes o han caído en la locura, mientras ellos han podido salvar los libros al llegar a Barcelona. Los jóvenes piensan que su misión es repoblar el planeta y se deciden a perpetuar la especie. Cuando Dídac tiene doce años y Alba diecisiete, tienen un hijo, y él muere poco después. En el apéndice, el editor del futuro resuelve la cuestión planteada; será Alba la madre de la nueva humanidad o el mecanoscrito una muestra de la literatura de ciencia-ficción.
            Estamos en el fondo ante un replanteamiento del mito adánico. Dídac y Alba son los nuevos Adán y Eva, algo hermoso, según ellos expresan en sus diálogos. Deberán reconstruir una civilización destruida por su propia insignificancia en el universo. El paraíso es la Tierra, a pesar de la desaparición del ser humano sobre su superficie. Dídac y Alba se plantean la misión de perpetuar la especie y reiniciar una nueva existencia distinta. Y ello deriva hacia una tesis: la necesidad de una reconstrucción terráquea que permita el nacimiento y desarrollo de un mundo más equilibrado. De ahí que Dídac y Alba sean los protagonistas del segundo origen de la humanidad al que alude el título del relato.
            Este carácter genesíaco del relato contrasta con el paisaje apocalíptico que contemplan a medida que se acercan a Barcelona. El espacio conocido y tangible, el de la ciudad con su cinturón de poblaciones limítrofes, contrasta con el vacío y destrucción que ofrece a la llegada de los protagonistas. Ésta sí es una ciudad poblada de más de un millón de cadáveres, retomando parte del verso de Dámaso Alonso. La fuerza de las descripciones metafóricas de Pedrolo está en una posición más sublime de la habitual adscripción a la literatura juvenil de esta novela: nada más lejos de una estética o un destinatario adolescente la simbología de una ciudad donde sobreviven sólo las moscas sobre las carnes porcinas, por ejemplo. El que la obra sea legible para un joven, no es sinónimo tampoco de creación literaria menor.
            Es entonces, en el encuentro con la ciudad desértica, cuando las fuerzas de lo interno de los personajes y lo ajeno colisionan entre su aspecto fantasmagórico. La fantasía llega a transformarse en terror y el elemento sobrenatural originador de la historia queda en un plano marginal porque en ese momento es la atmósfera pura de ciencia-ficción. Lo fantástico-maravilloso, que según Tzvetan Todorov era aquel relato que se presenta como fantástico pero que termina con la aceptación de lo sobrenatural[2], se aplica aquí a la ciencia-ficción destilada: la aparición del elemento sobrenatural, los extraterrestres, ha conllevado la destrucción del orden humano, pero las consecuencias del apocalipsis han dejado a los escasos supervivientes en una desnudez animal alejada de factores irracionales, en la pura demencia. Sólo el exterminio de la población permite la existencia de alimentos para la supervivencia. El afán de salvar los obstáculos a enfrentarse, y el encuentro con la muerte tanto en la escena del asesinato del extraterrestre como en el encuentro con los cientos de cadáveres y de automóviles en Barcelona, coincide con el momento de iniciación a la vida de los protagonistas: descubren que todo es mortal; la inexistencia de la eternidad. Los libros les permiten aprender algo más: son sus verdaderos maestros. Iniciado el aprendizaje, y tomando Pedrolo elementos sustanciales del Bildungsroman o novela iniciática, a medida que crecen es cuando empiezan a sentir los deseos de ser adultos, desde cuando Alba queda prendada por un bikini blanco hasta que se declaran amor y mantienen su primera relación sexual en el capítulo cuarto, donde aparece una terrible frase del pensamiento de Dídac: “le angustiaba la monstruosa certeza de que eran felices sobre una montaña de cadáveres”. El viaje que les conduce a Italia simboliza ese proceso de iniciación, así como su culminación es el encuentro con otros seres humanos vivos y el enfrentamiento con el mal, puesto que en realidad están ante dementes.
            Destaca en buena medida el feminismo de la obra. Es Alba la que salva a Dídac, permite que la humanidad no desaparezca, cuida de él cuando enferma, y es quien toma las decisiones importantes, como la correspondiente a la plantación de semillas en el huerto de la masía que encuentran después de la curación del protagonista. Si a ellos añadimos que Dídac es de raza negra, somos conscientes de que estamos ante una obra donde se reivindica a los colectivos de población que históricamente han sido marginados, como las mujeres y los negros. Las estructuras comunes en las ficciones que sirvieron para aleccionarnos a las generaciones nacidas hasta los años setenta son quebrantadas por la obra de Pedrolo, al situar como protagonista a una mujer y al revelar el despertar sexual de la adolescencia como un hecho natural reivindicado por ser, además, la salvación de una raza la humana, que así podrá construir una utopía: un mundo mejor. La obra aboga por la didáctica: por la defensa de la idea de la necesidad de una reconstrucción pensada desde los universos colonizados por un pensamiento dominante que ha contribuido a la caída de la humanidad, bajo el prisma del docere et delectare clásico. Por eso, los libros son la salvación para la pareja superviviente al holocausto de los extraterrestres.
            Sin embargo, el final derivado del desenlace de Dídac obliga a plantear un posible tabú: que Alba cometiera incesto con su hijo Mar y de ese incesto naciera la humanidad. Es una inversión del incesto de Edipo, que no del mito, puesto que Alba se sacrifica para beneficio de la humanidad, no por motivos sentimentales o por complejos psicológicos. El epílogo confronta dos posturas contrarias sobre el origen del mecanoscrito: el que lo narrado en los cuatro cuadernos del Mecanoscrito revele el adanismo de Alba, frente a la posibilidad de que el lector se encuentre frente a un texto de lo que “los antiguos llamaban ciencia-ficción”. El desenlace queda demostrado suficientemente… pero en ello radica el carácter mágico de esta fantástica narración fantástica.
José Vicente Peiró





[1]Cita extraída de Robert SCHOLES / Eric S. RABKIN: La ciencia ficción. Historia, ciencia, perspectiva. Madrid, Taurus, 1982, p. 32.
[2] Tzvetan Todorov: Introducción a la literatura fantástica. Buenos Aires, Editorial Tiempo Contemporáneo, 1972, p. 65.
LA SEGUNDA NOVELA DE RULFO: EL GALLO DE ORO


            La relación de Juan Rulfo con el mundo de la imagen, con el cine y la fotografía, fue amplia. Diez adaptaciones de sus cuentos y su novela Pedro Páramo, y seis colaboraciones como guionista o argumentista original en libretos, más una aparición incidental en En este pueblo no hay ladrones (1964) de Alberto Isaac, revelan que el cine fue uno de sus medios tanto de expresión artística como de subsistencia alimenticia que marcaron la biografía del autor mexicano. Sin embargo, como revela Ayala Blanco, su filmografía, en términos generales, no ha dejado sino “obras mediocres y serviles adaptaciones, cuando no grotescas o muy alejadas de los textos de inspiración”[1]. El mismo Rulfo opinaba sobre la versión de Pedro Páramo de José Bolaños realizada en 1976 lo siguiente: “Es muy mala. Creo que el director no logró ni el tono ni el clima adecuados”[2].
            Dos únicas excepciones de calidad quedan anotadas en ese prolongado “despiste artístico”. La primera se titula El despojo, un cortometraje de doce minutos, dirigido en 1960 por Antonio Reynoso y fotografiado en blanco y negro por Rafael Corkidi, que inauguraba una ficción rural de tema indígena asombrosamente despojada de cualquier paternalismo, y sin mácula de folclorismo espurio. La segunda salida de la norma general fue La fórmula secreta, mediometraje de 42 minutos, dirigido y fotografiado por Rubén Gámez, dentro del cine político antiimperialista visto con la perspectiva de una vertiente imaginativa, surrealista y lírica». El resto, desde Talpa (1955) hasta Los confines (1988), no han sido más que historietas narradas con torpeza y ametrallando las estupendas ideas argumentales para acabar fusilando sin reparos la maestría de las narraciones donde se inspiraron.
            Lo cierto es que Juan Rulfo se había convertido en una marca de interés comercial para los tiburones del negocio cultural a raíz del éxito de la novela Pedro Páramo. A finales de los años cincuenta, como expresa Alberto Vidal[3], su creciente prestigio creó el mito del zorro que se negaba a escribir un tercer libro literario para evitar los ataques de la crítica que pudieran destruir su obra. La verdad es que mientras se le preguntaba continuamente por su siguiente obra, la industria cultural mexicana aprovechó el nombre de Rulfo como reclamo en el mundo del cine. La cordillera, esa tercera novela que nunca existió a pesar de incluso ofrecerse recensiones y resúmenes argumentales, creó una mitología a su alrededor, mientras que la realidad nos dejaba a un Rulfo implicado con la cinematografía y alejado de la creación estrictamente literaria.


 (1ª edición de la obra)

            Esa dedicación rulfiana al Séptimo Arte nos ha dejado una obra extraordinaria que el tiempo ha convertido en la tercera obra narrativa del autor: El gallo de oro, escrita en 1963. Nouvelle pero novela al fin y al cabo. Cuando apareció editada en 1980[4], la crítica descubrió una excelente narración digna de la grandeza adquirida por Rulfo con Pedro Páramo, sólo que desprovista de las innovaciones y el riesgo experimental estructural de su obra maestra, sustituidos por una linealidad necesaria para la diégesis cinematográfica. Sin embargo, la obra tuvo que luchar contra la carencia de adscripción a un género, dado que se observaba como historia cinematográfica y a la vez se leía como manifestación narrativa, lo cual demuestra el apego de la crítica a los clichés y prejuicios establecidos y a unos cánones de los géneros literarios que son corsés para la literatura. También tuvo otro problema añadido: la constante comparación, o al menos referencia rememorativa sobre todo en sus aspectos cualitativos, a El llano en llamas y Pedro Páramo, siendo como era una historia diferente en su concepción. El gallo de oro está pensada para el cine, adquiere una mayor presencia la visualidad de las situaciones y ello la sujeta a una linealidad argumental de la que carecen las obras anteriores. Si recordamos también el que el guión ha tenido dos adaptaciones bastante dispares, por no llamarlas desiguales, por parte de Roberto Gavaldón (1964) y de Arturo Ripstein (1987), ésta titulada El imperio de la fortuna, ya que la primera se ajusta a los parámetros del cine de oro mexicano y la segunda, en cambio, desplaza la acción a los suburbios del Distrito Federal para mostrar su decrepitud social, comprenderemos que El gallo de oro esté escasamente valorada por los estudios rulfianos, salvo excepciones. La ambientación de la adaptación de Ripstein difiere mucho de la original y, además, se realizó después de la muerte de Rulfo, por lo que en el fondo pasó inadvertida y poco público la recuerda. Años más tarde, en 2000, Carlos Duplat dirigió una telenovela titulada La Caponera, basada en la obra, con interpretación de Margarita Rosa de Francisco, Miguel Varoni y Juan Ángel, muy centrada en los aspectos folletinescos de la narración, en el sensacionalismo y morbo habituales en la televisión contemporánea y con un descuido notable de la calidad argumental.
            El texto sufrió sus avatares previos a la publicación en 1980 en  México[5]. La carencia de publicaciones del autor posteriores a Pedro Páramo, dimensiones insospechadas, o la necesidad de proyectar una nueva luz sobre la escritura rulfiana provocaron una urgencia en el rescate y difusión de sus sepultados escritos para el cine. De esa forma se editaron en el mismo volumen El gallo de oro, El despojo, un guión jamás escrito, y un texto lírico que fusionaba una serie descriptiva de imágenes, La fórmula secreta. Un apéndice con una serie de fotografías de las adaptaciones y la filmografía rulfiana completaban el volumen. El texto finalmente publicado no es un guión cinematográfico, ni siquiera un esbozo narrativo argumental, ni tampoco apuntes para un futuro guión, como en el caso de La fórmula secreta. Se trata de una narración literaria en todos los sentidos, aunque ésta no fuera la intención inicial ni su destino definitivo, rescatada por Vicente Rojo en 1979 no se sabe si de la papelera o de la voluntad de Rulfo[6].


En el guión para "El gallo de oro" se describe el vértigo de la dialéctica lúdica del amor y la suerte a partir de la historia de un gallero salido de la nada y una cantante de ferias, “La Caponera”. Rulfo nos presenta a un humilde pregonero, Dionisio Pinzón, que recibe un gallo de pelea dorado moribundo al que milagrosamente hace revivir gracias a sus cuidados y un efecto mágico (¿realismo mágico?). En la feria de San Juan del Río, el gallo vence con suficiencia a uno de los del gallero profesional Lorenzo Benavides, también amante de Bernarda Cutiño, “La Caponera”. Cuando está logrando un sustancioso volumen de ganancias, el gallo dorado muere en una pelea, pero al haber adquirido una experiencia en el palenque, incrementa su dedicación profesional a los combates y al juego. Impresionado por “La Caponera”, Dionisio le atribuye su influencia mágica en sus victorias y se siente atraído hacia ella sin poderlo remediar. Más tarde Lorenzo intenta comprarle el gallo y el protagonista se niega, porque va obteniendo triunfos, lo que aumenta su prestigio y sus ganancias económicas. Sólo el poder de seducción de “La  Caponera” le hace modificar sus opiniones. Finalmente, empiezan a vivir juntos y se dedican a viajar de pueblo en pueblo, tienen una hija y mantiene un holgado nivel de existencia aunando una riqueza enorme. Sin embargo, esta hija es una verdadera ninfómana, y al final en un único día, Bernarda muere, Dionisio pierde todo en el juego frente a unos abogados, acaba suicidándose tras descubrir a su esposa fallecida, y la hija queda para exclamar “seguiré el destino de mi madre” y acabar cantando en el tablado de la plaza de gallos de Cocotlán, “un pueblo arrumbado en los rincones más aislados de México” (p. 101). El final, con el grito de quien da comienzo a la pelea de gallos, rubrica una obra sobre la ambición y el carácter efímero de la gloria.
Lo más sorprendente es la linealidad del texto y el que sea el único texto narrativo de Rulfo donde la tercera persona domina por completo. Ese carácter distanciado con la narración, esa voz externa, heterodiegética, da más credibilidad al relato y le concede una credibilidad sin igual. Su ambientación, que tanto recuerda al cuento “En la madrugada”, como expresa Alberto Vital[7], reproduce una atmósfera etérea, a veces fantasmagórica, heredera de sus mejores narraciones ambientadas en el México profundo. Da la impresión de que el humo de los cigarros en los palenques está presente en la lectura. Aparecen enclavados unos personajes fuertes, de carácter: Bernarda es puro fuego y representa esa mujer posesiva que absorbe a todo su alrededor, y se da a la bebida por puro afán vividor, mientras que Dionisio escupe la ambición del humilde frente a la obsesión por la riqueza. En el relato ambos sucumben al juego del amor y la suerte, como he anticipado, quedando al margen o en un segundo plano la riqueza alcanzada. Sólo la caja fuerte de los últimos ahorros que se juega Dionisio en la partida final alcanza una función argumental determinante, porque lo importante son las reacciones de los personajes y su humanidad.
Por ello, el registro popular lingüístico utilizado adquiere una importancia fundamental. De la misma manera, las letras folclóricas de las canciones de Bernarda reproducen sentimientos y aderezan la ambientación de las secuencias. Son una rúbrica perfecta, además de que si se piensa en una versión cinematográfica aporta esa dosis musical tan vigente en muchas películas de la época en que el relato fue escrito. Esos ornamentos son los que contribuyen, como en Pedro Páramo, a una atmósfera fantasmal y repleta de violencia, sobre todo sensorial, no exenta de un aliento romántico incrementado por la condición antimítica de los personajes –personajes marginales, como suele ser habitual en el autor- e incluso de los mismos gallos que les enriquecen, porque esos gallos acaban siendo derrotados. Y es que el mundo de Rulfo siempre nos ofrece perdedores a pesar de las circunstancias favorables: en el amor, en el juego y en los negocios. El destino conduce a todos al mismo terreno: la muerte.
Cada una de las diecisiete secuencias en que se divide la narración constituye una unidad textual que rompe temporalmente con la anterior. Siempre hay un salto elíptico entre una secuencia y otra por la necesidad de concretar y culminar en síntesis la historia de Dionisio Pinzón. Fragmentos como el siguiente ejemplifican el descriptivismo sintético hasta un buen punto feísta que caracteriza a la obra:

La sangre de la cresta comenzó a bajarle a las narices al Dorado y le produjo hoguío. Dionisio Pinzón le limpió la cabeza. Sopló el pico para desahogarlo. Tomó tierra del suelo y la restregó en la cresta de su animal para contener la hemorragia y, lo que no había hecho nunca, comenzó a desentrañarlo arrancándole plumas de la cola para encorajinarlo. Así, cuando sonó el grito de: ¡Suelten sus gallos, señores!, el Dorado, enfurecido, no cayó suavemente en la raya, sino que pareció huir de las manos de Dionisio Pinzón y fue a darse fuerte encontronazo con el Giro, que lo paró en seco con un brinco de medio vuelo, metiéndole las patas por delante. Luego lo trabó del pico. Lo zarandeó; para después, tras unas cuantas fintas y aletazo , trepársele encima, destrozándole la cabeza a picotazos mientras le hundia el puñal de su espolón en la pechuga. El Dorado quedó patas arriba, lanzando navajazos, pero ya en los últimos estertores (pp. 43-44).

            Frases breves que dan un dinamismo al relato inusual en esa prosa sosegada que caracteriza a El llano en llamas y Pedro Páramo. No sabemos si el maestro de Jalisco, al concebir y poner el relato en el papel, pensaba en la posterior versión para un guión cinematográfico o no. Eso se lo llevó a la tumba. Sin embargo, sí que observamos ese mayor dinamismo de la acción y una condensación en las frases realmente impactante, pero sin renunciar a su estilo plástico y funcional que también caracterizó a la fotografía del autor. Y es que Rulfo es autor de imágenes; de esas imágenes que captaron las versiones cinematográficas sólo de forma superficial. Y como retratista, también supo plasmar en los diálogos de El gallo de oro el habla coloquial jalisceña, con sus variantes y registras, y así reproducir el México real con mayor plasticidad. Al fin y al cabo, a pesar de sus ambientes etéreos y oníricos, a Rulfo también le interesó siempre dibujar el mundo real de su país.




(Fotograma de la película El gallo de oro de Roberto Gavaldón)

            El gallo de oro es una película que sobrepasa la dimensión folletinesca del cine mexicano de los años sesenta. Rulfo podría haber terminado mostrando la ruina de la familia cuando el primer gallo dorado muere. Sin embargo, desde ese momento se inicia la historia más interesante y, a su vez, más sombría. La relación entre La Caponera y Dionisio está siempre marcada por el azar; por la casualidad del juego. En el fondo, el mensaje de Rulfo está adscrito al tema mítico de la literatura: la veleidad de la fortuna. No es que Rulfo pretenda filosofar, como hacen clásicos como Juan de Mena, sino describir que el mundo está sujeto a los cambios inesperados. El México profundo tampoco se libra de esta veleidad: la suerte cambia en todo momento, sobre todo para los “pobres circunstanciales”. Entra dentro de un sistema de pensamiento plenamente contemporáneo.
            Concluyendo, no han sido las narraciones de Rulfo muy bien tratadas al convertirse en cinematografía. Comprendemos la dificultad de transformar Pedro Páramo, pero en el caso de El gallo de oro no se acaba de comprender la falta de habilidad en su traslación a la imagen cuando es una narración pensada para reproducir en el cine o la televisión. Sin duda, Rulfo es un autor complejo pero tampoco los adaptadores han tenido la diligencia y la habilidad necesarias para ofrecer una historia que atrape al espectador o, al menos, aun siendo lenguajes diferentes, que reúna el espíritu rulfiano. Sin embargo, y afortunadamente, esa pequeña novela, esa narración tan pensada para la pantalla, ha quedado como una obra literaria de pleno derecho y con una personalidad propia y de envergadura en la obra rulfiana. El cine no ha hecho justicia con esta narración, pero ese argumento novelado ha quedado en la historia literaria de Rulfo como su segunda novela: La cordillera que nunca vio la luz.
           


ANEXO


Ficha técnica de El Gallo de Oro

Producción (1964): CLASA Films Mundiales y Manuel Barbachano Ponce
Dirección: Roberto Gavaldón
Argumento: Juan Rulfo
Guión: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón
Fotografía (colores): Gabriel Figueroa
Música: Chucho Zarzosa
Edición: Gloria Schoemann
Intérpretes: Ignacio López Tarso, Lucha Villa, Narciso Busquets, Carlos Jordán, Agustín Isunza, Enrique Lucero
Duración: 1h. 45 min.





[1] Juan Rulfo: El gallo de oro. Madrid, Alianza – Era, 1982, p. 9.
[2] Citado por Reina Roffé: Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Madrid, Espasa, 2003, p. 188.
[3] Alberto Vital: El arriero en el Danubio. Universidad Nacional Autónoma de México, 1994.
[4] Juan Rulfo: El gallo de oro y otros textos para el cine. México, Era, 1980.
[5] La primera edición se publica en México, Era, 1980. Un año más tarde se editó en Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, y al año siguiente en Madrid, en la edición que manejamos en este artículo.
[6] Para ver concomitancias entre La cordillera y El gallo de oro, ver Lecturas rulfianas de Milagros Ezquerro, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2006.
[7] Víctor Jiménez – Alberto Vital y Jorge Cepeda: Tríptico para Juan Rulfo. México, RM, 2007.

jueves, 7 de junio de 2012

Rescatando novelas de hace diez años: El Obispo de Cuando de César Gavela


FRÍO DEL BIERZO Y CALOR MEDITERRÁNEO

José Vicente Peiró

César Gavela: El obispo de Cuando. Del Taller de Mario Muchnik, 2002.


            César Gavela es uno de los autores que se han consolidado en el panorama de la literatura en Valencia durante los últimos años. A diferencia de otros escritores, su trabajo en los medios de comunicación le permite ser relativamente conocido, aunque su obra, por esos extraños motivos de la desigual y arbitraria distribución editorial, no haya llegado al gran público lector como merece. Por contra, sus tres novelas editadas gozan del aval concedido por la consecución de los importantes premios “Ciudad de Irún” (1996), “José María de Pereda” (1998) y “Torrente Ballester” (2001), y de las buenas críticas que han recibido.
Existe un César Gavela cuyo pensamiento conecta con la “gente”: el periodista que analiza las palpitaciones del día ­-retomando el término azoriniano-. Él nunca se ha dejado arrastrar por la vanidad de su condición intelectual, por lo que ofrece opiniones periodísticas amenas que lo convierten en un escritor escuchado y leído. Así, junto a ese Gavela popular, “conocido”, que deleita al lector y al oyente, existe otro Gavela: el literato exquisito y de palabra elegante. Sus novelas atrapan al lector hasta hacerlo transitar por el mundo del pasado español reciente sin advertirlo. Sin embargo, uno no existiría sin el otro, porque en ambos se une el buen gusto por el trabajo con la herramienta de la palabra. Sus posibilidades como narrador son infinitas porque sabe contar historias con naturalidad, como si de cualquiera de nuestros abuelos del pueblo se tratara.
            Nacido en la berciana Ponferrada en 1953, pero residente en Valencia desde 1976, su obra narrativa publicada se inició con el libro de cuentos Pobres del Sil, editado en 1989, en la colección “Breviarios de la Calle del Pez”. Se trata de un conjunto de ocho cuentos de pequeñas historias, entre lo mágico y real, donde lo importante son los personajes, sus inquietudes y los aspectos extraordinarios que suceden en sus vidas. En 1992, su original e inédito Tierra de Bandar fue finalista del Premio Nacional de Novela “Azorín”. Después de un libro miscelánea sobre el escritor leonés Ramón Carnicer (1993), uno de los padres del llamado “Grupo Leonés” en los años cuarenta con cuya última generación de Julio Llamazares y Aurelio Loureiro se emparenta César Gavela, apareció su novela corta La raya seca (1996); un excelente relato sobre el mundo fronterizo del borroso oriente de Galicia en la época de los maquis, con diversos espacios entre los que destacan las sinuosas carreteras del norte de Portugal, el puente que divide la frontera entre los dos países ibéricos, hoteles de Salamanca o el despacho del dictador Salazar. La raya seca, nombre con el que se conoce la frontera de León y Galicia con Portugal, obtuvo el Premio “Ciudad de Irún” en 1995. Su siguiente trabajo, El puente de hierro (premio de novela corta “José María de Pereda” en 1998), se localiza también en el mundo del brumoso Bierzo y la época del maquis. En esa zona aislada aparecen personajes ensamblados por el espacio agónico donde viven, que constituyen un universo: el del ser humano con sus virtudes y defectos.
En septiembre de 2002 ha publicado de nuevo la novela que fue el decimotercero Premio de Narrativa “Torrente Ballester”, titulada El obispo de Cuando. La novela nos presenta la historia de Jesús Tierra, cómodamente instalado en su escritorio del palacio episcopal de Las Palmas, a partir de su nombramiento como obispo de la extraña localidad de Cuando, situada en el noroeste español, casi en el límite con Portugal. Allí el autor se encuentra con extraños personajes, a los que busca e incluso idealiza, no sin que el lector adquiera conciencia de que el protagonista, y casi siempre narrador, es tan extraño como los que observa el obispo. Su itinerario desde la ciudad canaria, su paso por Vigo, su llegada casi clandestina a Cuando, su estancia en la fantasmal localidad, sus viajes a Lisboa y a Roma y finalmente su destitución en el cargo, son, en realidad, el viaje orfeico a los infiernos de un ser que en todo momento se nos ofrece como un testigo evanescente del destino de varios seres con los que se cruza y trata de hallar su identidad. En este sentido, esta búsqueda de personajes nos remite a aquel archivero, don José, que protagonizaba la novela de José Saramago, Todos los nombres, aunque el fin del obispo de Gavela y del personaje del autor de Azinhaga sean completamente dispares. De hecho, el estilo de Gavela cuando muestra a Jesús Tierra persiguiendo la identidad y el itinerario de personajes de difusa corporeidad y oscuros pasado y presente, como Antonio Seabra, Marta Mindelo, Almada o Almeida, y Amalia Gondomar / Rosa Letrado, nos recuerda al del maestro portugués. Conocemos la devoción del autor por la literatura portuguesa, como se demuestra en la cita de Miguel Torga con que se abre la novela, y que explicita perfectamente su sentido, pero nunca en sus trabajos había llegado a mostrar tantas influencias de Saramago, Torga y Cardoso Pires. Y de hecho, el viaje a Lisboa en busca de María Mindelo es un homenaje a la capital portuguesa y a la cultura lusa, hecho que se permite reivindicar Gavela con la referencia a Fernando Pessoa y a Bernardo de Campos (¿el Bernardo Soares – Pessoa?), y con alguna referencia directa al “olvido” y escasa atención que España presta a su país vecino, que se traduce en la incomunicación entre ambas naciones.
De nuevo nos enfrentamos en la novela al universo gaveliano del noroeste de la Península Ibérica. A pesar de la apariencia de localismo que puede prejuiciarse en sus trabajos, por estar ubicados en el mundo provinciano de la frontera hispano-portuguesa, hay una realidad universal que transita sobre el espíritu de sus personajes y lugares. En la presentación de El puente de hierro en Valencia, Juan Manuel Bonet afirmó que era una novela universal justificando sus palabras con esa ingeniosa frase del escritor portugués Miguel Torga, comúnmente aplicada a las obras del grupo leonés: “lo universal es lo local sin muros”. El Bierzo y sus regiones colindantes son el escenario de las obras de Gavela, pero los argumentos bien podrían localizarse en la Alboraya valenciana o el Torreperogil jienense de los cincuenta, porque sólo se modificaría el escenario y aspectos pictóricos  y regionalistas como el clima o el tipo de vivienda. En realidad, los párrafos de Gavela no suelen ubicarse en espacios concretos, sino en fronteras donde lo humano oculta el paisaje. En El obispo de Cuando el autor va más allá: el espacio es etéreo, no es real o tangible, y si buscamos su referente nos aparecerá la ciudad de Astorga y su pasado romano, pero también los pueblos bercianos. Y se debe a que ha enfrentado el espacio referencial al mítico, y ha resuelto con habilidad la disputa entre localizaciones reales y metafísicas. De hecho, el comienzo de la novela remite, a pesar de situarse en Las Palmas, a los primeros párrafos de Pedro Páramo de Juan Rulfo, cuando Jesús Tierra, a la espera del regalo de la vida, entrevé la memoria de su padre, de la misma manera que en la novela mexicana, el protagonista entra en Comala para encontrarse con su ascendiente. De hecho, Cuando es otro escenario mítico semejante a Comala, a la Santa María de Onetti, al Macondo de García Márquez, al Manorá de Roa Bastos y a la Región de Benet. En suma: al Yoknapatawpha faulkneriano. Pero lo mítico remite a un espacio presente metafísico, a la vez que literario: el de lo etéreo, de lo aparentemente fantasmagórico, porque, en realidad, no sabemos hasta el desenlace de la narración si Cuando sólo existe en la mente del personaje; si es un lugar real o simplemente mítico. De ahí que la novela exija la participación del lector para poder explicar las diferentes actitudes extrañas, e incluso “extravagantes” (el hecho de que cada vecino de Cuando actúe como confesor de otro escribiendo su vida). Este espacio mítico, aunque tenga su referente real en la Maragatería, se mezcla con los reales, -Las Palmas, Vigo, Lisboa, Roma y Florencia-, sin que descubramos diferencias entre ambos, al menos hasta los últimos párrafos. Pero sí que existen dos planos: el de la búsqueda de personajes desconocidos en el mundo real, y el del encuentro con ellos en el espacio de Cuando o, simplemente, en el desenlace. En realidad, la novela es un descenso a los infiernos, en todos los sentidos, a la búsqueda de las identidades de los seres que han marcado la taciturna vida del protagonista Jesús Tierra.
            El tesón y la riqueza de los personajes que se percibía ya en Pobres del Sil, que alcanzó su mayor expresión en El puente de hierro, se mantiene en esta novela, aunque son más “extraños” los de este trabajo, cuando no difuminados. El autor prosigue con su espontaneidad en la creación de caracteres y reivindica el simbolismo de sus nombres. Además, sorprende, de nuevo, la habilidad para dibujar las tramas entre ellos. Sin embargo, frente a los personajes redondos, ricos en experiencias tristes y alegres, de sus narraciones anteriores, los de El obispo de Cuando, aun sin perder estos caracteres, se rodean de la aureola fantástica, hasta el punto de que sorprende que algunos hayan muerto cuando Jesús Tierra encuentra su morada o su paradero. Se debe, sin duda, al talante misterioso de su argumento, frente a la sucesión de vicisitudes reales de las anteriores creaciones del autor.
En relación con el estilo, Gavela retoma el barroquismo que caracterizó a Pobres del Sil y a La raya seca, que abandonó por el lirismo rico en matices y preocupado por la exactitud de la palabra de El puente de hierro. Aun existiendo ese lirismo, la palabra está sujeta al difuminado de los ambientes, por lo que predominan los párrafos monologados, dado además que el narrador es el propio protagonista, salvo cuando se escinde su personalidad o aparece el diálogo, o, simplemente, alguno de los personajes que gravitan a su alrededor toma la palabra. Pero vuelve a destacar la pluralidad de situaciones resueltas en escenas que son pequeños cuentos que se unen en un argumento extenso, en esta novela unificado por el hilo de la narración de Jesús Tierra. Y de nuevo, Gavela incide en mostrarnos un mundo de perdedores y la idea expuesta en toda su producción de que las quimeras del hombre acaban conduciéndole a su frustración porque son sueños imposibles. El obispo busca la eternidad de lo cotidiano, diaria, para encontrarla finalmente. Pero su anhelo se materializa en un universo metafísico, porque sus ambiciones en el mundo real siempre se habían frustrado, en la mayor parte de ocasiones por la muerte, o, en algunas, como la que motiva su destitución como obispo, por la ambiciones desmedidas y envidias de los hombres.
Gavela, pues, nos ha obsequiado con su novela más metafísica, menos “real”. Pero nos vuelve a hacer gala de su cuidado estilo con un argumento que no pierde interés. Es, sin duda, un poeta de la novela, un arquitecto del contar. El obispo de Cuando mereció el Premio Torrente Ballester, y bien merece que no olvidemos, desde Valencia, que existe un excelente narrador, cuyas obras merecen la atención de la crítica, además de una distribución editorial ecuánime para que puedan llegar a un amplio número de lectores. El obispo de Cuando, por su calidad, su carácter sugerente y su estilo, obliga a César Gavela a superarse notablemente en su próximo trabajo.

Relato de Miguel Ángel Vara sobre Manolo Preciado.


EL REENCUENTRO

No era la mejor época para saborear ese paisaje, pero a Manolo le encantaba mirar la playa vacía y el mar revuelto. Lo había visto muchos días y paseado con su perro por una estampa similar sólo unos kilómetros más al norte, cuando vivía en Port Saplaya. El recuerdo era muy próximo, pero echó cálculos mentales y hacía ya catorce años de todo aquello. Valencia le encantaba y no pudo evitar suspirar internamente por lo que pudo haber sido y no fue. El Levante era su espina clavada, ahí se había sentido como en casa una vez le había tocado salir de la suya en Santander, pero no pudo ni estar un año. Fue una salida para mejor porque después, su carrera había ido a más y el club granota a menos. Pero daba igual, para Manolo Preciado hablar del Levante era hablar de uno de los años más felices de su vida y eso que luego había cosechado éxitos en el Sporting, el Deportivo o el Atlético de Madrid, con el que ganó su único título, una Copa del Rey que daba lustre a su palmarés. Pero el Levante era el Levante.

El ahora técnico del Racing de Santander, donde había vuelto por tercera vez, se encontraba aquel 10 de diciembre en el cómodo reservado del Balneario de las Arenas viendo chispear y recordando sus mejores momentos junto a los Sandro, Rivera, Reggi, Jofre, Tito o Aganzo en aquella temporada en la que la vida le devolvió parte de la alegría que le había arrancado cuando se dio cuenta de que estaba nervioso. Lo estaba desde que el jueves había recibido una llamada inesperada. La joven se identificó como la nieta de Pedro Villarroel y le explicó que su abuelo quería pasar a verlo, hablar con él el sábado aprovechando su visita a Valencia para disputar el partido de Liga del domingo.
Al principio le costó creerse la situación, después se extrañó tanto que se quedó sin saber qué decir, justo él que siempre tenía respuesta para todo y que destacaba por sus rápidas reacciones y su ingenio. Le vino justo asentir y balbucear tres respuestas afirmativas y señalar las 10:30 como la hora señalada para la cita. Después de desayunar con el equipo, el técnico tenía un buen rato hasta la sesión de vídeo para atender a su ex presidente. Por una vez se saltaría el paseo con los jugadores programado a las 12 y así dilataría más el encuentro. Eso siempre y cuando fuera por los cauces que él esperaba, aunque no sabía bien qué esperar de aquella cita. Por si acaso, había avisado a su segundo para que, a las 11:50 entrase en la habitación y le recordase que tenían paseo con el grupo. Si el encuentro no era lo esperado, Manolo tenía coartada para ponerle fin. Si era positivo, no iría a estirar las piernas y seguiría con la reunión, esa reunión que había ocupado su mente mucho más que el partido que esa noche tenía que jugar en Mestalla contra el Valencia de Oltra.
“Oltra”, dijo en voz baja mientras se le escapaba una sonrisa. El bueno de José Luis había corrido la misma suerte que él en su etapa azulgrana. ¿Habría ido también Pedro a hablar con José Luis? ¿Para qué diablos querría verle? Era la pregunta que más se había hecho en las últimas 48 horas. Era la pregunta que podía resolver muchas otras cuestiones que se había hecho en los últimos catorce años y que sólo podía resolver ese anciano que ahora venía a visitarle.

-“Señor Preciado, preguntan por usted”, le dijo desde la puerta uno de los empleados del hotel.
-“Que pasen, que pasen”, dijo apresurado mientras se incorporaba del cómodo sillón en el que llevaba diez minutos pensando en qué iba a pasar. Desde ya iba a empezar a resolver sus dudas. No podía evitar los nervios.

Vio aparecer por la puerta la figura del que había sido su presidente, bueno su máximo accionista porque no ostentaba ese cargo, aunque todo el mundo sabía que ejercía de presidente plenipotenciario y, si no, ya se encargaba él de recordárselo de palabra o de hecho.
Pedro estaba mayor, pero tenía buen aspecto aunque le costaba andar con el paso firme de antaño. Por eso entró acompañado por una joven, debía ser su nieta porque tenía sus rasgos. Sí, era la joven de la llamada telefónica y así se identificó. Hablaba rápido, casi de manera atropellada. En unos segundos liquidó la presentación formal, recordó que habían hablado por móvil y se despidió.
-“Bueno yayo, estoy fuera, avísame para lo que sea”, le dijo a Pedro Villarroel mientras este asentía gestualmente.
-“Encantado de conocerle Manolo. También estaré fuera para usted si necesitara algo”, dijo divertida con una bonita sonrisa que desapareció mientras cerraba la puerta del reservado.

Su salida aceleró la situación porque, de repente, ahí estaban catorce años más tarde, cara a cara, Pedro Villarroel y Manolo Preciado, los artífices del ascenso a Primera División del Levante en 2004. Luego habían llegado tres ascensos más, pero ninguno como aquel, el deseado, el que vio la luz 41 años después del anterior. Fue el de Jerez, el que nunca olvidaría nadie, ni los que estuvieron en Chapín, ni los que lo disfrutaron en Valencia. El de la fiesta interminable, el del penalti de Rivera, el del golazo de Reggi a Unanua, el de las lágrimas desatadas, el de la fiesta en el Byron, el que recompensaba a varias generaciones de levantinistas que vivían hasta entonces sin saber qué era un ascenso. Fue, sin duda, el día más feliz de los 109 años de historia de la entidad, una entidad poco acostumbrada a los días felices.

-“¿Qué tal Pedro”, rompió el hielo Manolo mientras le mostraba el sillón para que Pedro se sentara delante suyo.
-“Bien, bueno, ya lo ves, hecho un abuelo, con todas las cosas propias de la edad, pero funcionando”, contestó con una medio sonrisa Villarroel.
Esa mueca de complicidad hizo que Manolo se relajase un poco. Lo tradujo como un síntoma de que su ex presidente venía en son de paz. Lo cierto es que no había motivo para cualquier otra cosa, pero nunca se sabía cuando se trataba de Villaroel.
Manolo le preguntó si quería tomar algo, aunque con la botella de agua que había en la mesita auxiliar se apañaron.

-“No, gracias, he desayunado hace poco, me pondré un vaso de agua”, dijo Villarroel mientras Preciado ya le estaba llenando el vaso.
-“Manolo, vengo a pedirte perdón”, le dijo de sopetón.
-“Perdón, ¿por qué?”, peguntó Manolo, que para nada se esperaba eso y menos a las primeras de cambio. Estaba hasta un poco avergonzado, no porque no mereciera esa petición de perdón sino porque que le llegara ahora y de esa persona casi le hacía sonrojar.

-“Debería habértelo pedido hace muchos años, de hecho lo que debería es haberte renovado en 2004, que siguieras en el Levante después de conseguir el ascenso”, prosiguió.
-“Bueno, no te preocupes, aquello pasó hace ya mucho”, intentó suavizar Preciado aunque Villarroel no lo necesitaba.
-“Ya, pero fue un error histórico del que no me di cuenta hasta muchos años más tarde. Uno de mis múltiples errores, pero posiblemente el más grave. Y lo fue porque muchísima gente me dijo que no lo hiciera y, cuánto más me lo decían, más me reafirmaba en mi decisión de tirarte. Lo siento Manolo, pero yo era así y creo que, aunque te lleguen tan tarde, mereces mis disculpas. Las mereces tú y las merece el Levante”. El ex mandatario descansó y sorbió agua.

-“De acuerdo Pedro, las acepto, aunque insisto en que no eran necesarias. De aquello ya nadie se acuerda…”.
-“Me acuerdo yo”, le interrumpió Villarroel. “No sabes cuántas veces he pensado en aquello, en qué habría sido del Levante contigo ahí, en la cantidad de dinero que gasté buscando a otro como tú, jugadores como los que tú me decías… fue el principio del fin porque pocos años después… ya sabes, el descenso, las deudas, la Ley Concursal…”.
-“¿Y por qué lo hiciste Pedro? ¿Por qué no quisiste que siguiera? Si yo estaba encantado, te costaba menos que cualquier otro entrenador…”.
-“No fue un problema de dinero, eso lo sabes. Celos, Manolo, fueron los celos, así de simple. Aquel ascenso era mío y nadie me lo reconocía. Todo era Preciado por aquí, Preciado por allá y yo qué. Había construido esa plantilla, te había firmado a ti, me había gastado muchísimo dinero en el Levante durante veinte años, había estado ahí en los peores momentos de Segunda B y nadie me reconocía nada. No lo soportaba y lo pagaste tú”.

-“Pero sabes que yo siempre hablaba de ti cuando había que repartir flores, porque era lo justo, lo creía y la gente lo sabía…”.
-“¡Qué van a saber! ¿No viste que me pitaron cuando salí a hablar al balcón del Ayuntamiento? ¡A mí, que lo había puesto todo para que estuvieran allí! Me pitaron Manolo, la gente no me quería y sólo cantaban “Preciado quédate”. Fue tu sentencia porque, cuanto más lo decían más claro tenía yo que te ibas. Lo siento, era irracional y pagaste tú los platos rotos”.
-“¿Querías demostrar que tú eras la piedra angular del éxito y que daba igual el entrenador que estuviera porque tú eras la solución?”, preguntó Preciado sabedor de lo afirmativo de la respuesta.
-“Más o menos”, dijo más calmado Villarroel, “por eso he venido a pedirte perdón, como me gustaría pedírselo a Mané, pero como ya no entrena no he podido ir a verlo…”, volvió a medio sonreír Pedro.

“Bueno, tampoco fue para tanto, de hecho volvisteis a ascender dos años después, sin mí, no creo que yo fuera tan importante…”, intentó desdramatizar Preciado.
-“¿Sabes lo que me costó ese segundo ascenso? Pues el doble que el primero, mantuvimos la plantilla de Primera y gastamos en primas… una barbaridad Manolo, después seguí gastando, una locura Manolo y llegó la crisis económica y aquel desfase en el presupuesto se convirtió en un agujero brutal y nadie nos ayudó Manolo, ni las instituciones, ni los empresarios, ni la prensa…”.
-“Siempre igual Pedro, ¿no te das cuenta? ¿Crees que todo el mundo estaba en contra tuya? ¿Qué todos eran antilevantinistas? No era así Pedro, tú fuiste alejando a todos, no querías a nadie a tu lado que te pudiera hacer sombra, mira lo que hiciste con Antonio Blasco”, replicó ya serio Preciado.

Pedro guardó silencio unos segundos y asintió. “Tienes razón, al menos en lo de Antonio, él también pagó mi frustración, pero era injusto que, después de tantos años estando yo ahí dando la cara él pasase a la historia como el presidente del ascenso…”.
-“¿Pero no te das cuenta de que eso era bueno? Si Blasco era el presidente del ascenso y yo el entrenador del ascenso era porque tú nos habías puesto. Era mérito tuyo traernos o colocarnos en el sitio adecuado. Nunca supiste delegar, ni siquiera valorar tus propios méritos”.
-“Es cierto, yo os traje, por eso quería que la gente me lo reconociera y no era así. Me odiaban Manolo…”.
-“No hombre no, podías no caerles bien, pero odiarte no. Piensa que tampoco tú les diste nada para que te quisieran más” –Manolo pensó aquí que quizás estaba siendo demasiado duro con alguien que había ido a pedirle perdón, pero siguió- “Te pidieron que yo siguiera, también lo hizo toda la plantilla y tú hiciste todo lo contrario, es difícil que la gente te apreciara, ¿no crees?”.
-“Así es, pero yo siempre pensé en ellos Manolo, les traje a Mijatovic, a Amato, a Luyindula, a Savio...”.
-“Pero eso no es lo que querían Pedro, ¿aún no te has dado cuenta? La gente del Levante se identificaba con Descarga, con Diego Camacho, con Alexis...cuando yo llegué aún me hablaban de Paco Salillas, de Kaiku, no te diste cuenta de que tu afición es humilde y trabajadora y se ve reflejada en jugadores humildes y trabajadores, si luego crecen y se convierten aquí en buenos futbolistas como Rivera mejor, pero eso de traer a Dehu, Riganò, Cirillo, Arveladze, Mjallby…”.
-“Ya, ya, es cierto Manolo, pero también me di cuenta tarde, muy tarde… y encima el dinero que me costaron, me tomaron el pelo Manolo, no sabes cuánta gente se hizo millonaria a costa mía”.
-“Me lo imagino. Cuando me enteraba de lo que cobraban esos futbolistas alucinaba, ahí empecé a explicarme la enorme deuda que dejaste. ¿No te diste cuenta Pedro? Estuviste a punto de hacer desaparecer el club”.
-“Lo sé y no sabes lo que sufrí cuando fui consciente de la situación. Pero gastas y gastas y piensas que gastando más ganarás y todo se arreglará porque llegarán ingresos… pero nunca vinieron, no nos recalificaron el estadio, no había comprador. Yo me fui, pero sé que dejé una herencia complicada”.
-“¿Complicada? Pedro, casi matas al Levante. ¿Qué te fuiste? Pedro, estás siendo sincero, tú nunca te fuiste hasta que el enfermo era terminal y si tú seguías con las acciones iba a morir seguro”.
-“¿Quién te contó eso?”.
-“¡Todo el mundo lo decía! Estuve en Valencia en la fiesta del Centenario del Levante y todos coincidían en la misma explicación. Administradores, empleados, consejeros… todo el mundo lo decía y además lo seguí por la prensa, siempre he estado pendiente de lo que pasaba aquí, ¡joder Pedro, ésta era mi casa!”.
-“A mí no me invitaron a la fiesta del Centenario… tampoco iba a ir, pero ves como me odiaban”.
-“¿Invitarte? Pero si casi no llegan a los cien años por el desastre que dejaste, ¿para qué te iban a invitar?”.
-“¿Sabes que yo soñaba con ser el presidente del Centenario y tener entonces al equipo jugando competición europea?”.
-“Lo sé, lo dijiste alguna vez”.
-“Todo cuadraba Manolo, cuadraba cuando tú lograste el ascenso. El año siguiente debía ser el de la consolidación, ir creciendo año a año y entrar en la UEFA en 2008, ése era mi plan, pero vino el inútil de Schuster…”.
-“Vino no Pedro, lo trajiste tú. Además, no creo que fuera tan inútil, luego entrenó al Real Madrid, ganó la liga, jugó la UEFA con el Getafe… sabes Pedro, ése fue tu gran problemas, querías saber más de entrenador que cualquier entrenador, más de secretario técnico que cualquier secretario técnico… y de le que debías saber era de presidente que es lo que eras. Deberías haberte fijado en los mejores presidentes y aprender, era simple, se trataba de administrar los pocos recursos que había, no malgastar un euro, contratar  buenos profesionales y delegar en ellos”.
-“Es posible Manolo, es posible que ése fuera mi pecado…”.
-“Lo que no puede ser Pedro es que no te pareciera bien ningún entrenador y luego triunfaran la mayoría, no hablo de mí, hablo de Juande Ramos, de Mané, de Abel Resino, de Oltra…”.
-“He tenido de todo, a algunos de ésos les tuve que comprar yo los partidos para que ganaran…”.
-“Lo ves Pedro, ése es tu problema, que te creías el centro de todo, capaz de comprar partidos. Si podías hacer eso ¿cómo es posible que descendierais dos veces de Primera? Haber comprado más partidos, ¿no? Lo que ocurría es que los listillos que te rodeaban, aduladores y pelotas Pedro, te mentían, te decían que compraban tal o cual partido y a saber adónde iba a parar ese dinero. Me contaron que eso mismo pasó con el filial, ¿no?”.
-“Algo sucedió sí, nos jugábamos el ascenso con el Vecindario, lo dejé en manos de ciertas personas, me aseguraron que estaba todo controlado y…”.
-“Y qué Pedro, no subisteis, te mintieron, como tantas otras veces. El fútbol no funciona así y los que te rodeaban y se aprovechaban de ti sólo te hacían creer que tú eras capaz de arreglarlo todo, de controlarlo, de comprar y vender, que todos los demás éramos prescindibles y sabes para qué, pues para cambiar continuamente de jugadores y entrenadores porque así a ellos siempre les quedaba dinero por el camino, ¿no te diste cuenta?”.
-“No era exactamente así…”.
-“¿No? Pero si cedíais jugadores pagándoles casi toda la ficha que eran mucho mejores que los que os traíais… estabais para descender y teníais cedido pagándole a Diego Camacho, a Carmelo, a Juanra, a Nagore, a Juanma…no recuerdo a todos, pero yo estaba en Gijón y me tiraba de los pelos, no me lo explicaba, bueno sí me lo explicaba, era porque esa gentuza se aprovechaba de ti y del Levante para enriquecerse”.

Pedro guardó silencio, sabía que todo aquello era cierto, muchos se lo habían dicho hacía años, pero no quiso escucharlos.
Tocaron a la puerta, era el segundo entrenador del Racing:
-“Buenos días, perdonen, míster, tenemos el paseo en diez minutos”, le dijo a Preciado tal y como habían acordado.
-“Hoy no saldré Rafa. Llévate tú a los chicos y que no se te pierda ninguno”, le dijo Manolo con su habitual buen humor.
-“Ok míster, nos vemos luego, a la una tenemos sesión de vídeo”. Y cerró la puerta dando paso a la segunda parte de la conversación.

Pedro estuvo a punto de rendirse y aprovechar para marcharse. “Si tienes que atender al equipo lo entiendo, me voy ya Manolo, no quiero distraerte que ya lo he hecho bastante”, le dijo.
-“No, que va, si muchas veces no salgo de paseo con el equipo”, mintió Preciado para seguir con aquella charla.

El ambiente se había relajado un poco, varias preguntas intrascendentes sobre algunos futbolistas del Racing que le gustaban a Pedro y el habitual deseo granota: “Esta noche tienes que ganarle a los chotos”. “Ojalá Pedro, pero andan bien eh y eso que tienen a Oltra de entrenador, otro que no te valía…”.
-“No es que no valiera, creo que le di el primer equipo demasiado pronto… lo tiré y logramos el ascenso, no fue tan mala decisión”.
-“Sí, lo tiraste y lograsteis el ascenso con Mané… y también lo tiraste. No te valía ninguno Pedro, no aprendías”.
-“La gente no quería a Mané…”.
-“A mí sí y me tiraste igual…”.
-“Es cierto”, sonrieron los dos. “Sabes Manolo, también quiero pedirte perdón por otra cosa”.
-“Dime”.
-“Cuando falleció tu hijo no fui al entierro…”.
-“Por favor Pedro, no te preocupes por eso, de verdad…”, le interrumpió Preciado.
-“Sí, sí me preocupo. Quería ir, pero después de lo que te había hecho, no renovándote… no sé, no me vi con moral para ir, pero lloré por ti Manolo, tuvo que ser durísimo”.
-“Sí, lo fue, pero hay que levantar cabeza. Sabes, vino todo el mundo del Levante, fue increíble, yo no era consciente de nada, pero luego me di cuenta de que todos habían estado allí. Jugadores que interrumpieron sus vacaciones, amigos que vinieron desde Valencia, empleados del club, consejeros… nunca lo olvidaré”.
-“Y yo no estuve”.
-“Bueno, pero estás aquí ahora, es lo que cuenta Pedro. Todos nos equivocamos y el problema es no darse cuenta antes o después para no repetir el error o, al menos, disculparse. Y tú has venido a eso y a mí me vale Pedro”.
-“También quise llamarte cuando ganaste la Copa”, cambió de tercio Villarroel para sacudirse de encima todo para lo que se había acercado al hotel de Las Arenas aquella mañana lluviosa de diciembre.
-“Ahí no sé si te lo habría cogido porque me llamó media España”, bromeó Preciado para cambiar el tono triste del anterior diálogo. –“Fue una locura, no veas como es el Atlético, la gente que moviliza, el sentimiento que tienen”.
-“Tu único título, ¿no? Es una pena que en el fútbol sólo gane un equipo o dos al año. Es injusto repasar trayectorias y que tan pocos entrenadores tengan títulos, pero es que o vas a un grande o no ganas nada”.
-“Sí, sólo he ganado esa Copa del Rey con el Atlético de Madrid, pero para mí, el ascenso con el Levante, el del Spoting, mantenerlo en Primera o jugar la UEFA con el Deportivo equivalen igualmente a un título. Además Pedro, te digo una cosa, después de tantos años el palmarés, el dinero… me dan igual. Me quedo con los amigos que he hecho en la vida, con todo lo que me ha dado el fútbol, con haber convivido junto al Brujo Quini, con el cariño de todas las aficiones que he tenido… hay entrenador con muchos títulos a los que sus seguidores, los que han trabajado con ellos, sus propios ex jugadores no quieren ni ver y yo no me cambio por ellos”.
-“Cuando dejé la presidencia del Levante me di cuenta de quiénes eran mis amigos de verdad Manolo. ¿Sabes cuándo lo noté? En Navidad. Antes llegaba el día 24 o el 31 y recibía cientos de sms de entrenadores, jugadores, representantes… y luego, nada de nada. Tienes razón, al final lo importante es lo importante, mi mujer, mis hijas, los nietos…”.
-“No te puedes quejar, tienes una nieta preciosa y encima se le ve encantada contigo”.
-“Es un cielo y sabes qué es lo mejor. Que no le gusta el fútbol y no me pregunta por el Levante, por lo que pasó, por lo que dice la gente… es otra vida, la que me perdí en los 25 años que le dediqué al Levante para nada”.
-“Para nada tampoco Pedro, tú lo disfrutaste, te gustaba ejercer, viajar, fichar... tuviste un privilegio que muy pocos tienen en su vida, el de formar parte de tu pasión, controlarla, intervenir…y equivocarte, pero equivocarse es parte del juego, de la vida. Se trata de levantarse, volver a intentarlo, volver a equivocarse, pero equivocarse mejor”.
-“Yo no fui capaz de rectificar, de hacer las cosas mejor”.
-“Sí, pero aquí sólo fracasa el que no lo intenta y tú lo intentaste, te dejaste dinero, años de vida, salud… y las cosas no fueron bien, pero peor hubiera sido que tú no hubieras estado ahí. Quizás el Levante nunca habría llegado a Primera sin ti”.
-“Es posible, siempre lo pensé pero nunca lo dije en público, con la fama de soberbio que yo tenía sólo me hubiera faltado decir eso…”.
-“Sabes Pedro, cuando vine a los actos del Centenario mucha gente me habló de ti, de que debías estar ahí porque eras para bien y para mal parte de la historia, que habías sido protagonista casi de un cuarto de los años de vida del Levante. Muchos intervinieron, unos pocos teníamos el cariño de la gente, pero protagonistas reales para bien o para mal durante tanto tiempo… tú y pocos más”.
-“¿Qué tal fue la fiesta del Centenario? Vi algo por la tele y lo poco que leí en prensa, pero en el estadio tuvo que ser otra cosa, ¿no?”.
-“Fue preciosa Pedro, fue la noche del pueblo porque el Levante fue, es y será el equipo del pueblo. La gente más que aplaudir, lloraba, eso me llegó, yo también lloré de ver a tanta gente con lágrimas en la grada. Cuando salieron los jugadores del ascenso, de nuestro ascenso, creía que el estadio se caía Pedro, no fue una ovación fue una entrega absoluta, una rendición de todas aquellas almas que seguían agradeciéndonos aquello cuando los agradecidos éramos nosotros. Lloraban Pedro, nos miraban y lloraban. Nunca viví algo así, miraba a mi lado y también lloraba Tito y Sérvulo y Félix y Jesule y Descarga y el cabezón Aganzo y Limones… hasta Jofre”.
-“Bonito Manolo, bonito y merecido”.
-“De todo aquello algo también te tocaba a ti”.
-“Quizás, pero tuve mi justo castigo Manolo, yo rompí ese equipo, esa comunión de jugadores y afición contigo y lo pagué con la soledad y el desdén de toda esa gente”.
-“Bueno, no le des más vueltas, a la gente que vaya viendo y me pregunte le diré que has pedido perdón por aquello”, dijo Preciado dibujando la enésima sonrisa bajo su bigote.
-“No creo que te pregunten por mí”, replicó Pedro.
-“Lo que no creo es que se creyeran que te has disculpado…”. Los dos sonrieron mientras tocaban otra vez a la puerta.
De nuevo el segundo entrenador reclamaba la presencia de su primero. –“Míster, tenemos el vídeo en diez minutos y tengo que comentarle un par de cosas”.
Por la puerta abierta asomó también la nieta de Villarroel. –“¿Cómo va eso yayo? Tenemos que ir yéndonos”.

Los dos protagonistas del ascenso de 2004 se levantaron y recorrieron los siete metros que les separaban de la puerta. Manolo rodeó con su brazo el hombro de su ex presidente durante el trayecto. Salieron fuera, en el hall había poco movimiento y se despidieron porque Villarroel vio que los futbolistas del Racing empezaban a aparecer por los pasillos que bajaban de sus habitaciones para ir a la sesión de dvd.
-“No te entretengo más Manolo que tienes faena. No quiero que luego me culpes a mí si no ganas el partido”, bromeó.
-“Qué va, la culpa siempre es de los entrenadores…”, siguió la broma Preciado.
-“No olvides que todo levantinista tiene la obligación de ganarle a los chotos”, le dijo Pedro mientras le tendía la mano para despedirse.
-“No lo olvido. Nunca olvido al Levante”, dijo más serio Manolo mientras abría sus brazos para abrazar al que había sido su valedor, su presidente, su jefe, su verdugo.
-“Suerte Manolo”.
-“Gracias Pedro y muchas gracias por venir”.
-“Era lo justo, un poco tarde, pero más vale tarde…”.
-“Espero verte cuando vuelva a Valencia la próxima temporada”.
-“Será si tienes equipo, que algún día se darán cuenta de que no eres tan buen entrenador y dejarás de engañar a los presidentes para que te fichen”, dijo Villarroel sonriendo mientras se encaminaba hacia la puerta junto a su nieta.
-“Calla, calla, que no se enteren que tengo que seguir engañando unos añitos más”, zanjó la conversación Preciado mientras lo veía alejarse.

Miguel Ángel Vara
(Director del diario AS en Valencia en 2009)

Publicado en el libro Tus colores son los míos de la colección oficial de Libros del Centenario del Levante UD (2010).

































Manolo Preciado: el hombre por encima del fútbol.

Entre tanta basura interior existente en el mundo del fútbol, y no solo el profesional, se suele conocer a gente que merece la pan; a personas que te recuerdan que entre tanto circo, dinero y chimeneas sin fuego, hay sentimientos y valores humanos puros y sensatos. Una de esas personas ha sido Manolo Preciado. Vaya este texto suyo como recuerdo, que fue publicado en el libro Tus colores son los míos de la colección del Centenario del club en 2009. DEP, Manolo.


GRACIAS A TODOS

            No resulta sencillo para mí exponer en unas líneas la gran cantidad de experiencias profesionales y personales vividas durante los once meses de mi estancia en Valencia como entrenador del Levante Unión Deportiva.
            Fueron un montón de situaciones, muchas horas de trabajo, al frente de un sensacional plantel de futbolistas, desde el portero Mora al extremo Jofre pasando por todos los demás, para conseguir un objetivo añorado y peleado después de cuarenta y un años. Que no era otro que retornar el Levante a la más alta categoría del fútbol español.
            Quiero aprovechar esta ocasión para agradecer profundamente a todos aquellos que de uno u otro modo participaron en este ascenso y colaboraron en él. Gracias a todos ellos.
            Por último, mi abrazo más sentido a todos y cada uno de los granotas que con su apoyo domingo tras domingo hicieron más sencillo el objetivo final.
            Por todo lo apuntado, muchas gracias y “¡Avant Llevant!”



MANOLO PRECIADO, ex entrenador del Levante

martes, 5 de junio de 2012

César Simón periodista.


CUANDO LA PROSA ES INTENSA
César Simón. Edición de Miguel Catalán. Colección Papeles de prensa. Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2003.
            Dicen algunas lenguas que el poeta debe escribir en verso y emplear recursos líricos en abundancia con preferencia. Dicen que el poeta debe ser poeta y demostrarlo cuando escribe en prosa. Hay poetas que no leen más que poesía. Pero, nadie olvida los escritos críticos de Óscar Wilde, ni las magníficas memorias de Alberti y de Neruda. Y son prosa. ¿Pero por qué los grandes poetas han escrito páginas memorables en prosa breve? Por citar el ejemplo de un libro de reciente aparición, José Hierro expuso su mejor teoría lírica en sus iniciáticos Guardados en la sombra, pequeños ensayos muy elaborados sobre distintos temas. Y podremos añadir otros ejemplos.
            Valencia cuenta con un articulismo periodístico muy digno; desde luego es una de las escasas razones que nos empujan a abrir alguno de sus periódicos. No nos referimos a aquellos autores que viven o publican en las ediciones de Madrid o Barcelona, sino a los de Levante y Las Provincias y las ediciones autonómicas de los diarios llamados “nacionales” con impropiedad. Es un placer leer las columnas de Eduardo Alonso, María García-Lliberós, Carmen Amoraga, César Gavela, Miquel Alberola, Vicente Muñoz Puelles, Alfons Cervera, Carlos Marzal, etc., todos ellos grandes escritores.
Entre ellos se encontraba César Simón (1932-1997), fiel reflejo de la capacidad del poeta de obra consagrada para dibujar con trazo breve episodios de la vida que le rodea, sin esa fiebre de la premura periodística de urgencia. Miguel Catalán, en una edición de la Institució Alfons el Magnànim, presidida por el escritor Ricardo Bellveser, ha sabido reconstruir y unificar una parte importante de los artículos periodísticos de Simón, uno de los grandes poetas valencianos, de la generación de los nacidos en los años treinta del siglo XX, con este volumen titulado con el nombre del autor, que inaugura la colección Papeles de prensa; una colección que pretende ir reuniendo el articulismo periodístico valenciano de mayor calidad.
En esta edición, nos adentramos en el César Simón que se siente testigo de la vida y de la sociedad que gira a su alrededor, ante la que reivindica el derecho al sosiego; su derecho a ser útil sin hacer nada, y como recuerda que dijo Baudelaire, la literatura es un trabajo que con frecuencia consiste en no saber hacer nada. Frases como ésta se repiten continuamente en los artículos seleccionados, hasta generar aforismos filosóficos profundos. Por ello, el antólogo Miguel Catalán nos ha ofrecido una selección que ilustra la maestría de César Simón como articulista. Sus opiniones personales, su reivindicación del silencio y del derecho a vivir en contemplación, la mirada irónica hacia determinados aspectos y temas, y, sobre todo, el estilo medido -y comedido- de quien se siente y se autorreivindica como poeta de vocación y actos.
Uno de los aspectos más destacables de la antología es su división en partes por los temas, que suelen, por otro lado, coincidir con alguna de las preocupaciones del autor en su obra poética: “Del existir”, “Del convivir”, “De la naturaleza”, “De libros y otros papeles”, “De la escritura”, “De los escritores”, “De la política”, “De la intrahistoria”, “De las artes” y “Del paso del tiempo”. No es necesario reiterar la idea de la independencia de sus opiniones, pero sí subrayar las dos ideas que expresa Catalán en la breve introducción: la originalidad y la forma cuidada de los artículos. Para los amantes de la literatura, son muy atractivos los artículos de los apartados sobre los libros, la escritura y los escritores.
En ocasiones, los artículos aparecen sin fechar por problemas que señala el antólogo., con las erratas corregidas, y remiten a hechos de la época que reconocimos como vividos. Pero nosotros los vivimos apresuradamente, mientras César Simón los detenía para examinarlos, evaluarlos y dictaminar su conclusión. La recurrencia temática es abundante (el tiempo es un motivo permanente, casi obsesivo), pero hay diferencia en el tratamiento en cada artículo. El resultado es su intemporalidad y la sensación de que César Simón paró su alrededor, como Josué hizo con el sol ante las murallas de Jericó, para extraer el jugo del detalle cotidiano aparentemente ínfimo. De ahí su admiración por Azorín, Gabriel Miró y Gil-Albert, o su preferencia por Kafka antes que por Borges, porque lo importante es la expresión medida y justa: la propiedad en el empleo de la palabra.
Cela afirmó que a los siete años un mismo suceso era ya otro distinto. Con César Simón no es así. A los casi veinte años cumplidos desde la aparición de muchos de estos artículos, un suceso sigue siendo el mismo porque nuestro autor ha sabido detener el tiempo con sus palabras. No a convertir el tiempo físico en tiempo subjetivo, al estilo machadiano: para recoger el tiempo pasado y el posiblemente futuro en el presente con el objeto de sujetarlo y gozar del instante. Lo cierto es que las opiniones transcienden y son actuales plenamente. No ya por ingeniosas -que lo son-, sino por la alta calidad de las reflexiones. Persigamos la prosa breve de los grandes poetas, y encontraremos las claves de su universo. Como ocurre con César Simón.

José Vicente Peiró (2003)