Me encantan noviembre, diciembre y enero. Permiten disfrutar de fines de semana largos, eternos, para refugiarse en la lectura. No hay ninguna época del año más productiva para la reflexión que estos meses fríos en los que podemos huir de las masificaciones navideñas frente al calor del hogar con un buen libro en la mano.
Mientras los políticos celebran sus "fiestas de la democracia" y los ricachones le demuestran a un gobierno errático que la guerra la ganó el capitalismo, aunque sea funeral, como expresó Vicente Verdú, uno se esconde en las letras para entender la realidad, ya desde la ficción, ya desde el ensayo. E intenta captar las razones del ambiente de hastío que observa en sus conciudadanos. No estamos ante un momento de desencanto: estamos ante una depresión generalizada porque durante años valía todo tuviera el precio que tuviera; había que despilfarrar por decreto y parecía que esta locura consumista iba a durar hasta la eternidad. Ser hormiga estaba -y está- mal visto y castigado: hay que ser cigarra porque así toca. Y si no lo eres, estás fuera de juego porque a los mercados sólo les interesa que compres, no que pienses en ahorrar para tener un mañana mejor tú o tus descendientes. Ahora ocurre lo contrario: si has sido hormiga corres el peligro, como los argentinos, de que un día te quedes sin tus ahorros del banco porque ellos han jugado con tus depósitos a empobrecer a la gente.
La crisis no empezó en 2008 cuando los bancos yanquis dijeron que no podían devolver el dinero de las hipotecas "subprime". Empezó cuando la política se convirtió en esclava de la economía. Yo creo que habría que eliminar todos los ministerios de un país salvo el de Finanzas y el de Seguridad. Hay que ver desde entonces cuánto inglés hemos aprendido. ¡Y cuánta ciencia económica! Casi nos podríamos doctorar en Harvard sin haber estudiado la licenciatura de Económicas, sólo con la lectura de los periódicos. Yo diría que incluso hasta sabemos más de macroeconomía que de fútbol, y de microeconomía no hace falta dado que ya tenemos bastante con ajustar nuestros ingresos para llegar a fin de mes. Estamos invadidos de términos monetaristas, la mayor parte en inglés, de predicciones de economistas sabios que acaban por no cumplirse porque en el último momento un especulador hizo tambalear la bolsa o las exportaciones disminuyeron inesperadamente. Recuerdo junio de 2008: el barril de petróleo estaba por las nubes y se preveía que a final de año superaría ampliamente los doscientos veinte dólares. Pues resulta que a final de año bajó a setenta. Gran predicción de los sabios a los que seguramente nombrarán doctores honoris causa. Es el peligro que tiene el haber convertido una ciencia en una religión: el sacerdote suele equivocarse.
Y como los sacerdotes, históricamente, han servido para gestionar el miedo al futuro de la población, a los castigos divinos, me rebelo negándome a entender lo que vaticinen. Ya sabemos que no hay nada mejor para el poder como el tener a la gente aterrorizada (y si no que le pregunten al neoterrorismo). Una vez me dijo una persona de ese inframundo económico dominante: "la crisis tiene razones que no entenderías". Bueno, pues como no me las explican más que de forma superficial y frívola, no quiero saber nada. El día menos pensado, saco mis ahorrillos del banco y me los gasto para vivir igual que el resto de la humanidad: endeudada y sólo en el presente, ya que pensar en el mañana está mal visto por los economistas y los ministros.
Bueno, pero a lo que íbamos. He leído un texto de apenas doscientas páginas (dos tardes de lectura) titulado Sin fines de lucro de la profesora de Chicago, Martha G. Nussbaum. Ella pertenece al mundo del Derecho, al respetable mundo de las leyes. No de ese de los abogados que sirven para eximir de responsabilidades a los altos delincuentes con dólares, sino del que piensa y dedica sus esfuerzos a analizar la sociedad. Y Sin fines de lucro me parece un libro muy recomendable por su reivindicación de un concepto: el bildung (ya que hay que hablar en inglés para definir conceptos, hagámoslo así para denominar a la "formación cultural").
La profesora Nussbaum nos advierte de que la crisis de las ideas democráticas no es nueva. Estoy totalmente de acuerdo con esta percepción. Ha existido desde hace décadas. El poder del dinero ha estado por encima de los actos beneficiosos para la población o el bienestar exigido por ella. Ante esto, hay que invertir en educación, pero en educación real y no sólo profesional. Desde hace bastantes años asistimos a su deterioro de tal forma que la crisis actual tiene sus raíces en ello. Se fomenta la rentabilidad a corto plazo, lo cual redunda en el cultivo prestigioso de aquellas capacidades utilitaristas productoras de beneficios inmediatos. No se atiende a políticas reivindicativas de una valoración positiva de las actividades humanísticas: las facultades de Filología se han convertido en institutos de idiomas y las de Geografía e Historia en institutos de gestión de patrimonio y turismo cultural. La Filosofía se ha difuminado en ejercicios de autoayuda y consejos gnómicos para el bienestar. La Pedagogía pasa a ser una ciencia para aplicaciones curriculares complejas, no la investigación de la evolución de la docencia. Incluso las tesis doctorales realizadas durante más de cuatro años parecen ridículas: hay que acabarlas cuanto antes, con el descrédito para esa investigación duradera porque así lo exige su planteamiento. Rápido, rápido, que si no perdemos la oportunidad de ganar más dinero y mejorar profesionalmente.
¿Dónde ha quedado el pensamiento no utilitarista? En la nada. Cualquier actividad que se haga por amor y sin ánimo de lucro, ya está infravalorada de por sí; no vale nada porque no tiene estipendio, aunque si se le pusieran cifras, seguramente, aunque sólo fuera por tiempo dedicado, haría multimillonario a su ejecutor. Un fontanero cobra por sus servicios; un asesoramiento cultural es gratuito, porque la sociedad no provee de utilidad inmediata a su parcela, lo cual es discutible cuando observa la utilidad de los programas de televisión o el deporte. La creatividad no se valora en términos absolutos, con lo cual vamos encaminados hacia un concepto de la ciudadanía desprovista de capacidad crítica por culpa de la relativización de la cultura humanística hasta hacerla gratuita. Sin embargo, el texto de la profesora Nussbaum es, como ella reconoce, "un manifiesto más que un estudio empírico". Por ello, nos hacen falta estudios científicos sobre el tema. ¿Para qué sirve tanta inversión en educación si realmente un alumno no muestra a lo largo de toda su vida interés por la sabiduría o los razonamientos reflexivos?
Las sociedades de masas desprecian la cultura real, no la de escaparate, y el sistema capitalista, el único que por desgracia tenemos desde prácticamente el nacimiento el trueque; no valora la enseñanza más que como instrumento válido para el mercado laboral. El pueblo ya ni crea folclore: se lo dan. ¿Para qué sirve el latín?, aunque luego se censure al periodista por el mal uso del lenguaje. El alejamiento de estas masas de los sentimientos democráticos, manifestado en su desconfianza hacia los poderes públicos, hacia las administraciones reguladoras de su convivencia, y en la alienación permanente provocada por el triunfo de la imagen superficial, es sólo un síntoma de la muerte de la democracia y la supeditación de las constituciones nacionales al mercado. Ya no quedan utopías igualitaristas, quizá sólo la de los nacionalismos independentistas que fracasan cuando han de ejercer tareas de gobierno, como ha ocurrido en Cataluña en los últimos años. Ha muerto el buen gusto por la sabiduría. No es rentable a corto plazo. Sin embargo, la experiencia, y esto lo dice la profesora Nussbaum, nos demuestra que las sociedades más cultas son las más democráticas. Por ello, diríamos que las Humanidades son la verdadera resistencia individual frente a la arbitrariedad del universo económico imperante, casi siempre en manos de pícaros y no de sabios.
Un libro muy recomendable. Un libro para pensar. Por ello, nos olvidaremos pronto de él porque la reflexión se ha devaluado en libros de autoayuda. Sin fines de lucro aboga por el placer de las actividades humanisticas sin rendimiento económico y eso no tiene salida en los parámetros por los que caminamos. No veo a esta sociedad capacitada para plantarle cara a los envites económicos de nuestro tiempo, y ávida de valorar aquellas actividades alejadas del rendimiento material.
Salvo que en un momento dado, el poder político las considere nitrato para su subsistencia. Pero dada la mediocridad de las personas que lo ostentan, dudo que entiendan la necesidad de valorar también una perspectiva antiutilitarista necesaria para salir de la avaricia economicista. No están preparados para ello porque han enfocado su inteligencia para hablar con cifras financieras y no con ideas democráticas.
Al fin y al cabo, ¿quién desea una sociedad Sin fines de lucro?
El trueno cae y se queda entre las hojas
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lunes, 29 de noviembre de 2010
viernes, 19 de noviembre de 2010
Sobre la poesía actual
Esto lo conté en un congreso de Amigos de la Poesía de Valencia en junio de 2007. Lo he rescatado porque creo que es un texto que tiene vigencia. Aquí lo tenéis.
“¿Nuevas? tendencias de la poesía actual”. Lo planteamos con este interrogante porque a priori debemos examinar qué está ocurriendo en la lírica actual para recensionar los caminos más importantes de este principio del siglo XXI.
El que la poesía es un hecho social queda fuera de toda duda. Otra cuestión es su importancia o su función en un período histórico concreto e inacabado con tantas turbulencias como el actual. La poesía actual no es un arma cargada de futuro, glosando a Gabriel Celaya, sino una lanza de combate espiritual contra la ideología materialista dominante, aunque la opinión extendida es que las ideologías murieron con la caída del Muro de Berlín, afirmación convertida más en un tópico común que en una certeza empírica. En un mundo donde el ritmo y los actos están marcados por el consumo y por la propiedad de objetos materiales, muchas veces inservibles o con unas utilidades escasamente aprovechadas, la poesía se ha convertido en un hecho social de rebeldía, o al menos en una impostura. Obsérvese en el sentido peyorativo de la palabra “poeta” en muchos medios de comunicación no culturales: el ex–jugador de fútbol Jorge Valdano es tildado por sus compañeros de profesión como “el poeta”, por su verbo florido, en ocasiones pedante, pero al menos dotado de metáforas. Por no hablar del desprestigio de la palabra en una sociedad dominada por la imagen al emplearse como sinónimo de pedantería o de arte lleno de arcanos indescifrables que de nada sirven para el día a día. Sea como sea, leer poesía es hacer algo “diferente” hoy en día: dedicarse a disfrutar de un hecho cultural despreciado por la mayoría pero enriquecedor para quien habita en sus moradas.
Sin embargo, la poesía goza de magnífica salud. Otra cuestión es su aceptación social. Pero cada día hay más personas interesadas en la lírica, como lo demuestran tres aspectos: el aumento de recitales poéticos en las casas de cultura de los pueblos y ciudades y en otras entidades; la proliferación de talleres con gente interesada en aprender a construir buenos poemas o simplemente curiosos que se acercan a La Gaya Ciencia ; y el descubrimiento de un nuevo soporte muy ajustado a las necesidades de la expresión poética actual, sobre todo la nueva, como es Internet. El aumento de la oralidad poética y del aprendizaje textual y técnico supone la transformación del lector medio de poesía en una persona con mayor competencia receptiva que en el pasado, y por tanto con capacidad creativa en cualquier momento en que la inspiración le llame. De la misma manera, el giro en el medio de publicación de los versos es digno a tener en cuenta para las futuras valoraciones literarias de nuestra época. Hoy en día, los blogs, las páginas webs personales o colectivas y el intercambio masivo de correspondencia favorecen la creación poética, porque un poema sí que encuentra posibles lectores en el ciberespacio, lo que no ocurre de forma semejante en la novela porque su extensión impide su lectura meditada y cómoda en un soporte electrónico. Así, en estos años han proliferado los nuevos poetas en Internet de forma que hoy en día es más sencillo para un autor novel publicar sus textos en la red que en un libro. Y si tenemos en cuenta que las buenas letras son independientes del medio que las sostenga, también Internet es un instrumento necesario y útil para la expresión poética actual.
Pero, como dijo Borges, un intelectual no proporciona respuestas sino que establece interrogantes, creo que es necesario darnos cuenta de que hoy en día carecemos de una perspectiva cronística suficiente como para examinar la poesía actual con un aporte crítico alentador. Sin embargo sí que hay una característica común en la poesía actual: el individualismo. El poeta es un ser social y, por tanto, es persona de época y, como tal, refleja su modus vivendi. El individualismo imperante ha generado una poesía onanista, egocéntrica y solitaria. Ya es difícil que la solidaridad conlleve implicación: el hablante lírico suele ser testigo de lo que narra, incluso aun girando el discurso hacia sí mismo. Es una perspectiva propia del ser humano que trata de mostrarse al mundo, porque éste vive de espaldas a sus problemas, de ahí la imbricación de la poesía con la psicología del hombre actual. Y este “hablo de mí mismo, lanzándome a la búsqueda de alguien a quien mi personalidad le interese”, lo cual genera conflictos con los lectores, es el modelo poético más extendido. El poeta habla de sí mismo más que del objeto contemplado.
Por otro lado, el afán de novedad poética es permanente, aun a sabiendas de que está todo prácticamente inventado. La poesía es como un ser vivo sometido a cambios constantes y un afán de novedad que en ocasiones roza ámbitos no precisamente artísticos. Sin embargo, la búsqueda de etiquetas acaba produciendo más una indefinición de tendencias que una clarificación de modos poéticos. La disparidad entre poesía de la experiencia y poética del silencio no se percibe de forma clara salvo por el lector iniciado. De esa forma, el lector medio seguirá acudiendo a un cantautor urbano como Joaquín Sabina para que le hable de lo que él conoce, y evitará visitar el terreno de quien le va a “complicar su existencia” citándole cuestiones que nada le incumben. La poesía del siglo XXI evita el enclaustramiento de la etiqueta y busca una expresión más libre y menos sometida a escuelas y rigores estéticos, por lo que el adjetivo es una mera etiqueta más que una corriente plenamente definida. Sin embargo, lo que expresó Jaime Siles en relación a poesía de los años ochenta, se vuelve a reproducir ahora: “lo que parecía inmovilismo de superficie” es en realidad “cambio de fondo y de forma en la profundidad”[1].
Pero pasó la época de los novísimos y su ruptura con la poesía social, aunque el esteticismo se haya mantenido con los años y ahí prosiga vivo con Antonio Martínez Carrión o Guillermo Carnero como exponentes. Aquella iconoclastia sigue viva en algunos autores, y aunque no haya una ruptura radical sí se reforman los viejos modelos y se indagan en unos nuevos más personales. La poesía de la experiencia, el auge de la presencia poética femenina, el neopurismo y la poética del silencio, la poesía minimalista, el neoromanticismo, el sensismo, la poesía de la diferencia, el neosurrealismo, parecen sistemas del pasado lejano, cuando los autores que las cultivaron están en plena vigencia y son los reyes del espacio lírico español actual. Pero todas estas corrientes han dado como fruto una poesía individualista que sustituye el culturalismo de las generaciones anteriores por la vida personal, y que opta por los diarios y por todas las formas de expresión autobiográfica.
En los últimos quince años el espacio poético está mediatizado por lo que Vicente Luis Mora denomina «poesía de la normalidad»[2] (antes Miguel Casado se había referido a un «lenguaje de lugar común» detectable en muchos de los poetas analizados en el prólogo a Mar interior[3]). Se trata de una serie de consignas más ambientales que escritas, a las que se deben acoger quienes quieran tener presencia editorial y reconocimiento crítico, derivadas básicamente de la poesía de la experiencia más epigonal, pero que han calado en casi todas las estéticas. Es por ello que ha surgido un tipo de poesía de estructura clara y cerrada en sí misma, con factura simbolista, referentes urbanos y burgueses, relacionada con la subjetividad del autor y emitida por un sujeto poético distanciado o «fingidor» que transmite su desencanto vital sin desgarros ni sentimentalismos. Se habla en un lenguaje coloquial próximo al lector medio en preocupaciones y nivel de accesibilidad, con lo cual si un poema no satisface al público no se debe a la impenetrabilidad de los códigos lingüísticos, sino a la escasa identificación con su contenido. La unificación también alcanza los rechazos: de lo metapoético, de cualquier técnica derivada de las vanguardias (corriente de conciencia, elementos visionarios e irracionales), del poema en prosa[4]. Sin embargo, estos rechazos no implican que los mismos autores reticentes a estos discursos acaben sumergidos en ellos. ¿Efecto de la indefinición del poeta en esta sociedad o en el mundo del negocio editorial?
Sin embargo, no son pocas las voces que hablan de una apertura hacia la pluralidad estética en la poesía joven en torno al cambio de milenio que se refleja, para empezar, en los referentes literarios: a las poéticas tradicionales se suman las de las literaturas europeas y americanas de la Modernidad , dándose una desestigmatización de las vanguardias meramente estética. Se atiende y trabaja sobre lo interdisciplinar (sobre todo la pintura, el cine y la música). En cada vez más autores se revitaliza la reflexión crítica sobre el hecho poético y el lenguaje[5].
En esta zona de diversidad encontramos una poesía no excluyente con unas líneas consecuentes en este siglo XXI recién nacido:
1) Una nueva dimensión de la poesía de la experiencia. Los poetas que siguen la línea experiencial lo hacen desde un mayor ahondamiento meditativo, con ciertas derivas irracionalistas (Alberto Tesán, Eduardo García, Luis Muñoz, García Casado, Andrés Neuman).
2) La extensión de una poesía de la introspección emocional y contemplativa, radicalmente subjetivizada, en los límites del existencialismo (Ada Salas, Ana Merino, Luisa Castro).
3) La búsqueda de una nueva materialidad del «objeto» lenguaje, con un planteamiento fusional: entre ética y estética; entre fuentes plásticas (cine, fotografía, televisión), entre la experiencia de lo cotidiano y los vínculos con el lenguaje (Niall Binns, Andrés Fisher).
4) El ahondamiento en una poesía de la contemplación meditativa y del entrañamiento con la naturaleza; una búsqueda que se mueve entre la captación de lo inefable, la apuesta por la imaginación y el rescate de una memoria visible o sumergida, cuyos referentes serían Claudio Rodríguez y la poesía anglosajona más entrañada con el paisaje representada por Wordsworth, Yeats o Thomas (Diego Doncel, José Luis Rey, Jordi Doce, Vicente Valero, Juan Abeleira).
5) La apuesta por la insurrección del lenguaje desde una conciencia crítica frente a la realidad. Línea precariamente transitada por la poesía de las últimas décadas y que ahora cobra fuerza en la obra crítica y poética de Antonio Méndez Rubio o Enrique Falcón.
La diversidad puede explicarse desde la crisis de los planteamientos de la globalización, la necesidad de asimilar las nuevas estructuras sociales y comunicativas (que han intensificado la posibilidad de intercambio cultural) o como respuesta instintiva al caos de la posmodernidad. En cualquier caso la heterodoxia cultural suele ser una buena noticia, como lo es que cada vez abunden más los poetas que se enfrentan a su época y a la escritura con lucidez e independencia.
Como conclusión entre esta línea heterogénea y difusa, carente de perspectiva temporal, encontramos una poesía que está viva. El individualismo que la sostiene es espejo de la sociedad en que vivimos, por lo que la poesía no está tan lejos de la realidad como se presume. No puede: está atada a ella porque es la vida la que la inspira. No son tan “malos tiempos para la lírica”, como cantaba el grupo vigués Golpes Bajos allá por 1983, pero sí que es cierto que tendrá que trabajar mucho para seguir ocupando el pequeño espacio que le prestan los medios de comunicación y la sociedad en que vivimos, a quienes sólo parecen importar los escándalos de un premio importante o las aventuras rosas de un poeta. La poesía tiene su sitio y ese sitio debe crecer: las trincheras sólo conducen a la derrota en una sociedad en constante cambio. Y quizá su futuro está en aprovechar los nuevos soportes que le brindan las nuevas tecnologías informáticas. Al fin y al cabo, ¿no hay también poesía en esos videojuegos tan despreciados por la intelectualidad dominante pero tan atractivos para nuestros jóvenes? ¿O acaso no habrá que salir a buscar la poesía y sus lectores en lugar de esperar a que la juventud acuda en masa a nuestra llamada metafórica? ¿O es que el porvenir de la poesía está en los medios que en el presente nos indican que caminamos hacia el futuro? Lo pensaremos.
[1] Jaime Siles: “Dinámica poética de la última década”, Madrid, Revista de Occidente 122-123, julio-agosto 1991, p. 152.
[2] Esta y muchas otras cuestiones se plantean de fondo y con espíritu de sana agitación en su Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual, Madrid, Bartleby, 2006.
[3] Mar interior. Poetas de Castilla-La Mancha. Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2003.
[4] Una reflexión sobre su vigencia y una antología imprescindibles se encuentra en Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, Campo abierto, Antología del poema en prosa en España (1990-2005), Barcelona, DVD, 2005.
[5] A. Kravietz y F. León proponen en La otra joven poesía española (Tarragona, Igitur, 2003) una nómina de jóvenes que, desde estéticas diversas, presentan una actitud comprometida (frente a posiciones neorrealistas) con la Modernidad literaria y una concepción de la poesía como vehículo de conocimiento metafísico y de indagación sobre el lenguaje. Por su parte, L. A. de Villena habla de los hijos de una alquimia entre la razón lógica y Orfeo en La lógica de Orfeo (Madrid, Visor, 2003).
martes, 2 de noviembre de 2010
Dios es redondo.
Después de releer algunos pasajes de Dios es redondo de Juan Villoro, uno descubre la fortaleza estética y cultural del fútbol. Si las piedras sugieren metáforas, el movimiento alrededor de un balón también puede generar belleza. Es admirable encontrar a personas que son una enciclopedia futbolística, pero también análisis imperecederos, como el de Villoro, de singularidades del deporte más internacionalizado y de uno de los grandes negocios, quizá el mejor montado, en la historia de la humanidad.
En otras épocas, nuestra querida España mantenía un abismo entre el fútbol y la cultura. Si eras aficionado, quedabas estigmatizado por las mentes privilegiadas. Al fin y al cabo, el fútbol es un opio como otros tantos. El sabor de las masas era enemigo de la pléyade intelectual. Sin embargo, con el paso de los años hemos asistido a su revelación como instrumento de cultura. El intelectual que asistía a un espectáculo como si lo hiciera a una manifestación ilegal, ya no se esconde. Incluso algunos que lo censuraban, ahora se apuntan a su grandeza con sus panegíricos absurdos. Afortunadamente, la asistencia a un partido de fútbol parece que ya no es sinónimo de incultura. Aunque muchas veces lo parezca.
Sin embargo, hemos de tener cuidado. El fútbol es un espectáculo. En cuanto le despojamos del aliento plástico sensitivo, de su memoria histórico-social, de las incertidumbres y de las emociones, se queda en un elemento pasivo y raquítico; una fiebre ponzoñosa de la que uno difícilmente puede salir indemne. Es una estructura sin estructura racional.
Nada más hay que asistir a las noticias futbolísticas de cualquier telediario. La protagonista no es la imagen de un partido: son las declaraciones de un entrenador mediático, el anuncio publicitario de calzoncillos protagonizado por unos jugadores ricachones, o una jugada con sangre y un portero con la cabeza abierta. Los errores ridículos de los futbolistas también son atractivos. La gloria ya no está conformada por los grandes goles o jugadas: la consiguen las declaraciones de unos hipermillonarios y sus réplicas polémicas o sus malas rachas de tres partidos sin marcar un gol.
Uno ha tenido durante un tiempo la suerte de vivir en primera persona el fútbol por dentro colaborando con un equipo modesto. La conclusión es atroz: es un nido de mediocridad. Una minoría no ilustrada gobernando la masacracia. Una democracia imposible por la irracionalidad de las masas y la máscara clasicista de sus dirigentes con tal de comer al lado del presidente del Real Madrid. Demasiado glamour como para reivindicar pensamiento. Toda una red montada para los negocietes varios, muchos con la connivencia del poder político (incluso diría que empujados por él), clichés absurdos, estrategias de distracción, números cuyo descuadre paga la ciudadanía, y perpetuación de un sistema comunicativo basado en la decapitación del pensamiento, de las ideas propias, y el adoctrinamiento progresivo, por no decir el exterminio de la disidencia y de cualquier modelo que no sea el establecido. No resulta complicada la manipulación permanente, de ahí que se explique que una afición esté alabando a un Don Manuel durante un tiempo, y de repente lo excomulgue y lo envíe a la hoguera. Las masas reaccionan con furia cuando connotan el engaño perpetuado. Si llegaran a denotarlo, no irían al fútbol. Al fin y al cabo es un espectáculo donde sólo existe el presente inmediato, ni siquiera el histórico o el futurible.
Cuando una mente pensante se dedica a cualquier actividad derivada del fútbol, acaba mareado y perdiendo capacidad reflexiva. Se obtura el pensamiento. Pensar en un “fútbol ilustrado” es un dislate. ¿Qué porcentaje de dirigentes han sido capaces de leer a Juan Villoro? ¿Cuántos periodistas lo han leído? ¿Cuántos aficionados dedican algo de su tiempo libre a la lectura de algún relato futbolístico entre los muchos que hay? La literatura futbolística se dirige a una minoría y eso no lo hemos tenido en cuenta. Si los aficionados al fútbol se empeñaran, lograrían elevar a la categoría de best-seller cualquier obra publicada. Ya quisieran muchos autores vender cien mil libros en un año. Y cinco mil, la mitad de los abonados del Levante Unión Deportiva en primera división.
Mientras tanto, el poder futbolístico sigue rígido. Es parte del sistema político. Por ello, es la más precisa metáfora representativa de nuestra sociedad, donde unos pocos tejen sus componendas al margen de las masas, que se limitan a aplaudir sus decisiones y a asistir al espectáculo como "mirones", excepto cuando la realidad descubre que no era oro todo lo que relucía. Debe ser complicado llenar de contenidos un programa de radio de hora y media diaria. Sería más fácil cubrir ese tiempo con noticias culturales. Pero no hay nada más efectivo para la domesticación que convertir lo intrascendente en trascendente. Lo que debía ser un espectáculo simple, se programa como modus vivendi para muchos y listo el cóctel popular. A mí cuando me preguntan para qué sirve la poesía, respondo con una contrapregunta: ¿para qué sirve tanta información deportiva?
Uno se queda con la plasticidad de las imágenes, el espectáculo casi teatral de los deportistas intentando imposibles, el juego vistoso o la grandilocuencia del gol como objeto religioso, mientras el vociferio periodístico distrae a las masas con sus polémicas absurdas (¿a mí qué me importa lo que piense o deje de pensar el señor Tomás Roncero? Ni que fuera el ministro que nos ha de jubilar a los sesenta y siete años), los dirigentes futbolísticos simulan sentimientos de aficionados cuando sus intereses son claramente distintos a la filantropía del deporte, la política se nutre de un sustitutivo de la hoguera inquisitorial, y la masacracia pone y quita líderes siguiendo un impuesto canon flexible.
Releo a Juan Villoro para recordar los grandes momentos del balompié y para compartir el polimorfismo social de este deporte. Para vivir historias bellas o terribles. Para huir de los dirigentes y de la masacracia. Por eso, sigo yendo al fútbol a disfrutar de un buen rato con mi familia y mis amigos. En el momento en que esto deje de ser así, la única solución es obviar este espectáculo reconvertido en circo mediático superfluo.
Que el fútbol sea para divertirse, no para vivir. A lo sumo catarsis. Sólo así se entenderá la vida. Por ello, reivindico su carácter de espectáculo dominical, una distracción como otra cualquiera, así como sus posibilidades artísticas, cosa que ya captó muy bien la generación de las vanguardias en los años veinte del siglo pasado.
El subtítulo de la obra de Juan Villoro que lo diga otro.
lunes, 25 de octubre de 2010
El Sueño del Celta
Mientras comía un plato de sopa enfriado por la inoportuna llamada del 1004 de Movistar, en el telediario de TVE-1 se anunciaba la inminente aparición de El Sueño del Celta, una nueva obra de Mario Vargas Llosa, a quien felicitamos por su Premio Nobel merecido.
La voz en off era acompañada por la maquinaria de una imprenta en cuyas cintas se dejaba ver el grueso del libro y su portada roja. ¡Qué bonito! Imagino que el profano se habrá sorprendido de la rapidez con la que sale un libro de la imprenta. Yo simplemente he pensado que da lo mismo fabricar un Peugeot que un libro.
Nada más terminar de comer me ha llamado un amigo periodista para preguntarme si ya estaba prevista la salida de la novela antes de la concesión del Premio Nobel. Pensando en lo poco que este amigo periodista dedicado a la sección Cultura sigue la actualidad del mundo del libro, le he respondido que en El Cultural del diario El Mundo ya se anunciaba la salida de esta novela a finales de julio, y se repitió esta información en su primer número de septiembre.
Pero me queda la duda. Más de cuatro años hace que salió la última novela de Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala. Mucho tiempo para un autor que vende muchos libros. Mientras, han salido reeditadas sus obras en Alfaguara y Galaxia Gutemberg, y han visto la luz algunos de sus ensayos publicados hace muchos años. Lo que editó Planeta hace casi dos décadas, no. Pero una novela nueva... no sé... Mario Vargas Llosa no ha tardado nunca tanto tiempo en publicar una novedad.
Entonces, dadas las dudas generadas, pienso en la estrategia comercial. No sé si Vargas Llosa terminó El Sueño del Celta hace muchos años o hace dos meses, por ejemplo. Lo que sí sé es que sale a la venta en el momento oportuno, después de la concesión del Nobel, y con reservas anticipadas en los grandes almacenes, cosa insólita en un autor de culto, y que parecía reservada al best-seller popular de Harry Potter.
Visto que compramos un libro como si compráramos un pollo asado, y pensando en que siempre hemos tomado la fecha de la edición como la originaria de un libro, hago una proposición destinada a modificar todos los manuales de historia de la literatura: que la fecha posterior al título de una obra sea la de producción de la obra.
De esa forma, podremos localizar mejor una obra en el contexto del autor y no en el editorial. Siempre nos dará una idea de las razones por las que un gran autor como es Vargas Llosa creó una novela.
La voz en off era acompañada por la maquinaria de una imprenta en cuyas cintas se dejaba ver el grueso del libro y su portada roja. ¡Qué bonito! Imagino que el profano se habrá sorprendido de la rapidez con la que sale un libro de la imprenta. Yo simplemente he pensado que da lo mismo fabricar un Peugeot que un libro.
Nada más terminar de comer me ha llamado un amigo periodista para preguntarme si ya estaba prevista la salida de la novela antes de la concesión del Premio Nobel. Pensando en lo poco que este amigo periodista dedicado a la sección Cultura sigue la actualidad del mundo del libro, le he respondido que en El Cultural del diario El Mundo ya se anunciaba la salida de esta novela a finales de julio, y se repitió esta información en su primer número de septiembre.
Pero me queda la duda. Más de cuatro años hace que salió la última novela de Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala. Mucho tiempo para un autor que vende muchos libros. Mientras, han salido reeditadas sus obras en Alfaguara y Galaxia Gutemberg, y han visto la luz algunos de sus ensayos publicados hace muchos años. Lo que editó Planeta hace casi dos décadas, no. Pero una novela nueva... no sé... Mario Vargas Llosa no ha tardado nunca tanto tiempo en publicar una novedad.
Entonces, dadas las dudas generadas, pienso en la estrategia comercial. No sé si Vargas Llosa terminó El Sueño del Celta hace muchos años o hace dos meses, por ejemplo. Lo que sí sé es que sale a la venta en el momento oportuno, después de la concesión del Nobel, y con reservas anticipadas en los grandes almacenes, cosa insólita en un autor de culto, y que parecía reservada al best-seller popular de Harry Potter.
Visto que compramos un libro como si compráramos un pollo asado, y pensando en que siempre hemos tomado la fecha de la edición como la originaria de un libro, hago una proposición destinada a modificar todos los manuales de historia de la literatura: que la fecha posterior al título de una obra sea la de producción de la obra.
De esa forma, podremos localizar mejor una obra en el contexto del autor y no en el editorial. Siempre nos dará una idea de las razones por las que un gran autor como es Vargas Llosa creó una novela.
domingo, 24 de octubre de 2010
La sociedad infantil
Yo no sé si algún filósofo y sociólogo lo habrá dicho porque leemos tanto que ya no nos da tiempo a digerir todos los contenidos. Lo que deseaba expresar después de examinarlo mucho tiempo es que el poder encontró desde hace años la mejor manera de dominar a la sociedad con un beneficio mayor que manteniéndonos a todos en el analfabetismo y en la miseria: el infantilismo.
El analfabetismo es un problema. Mantener una población ágrafa genera una mano de obra de escasa cualificación. Además, este sector de la sociedad es un poco brutote y es capaz de alzarse en armas cuando la situación se caldea como pasó en 1931. Encima, si la población sabe leer, deletreará la publicidad, lo cual es fundamental para mantener los productos en la primera línea de los supermercados. Entenderá mejor los mensajes comerciales.
La miseria es un problema porque impide el consumo y si la gente no consume, los beneficios empresariales disminuyen. No sé si se habrán dado cuenta nuestros gerifaltes económicos pero si no tenemos billetitos de euro, no podremos comprar y tendrán que irse a vender sus excedentes a China o la India, que producen ya demasiado como para no tener los suyos. No conviene mantener a la gente en la miseria, salvo que la alcance por sus propios medios.
Solución: infantilizar a la sociedad. Incluso a los catedráticos, a los sabios y a los políticos, y si hace falta a los máximos accionistas de las empresas del Íbex 35. Aplican la idea de que el niño es inocente. Si infantilizamos a la sociedad, la gente se hará inocente y, por tanto, no entenderá la realidad y se conformará con lo que tenga a su alrededor. Pongamos cosas a su alcance. Nuestro poder quedará garantizado per secula seculorum. El niño es incapaz de causar daño si está distraído. Pues a distraer que toca.
Vamos a ver cómo nos distraen:
1) Televisión. Manteniéndonos ocupados con la vida de Belén Esteban o de cualquier otra persona que no aporta nada a la sociedad. Todos les llamarán caraduras o vividores, pero ahí estará el público atento a sus devaneos y escándalos la mayor parte provocados para ganar más dinero o mantener una audiencia televisiva (a más publicidad, más beneficios). Neocomedia. Series a granel, acaben o no en el mismo día, pero conseguir episodios adictivos. Grandes hermanos con morbo.
2) Deportes. Esto es derivado de la anterior. Recuerdo cuando hace veinticinco años hablábamos de fútbol. Discutíamos sobre los partidos, alineaciones, tácticas, calidad de los jugadores… Ahora no: ahora lo importante es que Cristiano Ronaldo haga un anuncio de calzoncillos que las mujeres nunca vieron (parece que algo pasó), o que Mourinho diga cualquier perogrullada para distraer a los periodistas y a la gente y así no presionen a sus jugadores, o que el presidente del Barça encargue una auditoría por la gestión del mandatario anterior. Pero ¿esto es fútbol? Lo importante ahora es ponerle una alcachofa a un jugador cabreado para que maldiga al árbitro, nunca ofrecer imágenes de la belleza de las jugadas. De ahí que la popularidad de los programas de radio siga siendo mayor que la de las televisiones. Más importantes los chistes malos de algunos comentaristas que las imágenes de un partido. Los chistes infantiles son más proclives al fútbol que a cualquier otra actividad.
3) Películas. Argumentos infantiles, como el de Avatar, como manifestaciones de inconformismos. Las películas de miedo para adolescentes, las comedietas, los efectos especiales dedicados a impresionar al espectador y no a reforzar un buen guión que casi nunca encontramos.
4) El coche. Sé maleducado y saca tus instintos como los críos. No dejes pasar a nadie. Yo el primero y luego yo. Expresión máxima del individualismo infantil. El coche como manifestación de mi poder, rasgo infantil, frente al coche como medio para facilitarme la llegada a distancias inalcanzables caminando, rasgo adulto. Y si no fijáos que cuanto más crío sea un tipo que conozcáis, coche más espectacular tendrá.
5) Libros. Nada: argumentos livianos, suaves, batallitas, enigma detectivesco, mundos misteriosos, pseudohistóricos, con algo de erotismo que parece destinado a la masturbación del adolescente, personajes planos con sentimientos vulgarotes y nada diferentes a los de una persona inmadura… Ese es el libro que mejor vende hoy en día.
6) Casa: falsamente idílica. Con piscina y lo que quieras, pero con reuniones de comunidad de vecinos donde todo son problemas. Bellas por fuera, no funcionales por dentro y construida con materiales de mala calidad. Nos engañan como a niños: casas ajustadas a nuestras necesidades, pero malas, malas, malas. Luego ves y reclama, sobre todo en estos tiempos donde han desaparecido tantos constructores.
7) Videojuegos. ¿Para qué hablar de ellos? Vive una vida excitante, juega una liga de fútbol excitante, mata a los mafiosos de forma excitante, gana la segunda guerra mundial de manera excitante… Gana como un niño y no pierdas porque si no, llorarás como un niño.
Y así podríamos seguir enumerando aspectos de esta sociedad. El infantilismo ha pasado de ser una actitud individual a un rasgo colectivo, y de ahí a una ideología dominante.
Sin embargo, cuidado con los niños enrabietados que pueden ser peligrosos cuando se enfadan. O al menos, insoportables.
viernes, 22 de octubre de 2010
Roberto Bolaño recordado.
El jueves día 21 de octubre por la noche vi en La 2 -notable cadena- un documental sobre Roberto Bolaño. Gran iniciativa por parte de nuestra televisión pública, a la que algunos quisieran convertir en un Gran Hermano continuo, ya vía pública ya privada (para bastantes opinadores, la única posible).
Dio una imagen aproximada de quién fue y de su obra. Los testimonios de Juan Villoro y de Jorge Herralde dando testimonio de su vida editorial certificaron su condición de escritor de culto; de escritor diferente y admirable. Todos somos bolañistas, me dijo una vez una profesora. Y tenía razón: los freakies de la literatura concebimos el universo literario como la vida misma. Como Bolaño.
Bolaño leía, escribía y, de vez en cuando, publicaba. Siete años después de su muerte nos sigue obsequiando novedades, como El Tercer Reich en este 2010, una gran novela muy imbricada con su vida y sus gustos, como casi toda su producción. En Estados Unidos lo acaban de descubrir, con lo cual le han dado carta de existencia universal, aunque en el resto de Occidente sus libros la tuvieran desde hace más de una década. El éxito de Bolaño no es reciente, y para descubrirlo lean el artículo de Ignacio Echevarría, quien bien lo conociera, en El Cultural de hoy acerca de Robert Ballyear. Como sabemos de sobra, hoy lo importante no es la obra sino la marca o el logo, lo cual no vale para la creación de este autor. Y por eso nos gusta tanto: su obra es total y global.
He dado conferencias sobre Bolaño, dirigido trabajos de doctorado y publicado en Turia y otras revistas acerca de su obra. La grácil complejidad de su prosa me lo convierte en más atractivo cada vez; siempre encuentro significados nuevos en su relectura. Quedo encantado con sus personajes oscuros, ocultando un fondo desconocido, con su búsqueda de las formas más abyectas del ser humano, pero siempre mostrando su universo e incluso a sí mismo. No me extraña que haya tantos "bolañitos", y como Jorge Volpi dijera en relación a los escritores jóvenes latinoamericanos, "todos somos Bolaño". Al fin y al cabo representa al hombre consagrado a la literatura y a la creación de su universo narrativo. Un hombre literario, lo cual es una carencia de nuestra sociedad actual. Cuanto más libros se escriben menos hombres literarios como Bolaño existen.
No hemos olvidado a Bolaño. Sigue vivo. No es un icono de la literatura hispanoamericana, sino un autor puntero, lectura obligatoria para nuestros alumnos igual que Rubén Darío, Borges, Rulfo, Neruda, García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier o Rómulo Gallegos. Él no es el signo de una generación: es el signo de nuestros tiempos, de nuestro mundo, de nuestras aspiraciones de vivir la literatura.
El día 26 de noviembre iremos a Castellón a pronunciar una conferencia sobre su obra. Hay que seguir evangelizándola más allá de las aulas, los congresos y las cátedras; ensanchar su número de lectores. Si lo conseguimos, será un buen signo: será muestra de que los lectores tienen buen gusto y valentía para leer buena literatura alejada del neofolletín imperante en las listas de libros más vendidos.
Nos conformamos con tan poco que, en estos momentos, alabamos que una televisión, aunque sea una, dedique un poco de tiempo a nuestros escritores y los trate de manera tan cariñosa y ajustada a la realidad, sin mitificaciones ni mixtificaciones. A ver si la sociedad se da cuenta de que la utilidad de la literatura real es incuestionable. A lo mejor, la crisis económica nos permite recuperar el buen gusto estético porque es crisis de valores sobre todo. Entre ellos, el de la sensibilidad artistica.
Bolaño vive. Siempre nos dice algo nuevo aunque lo hayamos leído.
Dio una imagen aproximada de quién fue y de su obra. Los testimonios de Juan Villoro y de Jorge Herralde dando testimonio de su vida editorial certificaron su condición de escritor de culto; de escritor diferente y admirable. Todos somos bolañistas, me dijo una vez una profesora. Y tenía razón: los freakies de la literatura concebimos el universo literario como la vida misma. Como Bolaño.
Bolaño leía, escribía y, de vez en cuando, publicaba. Siete años después de su muerte nos sigue obsequiando novedades, como El Tercer Reich en este 2010, una gran novela muy imbricada con su vida y sus gustos, como casi toda su producción. En Estados Unidos lo acaban de descubrir, con lo cual le han dado carta de existencia universal, aunque en el resto de Occidente sus libros la tuvieran desde hace más de una década. El éxito de Bolaño no es reciente, y para descubrirlo lean el artículo de Ignacio Echevarría, quien bien lo conociera, en El Cultural de hoy acerca de Robert Ballyear. Como sabemos de sobra, hoy lo importante no es la obra sino la marca o el logo, lo cual no vale para la creación de este autor. Y por eso nos gusta tanto: su obra es total y global.
He dado conferencias sobre Bolaño, dirigido trabajos de doctorado y publicado en Turia y otras revistas acerca de su obra. La grácil complejidad de su prosa me lo convierte en más atractivo cada vez; siempre encuentro significados nuevos en su relectura. Quedo encantado con sus personajes oscuros, ocultando un fondo desconocido, con su búsqueda de las formas más abyectas del ser humano, pero siempre mostrando su universo e incluso a sí mismo. No me extraña que haya tantos "bolañitos", y como Jorge Volpi dijera en relación a los escritores jóvenes latinoamericanos, "todos somos Bolaño". Al fin y al cabo representa al hombre consagrado a la literatura y a la creación de su universo narrativo. Un hombre literario, lo cual es una carencia de nuestra sociedad actual. Cuanto más libros se escriben menos hombres literarios como Bolaño existen.
No hemos olvidado a Bolaño. Sigue vivo. No es un icono de la literatura hispanoamericana, sino un autor puntero, lectura obligatoria para nuestros alumnos igual que Rubén Darío, Borges, Rulfo, Neruda, García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier o Rómulo Gallegos. Él no es el signo de una generación: es el signo de nuestros tiempos, de nuestro mundo, de nuestras aspiraciones de vivir la literatura.
El día 26 de noviembre iremos a Castellón a pronunciar una conferencia sobre su obra. Hay que seguir evangelizándola más allá de las aulas, los congresos y las cátedras; ensanchar su número de lectores. Si lo conseguimos, será un buen signo: será muestra de que los lectores tienen buen gusto y valentía para leer buena literatura alejada del neofolletín imperante en las listas de libros más vendidos.
Nos conformamos con tan poco que, en estos momentos, alabamos que una televisión, aunque sea una, dedique un poco de tiempo a nuestros escritores y los trate de manera tan cariñosa y ajustada a la realidad, sin mitificaciones ni mixtificaciones. A ver si la sociedad se da cuenta de que la utilidad de la literatura real es incuestionable. A lo mejor, la crisis económica nos permite recuperar el buen gusto estético porque es crisis de valores sobre todo. Entre ellos, el de la sensibilidad artistica.
Bolaño vive. Siempre nos dice algo nuevo aunque lo hayamos leído.
jueves, 21 de octubre de 2010
A propósito del Planeta
Carmen Amoraga ha sido finalista del Premio Planeta. Me alegro muchísimo de que una paisana mía alcance las mieles del éxito y le permita ser conocida e incluso visitar esas listas de libros más vendidos que parecen fotocopiadas para todos los periódicos. Y más cuando la paisana es amiga y compartimos asociación literaria o vigilias de lectura de otros amigos comunes, además de haber tenido la fortuna de entregarle el premio de la crítica literaria valenciana cuando yo era secretario en 2004 por La larga noche, un argumento atractivo sobre la industria del cine pornográfico barcelonés alrededor del rey Alfonso XIII.
Su dotación económica altísima es una espoleta importante y nos encanta que los escritores, y algunos de calidad sobre todo, ganen unos cuantos miles de euros con muchos ceros detrás de la primera cifra. Ojalá muchos lo consiguieran como en otras profesiones menos arduas pero más populares.
Siempre se ha comentado que la obra finalista del Planeta es la buena, mientras que la ganadora es la comercial, la destinada al público mayoritario. Lo fue en el caso de los otros dos finalistas valencianos de este siglo XXI, Susana Fortes y Ferran Torrent. Sus obras superaron en calidad a las de los vencedores Antonio Skármeta y Lucía Etxebarría. Espero que mi amiga Carmen también lo haya conseguido, aunque con Mendoza es complicado.
De esa forma, el premio se concebía desde su origen bajo el principio de la aglutinación de la comercialidad y de la calidad literaria. Era, por tanto, un premio para todos, gran público y minorías. Una buena conjunción astral sobre la que recaían rumores sobre ganadores sin acabar su obra, bajadas de pantalones de escritores de culto, plagios o presiones de grupos mediáticos, algunos a caballo, los cuales alimentan su aureola mítica misteriosa y no hacen más que reforzar su popularidad y su notoriedad.
Es un premio que engulle hasta sus sombras de manera inteligente con elegancia. Todos los años padecemos el morbo de la ratificación del premiado que por la mañana del día del fallo ha aparecido en la prensa. Sabemos qué obra va a ganar pero ¿y si.....? Luego nos dicen lo que queremos escuchar y hasta nos gusta. ¡Fíjate, si hasta yo lo sabía!, piensa el lector de la prensa matinal.
Pero en el fondo me deprime la historia del Premio Planeta. Ver a políticos haciéndose huecos a toda cosa para salir en las fotografías con los ganadores (de todo signo: aún recuerdo a Eduardo Zaplana por delante de Susana Fortes en la fotografía de El País), a una ministra vestida para la pasarela hollywoodiense, cuya rojez se limitaba a un vestido poco acorde a su condición de pertenencia a una izquierda que ahora nos pide sacrificios laborales, a gente intentando posar junto a los autores premiados para enseñar la imagen al vecino envidioso, el empresario que asistiendo a la cena puede presumir de su cultura, y a unos medios de comunicación entregados a la misma parafernalia repetitiva de todos los años. ¿Será esto la literatura?
Negocio. Muy lícito negocio y también tiene su literatura, e incluso entra en su historia. Pero negocio. Y los políticos (siempre hay excepciones) se suelen ausentar de las buenas conferencias literarias. Les gusta más la foto que el libro ganador, y por supuesto la popularidad futura de la obra. Eso demuestra aún más que es un negocio.
Me alegro mucho de la existencia de estos premios tan estimulantes y gratificantes para los autores. Lo merecen. Merecen el reconocimiento negado por una sociedad (de)pendiente de la farándula televisiva. Pero es triste que premios importantes como el nacional o el de la crítica no tengan más repercusión que la de un minuto en el telediario de TVE y media página de prensa, si es que la consiguen. He asistido a ceremonias de entrega de ambos premios y nada que ver con la farándula planetaria cuando teóricamente son galardones a las mejores obras publicadas durante todo un año, y dos candidatas entre tres mil novelas son las del Planeta.
Triste pero cierto. Al fin y al cabo, estamos en la era del vacío como la bautizó Lipovetsky.
Su dotación económica altísima es una espoleta importante y nos encanta que los escritores, y algunos de calidad sobre todo, ganen unos cuantos miles de euros con muchos ceros detrás de la primera cifra. Ojalá muchos lo consiguieran como en otras profesiones menos arduas pero más populares.
Siempre se ha comentado que la obra finalista del Planeta es la buena, mientras que la ganadora es la comercial, la destinada al público mayoritario. Lo fue en el caso de los otros dos finalistas valencianos de este siglo XXI, Susana Fortes y Ferran Torrent. Sus obras superaron en calidad a las de los vencedores Antonio Skármeta y Lucía Etxebarría. Espero que mi amiga Carmen también lo haya conseguido, aunque con Mendoza es complicado.
De esa forma, el premio se concebía desde su origen bajo el principio de la aglutinación de la comercialidad y de la calidad literaria. Era, por tanto, un premio para todos, gran público y minorías. Una buena conjunción astral sobre la que recaían rumores sobre ganadores sin acabar su obra, bajadas de pantalones de escritores de culto, plagios o presiones de grupos mediáticos, algunos a caballo, los cuales alimentan su aureola mítica misteriosa y no hacen más que reforzar su popularidad y su notoriedad.
Es un premio que engulle hasta sus sombras de manera inteligente con elegancia. Todos los años padecemos el morbo de la ratificación del premiado que por la mañana del día del fallo ha aparecido en la prensa. Sabemos qué obra va a ganar pero ¿y si.....? Luego nos dicen lo que queremos escuchar y hasta nos gusta. ¡Fíjate, si hasta yo lo sabía!, piensa el lector de la prensa matinal.
Pero en el fondo me deprime la historia del Premio Planeta. Ver a políticos haciéndose huecos a toda cosa para salir en las fotografías con los ganadores (de todo signo: aún recuerdo a Eduardo Zaplana por delante de Susana Fortes en la fotografía de El País), a una ministra vestida para la pasarela hollywoodiense, cuya rojez se limitaba a un vestido poco acorde a su condición de pertenencia a una izquierda que ahora nos pide sacrificios laborales, a gente intentando posar junto a los autores premiados para enseñar la imagen al vecino envidioso, el empresario que asistiendo a la cena puede presumir de su cultura, y a unos medios de comunicación entregados a la misma parafernalia repetitiva de todos los años. ¿Será esto la literatura?
Negocio. Muy lícito negocio y también tiene su literatura, e incluso entra en su historia. Pero negocio. Y los políticos (siempre hay excepciones) se suelen ausentar de las buenas conferencias literarias. Les gusta más la foto que el libro ganador, y por supuesto la popularidad futura de la obra. Eso demuestra aún más que es un negocio.
Me alegro mucho de la existencia de estos premios tan estimulantes y gratificantes para los autores. Lo merecen. Merecen el reconocimiento negado por una sociedad (de)pendiente de la farándula televisiva. Pero es triste que premios importantes como el nacional o el de la crítica no tengan más repercusión que la de un minuto en el telediario de TVE y media página de prensa, si es que la consiguen. He asistido a ceremonias de entrega de ambos premios y nada que ver con la farándula planetaria cuando teóricamente son galardones a las mejores obras publicadas durante todo un año, y dos candidatas entre tres mil novelas son las del Planeta.
Triste pero cierto. Al fin y al cabo, estamos en la era del vacío como la bautizó Lipovetsky.
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