El trueno cae y se queda entre las hojas
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jueves, 2 de diciembre de 2010

Las Bisagras del Bosque

MANUEL LLEÓ VALOR – PEDRO SEMPERE. Ediciones del Primor (Colección “La Séptima Palabra”), 140 páginas.

            La literatura no siempre tiene que ser un mal necesario; un elemento social de prestigio frente a la vulgaridad imperante, tolerado y auspiciado por el poder con el fin de controlar su influencia y el flujo de sus ideas. En ocasiones puede ser un simple juego. Pero un afán lúdico complejo, que no significa oscuro, como los crucigramas gigantes y aquellos dameros hoy reemplazados por los sudokus, porque para eso estamos en una sociedad de números y economía y no de humanidades. Petronio se equivocó cuando dijo que “la rareza fija el precio de las cosas” porque realmente lo sorprendente suele ser gratuito mientras que la vulgaridad o lo esnob se paga a precios de oro en nuestro mundo actual.
            Pues aquí tenemos un libro que debería pagarse caro por su rareza. Se trata de una obra escrita a dos manos (eso de “a cuatro manos” me resulta curioso, porque quizá los autores pueden no ser ambidiestros y no saber escribir alternativamente con la derecha y la izquierda): Las bisagras del bosque. Sus autores, valencianos: Manuel Lléo Valor y Pedro Sempere. Este último de suficiente prestigio en nuestro ámbito cultural, y el primero, uno de esos valencianos que conquistan Madrid sin que su tierra lo aprecie, como suele ser habitual.
            Un libro de dos autores siempre puede generar desconfianza. Muchas veces han sido obras de un autor apadrinado por otro que presta su nombre para darle un empujón comercial. ¿Escribirá uno y le corregirá el texto el otro? ¿Anotará cada uno una línea? ¿De quién habrá más prosa? ¿Qué estilo predominará? Muchas preguntas a contestar. Particularmente, un libro unitario de doble autoría no me genera confianza a priori, salvo que sea de cuentos, con lo cual es un tomo con textos independientes de cada creador, o una obra con una composición bien pensada y en alternancia.
            Las bisagras del bosque es un libro donde alternan los discursos de los dos autores, como si fuera un libro de microrrelatos, manteniendo una unidad estructural y literaria. Si partimos de su concepción, comprenderemos mejor la confianza ofrecida. La obra fue concebida como un “cadáver exquisito”; a la mejor manera práctica de los autores surrealistas, pero con una instrumentación actual: con una composición surgida por medio del intercambio mutuo de correos electrónicos. A un escrito inicial (y ahí está el misterio: ¿quién empezó?), el segundo autor recibió el texto con una palabra subrayada al azar. El receptor escribía un nuevo texto, y así sucesivamente, entre palabras subrayadas y textos compuestos siguiendo el término seleccionado, nació el libro. Un texto creado con una palabra subrayada que obligaba a la segunda mano a redactar uno nuevo y así sucesivamente hasta culminar una obra de ciento treinta y dos composiciones.
            El índice alfabético posterior a los textos reúne las palabras clave de este “cadáver exquisito” lleno de poesía. Conceptos naturales como el aire, la noche, el cielo, las luciérnagas, o la playa, bailan con otros abstractos como el azar, el delirio, la culpa o la metáfora. Las etapas de la vida, los sonidos, el pensamiento, términos de la vida cotidiana o de la sociedad contemporánea (residuos o polución), adquieren una dimensión conceptual si no nueva, sí reflexiva por el influjo lírico. Está presente el espíritu de la metáfora ramoniana, con el humor sustituido por el ingenio sorpresivo. Pero siempre hay un matiz aforístico en estas reflexiones: “la humildad no es una virtud, es un arma de dominación masiva ideada por la religión” (p. 74). No hay pretensión de establecer verdades absolutas; solamente jugar con los conceptos hasta inducir al lector a la reflexión activa.
            Es por ello un libro para lectores inteligentes. No es preciso ser un lector activo, pero sí tener la sutileza de la captación analítica, y en ocasiones instintiva. Cuando se lee “la memoria auditiva también establece sus jerarquías” (“Luciérnaga”, p. 42), el autor (¿Valor o Sempere?, vaya aquí el reto) establece un inicio cadencioso de rico lenguaje analítico. No obstante, la inventiva va más allá del uso metafórico y aforístico y reproduce incluso versos del acervo culto como popular (“un rayo misterioso que anidará en tu pelo”, estrofa del célebre bolero de Carlos Gardel). El lugar común se mezcla entre la originalidad proporcionando una placidez a la lectura insólita.
            ¿El género del libro? Complicado. En principio, es un ensayo en su sentido literal. Contiene fundamentalmente reflexiones y percepciones subjetivas. La mayor parte de los texto son prosas, pero en ocasiones la disposición se aproxima al verso. Es el caso de “Alma”, un texto muy lírico sobre su carácter enigmático. ¿Existirá? ¿Sí o no? Es lo que nos pretende mostrar la subjetividad del hablante lírico: curiosa manera de lograr la reflexión por medio de un discurso de impregnación poética y aforística. Al principio se habla de diario. Diario a dos voces, sin el corsé de la fecha: dietario más bien, dietario de la palabra y su gesto cautivador.
            Pero el libro perdería su belleza interna sin la presencia de una tipografía excelente y unas ilustraciones de Sergio Gay que no sólo acompañan al texto literario, sino que en ocasiones lo explican y acentúan el discurso. Aquí se establece un diálogo del discurso con la textualidad gráfica y tipográfica. Ese negro de fondo de la entrada “Suicidas” (p. 48), es un gran acompañante. Pero en la página contigua se habla de “Muerte” con un fondo negro y un rectángulo vertical blanco en cuyo interior se encuentra el texto. Pero ese rectángulo es un sarcófago en cuyo interior yacen cadavéricas palabras de planteamiento acerca de la inutilidad de escribir sobre la muerte desde la vida pero dibujan el interrogante sobre el alma. Una soberbia ilustración da fondo a “Miedo, párrafo que se inicia con inteligentes palabras: “Sé que sólo debo tener miedo al propio miedo” (p. 27). O ese Sísifo que empuja “Piedras”, con ese recuerdo al poemario Las Piedras de Félix Grande, premio Adonais en 1963, que sin duda impactó en el autor del texto. Como se observa, no es una ilustración decorativa: se integra en el texto y le proporciona mayor lucidez estética y conceptual.
            Las bisagras del bosque se agradece en el panorama literario actual por ser una prosa atractiva, desprovista de alharacas y alejada de la comercialidad, con ansias de darle virtuosismo a esa palabra tan degradada en la sociedad actual y tan depauperada socialmente por el poder de la imagen. Un “cadáver exquisito” que resucita al lector anhelante de discursos provistos de fortaleza y de sentido. Al fin y al cabo, la literatura es un arte de la palabra, y cuanto más se domine el flujo de las frases, mayor será la calidad de un texto bien estructurado y original como éste.
Manuel Lleó, “publicista heterodoxo que pinta, graba y escribe”, como indica la solapa, y Pedro Sempere, autor con un currículum literario excelente marcado por su premio La Sonrisa Vertical o los Valencia y Gabriel Miró, pero también por su afición cinematográfica ampliamente demostrada en sus colaboraciones en revistas como Cartelera Turia, y su indagación en las utopías y tecnologías de la era digital en McLuhan en la era de Google (2007), además de sus ensayos de tema futbolístico (Cien años de soledad granota y No le digas a mi madre que soy granota), han credo una obra singular. No entrará dentro del ámbito comercial, pero sí que deleitará a aquellos valientes que aún creen en las virtudes de la palabra.
Sobre Las bisagras del bosque, recogiendo aquella expresión empleada en la cartelera donde colaboró Sempere (“A ver”) y adaptándola a la literatura, tenemos que expresar: “A leer”.

J. Vicente Peiró

viernes, 12 de noviembre de 2010

Olvidos literarios valencianos (II). Enrique Nácher.

Dice nuestro estatuto de autonomía de la Comunidad Valenciana que se considera valenciana a toda persona que haya nacido o resida en cualquier lugar del territorio. Dice bien, puesto que siempre hemos considerado esta tierra como un lugar de encuentro de razas, costumbres y lugares, por tradición e historia.
Pues también tenemos escritores nacidos fuera de la Comunidad que han residido casi toda su vida, a los que hemos acogido dentro de nuestra literatura. Entre los casos más célebres está el de Max Aub, a quien se le han dedicado congresos, ediciones de sus obras completas y una casa con centro de investigación en Segorbe, la tierra donde disfrutaba de sus estíos y épocas de sosiego.
Pero tenemos más. Y los valencianos, con nuestra memoria cargada de mitos, nos olvidamos fácilmente de ellos. O simplemente no los conocemos porque aquí son más importantes los presidentes de la falla de tu barrio que un pensador o un activo escritor. A lo mejor es que son más importantes realmente.
Un olvido que deja perplejo es el de Enrique Nácher. Es uno de los grandes novelistas de la Valencia de los años cincuenta y sesenta. Recuerdo que visité su casa en 1994 porque pocos como él podían hablarme de los ambientes literarios de la ciudad desde los años treinta. Me enseñó ejemplares de una revista de humor que tendría que rescatarse, El loro azul, sus libros, su archivo, donde dominaba un amplio conjunto de fotografías de la vida canaria de los cincuenta, y compartí su preocupación por los enfermos de Alzheimer. Una buena persona, como se dice normalmente. Sin embargo, en Valencia no existe su literatura.
Quizá porque naciera en Gran Canaria en 1912. Pero a los seis años salió de allí hacia Valencia. Estudió medicina en su universidad y se implicó en distintas actividades culturales, hasta acabar dedicándose con mayor profusión a la novela, y algo menos al teatro. No olvidemos que también trabajó la pintura y la fotografía.
Su primer momento de gloria le llegó cuando obtuvo el premio Nadal por La Buhardilla en 1950. Cuando el Nadal era un premio impulsor y de prestigio. Y así siguió conquistando otros galardones importantes como el  Pérez Galdós (1956) por la novela Guanche, Valencia (1953) por Volvió la paz, Ondas (1954), Ciudad de Sevilla (1958) por Los ninguno, Sinergia (1960) por Cerco de Arena, y Blasco Ibánez (1969) por Esa especie de hombres. Otras novelas suyas son Sobre la tierra ardiente, Tongo, Cama 36, La evolución de los débiles y El mono vestido. De esta trayectoria, Valencia no se acuerda.
Sin embargo, sí se acuerdan sus paisanos canarios, adonde viajó continuamente a lo largo de su vida. Ellos sí que supieron reivindicarlo con homenajes, artículos y trabajos sobre su obra, sobre todo acerca de Guanche, quizá porque sea la más próxima a sus habitantes, y su defensa de la identidad canaria para ellos. La narración, situada en el norte de Gran Canaria, nos muestra cómo el canario actual es descendiente de los canarios precoloniales y presenta sus peculiaridades diferentes a las españolas.
Sus novelas poseen un profundo tinte realista. De hecho, él me dijo, y así suscribo después de su lectura, que su preocupación era el reflejo costumbrista mezclado con la problemática social e interior de las gentes. Era un indagador de la intrahistoria y de la condición humana, desplegando su carácter solidario. Novela social pero con más riqueza de la prevista. Sus temas se localizan en la guerra civil española, en la emigración latinoamericana, sobre todo a Venezuela, país que también conoció, y la realidad del momento en que vivió desde la posguerra.
En Volvió la paz demuestra la impregnación autobiográfica de su obra cuando presenta a tres médicos jóvenes en su arranque profesional y sus ambiciones con uno ávido de triunfo en Madrid y ampliación de estudios en Alemania, otro feliz en su aldea y otro radicado en Valencia que se enriquece a costa de su falta de ética. Tres historias distintas que se entrecruzan para ofrecer un fresco de su sociedad. En Esa especie de hombres asalta los sucesos más importantes de los treinta años anteriores a la fecha de edición de la novela, con lo cual, si queremos conocer a las gentes de la época, bien podemos acudir a ella. Ese es el mejor Enrique Nácher; el que ofrece una realidad colectiva interceptada por las pequeñas historias individuales.
No sé si para los valencianos será un escritor suyo. Sí para sus amigos valencianos que han ido falleciendo año tras años. Pero sí sé que los mejores estudiosos y críticos valoran su obra. Ignacio Soldevila no dudó en incluirlo con letras grandes en su trabajo incompleto sobre la novela española del siglo XX. Así hace también Santos Sanz Villanueva en su reciente estudio sobre el tema, hasta el punto de que Ricardo Senabre afirma que tiene “en mayor estima las novelas de Luis Berenguer, que aquí no figura más que en una mención de pasada, que las de autores como Enrique Nácher, Dolores Medio o Mercedes Fórmica -entre otros-, que sí aparecen atendidos”. En efecto: durante cuatro páginas Sanz Villanueva estudia la obra de un autor de peso escondido entre flores marchitas y nos lo sitúa entre los escritores imprescindibles del realismo español durante el Franquismo.
Espero que algún día a alguien se le ocurra reivindicar como valenciano a un escritor universal que compuso su obra en nuestra ciudad. Al fin y al cabo, cuando uno acude a la historia de la literatura paraguaya, la canaria Josefina Pla figura entre sus exponentes fundamentales. ¿Por qué esta apasionante mujer canaria está entre las letras paraguayas y este gran escritor residente tantas décadas en Valencia no figura en las nuestras?
Se lo preguntaremos a los prebostes del canon valenciano.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

OLVIDOS LITERARIOS VALENCIANOS (I): McLUHAN Y PEDRO SEMPERE

Ahora que tanto se teoriza sobre la comunicación, la sustitución del libro por el e-book, la muerte de la prensa en papel, y tantos y tantos temas referentes al universo de la palabra, me vino a la memoria la existencia de un libro publicado hace apenas tres años (2007) titulado McLuhan en la era de Google. La "era de Google", llamativo sintagma nominal descriptivo de nuestra dependencia de este buscador "internauta" que hace una década te regalaban con los CD de publicidad de las compañías recién inauguradas, como Eresmas o Ya. Lo he releído con el morbo característico de quien desea certificar la materialización de la profecía.
Su autor: Pedro Sempere. Un fino percutor de la realidad escondida detrás de algunas paredes, de ironía deslumbrante, a quien conocimos hace muchos años como articulista de Cartelera Turia, cuando era una cartelera, y, sobre todo, por obras literarias como la novela Fritzcollage (1982), ganadora del premio La Sonrisa Vertical. Tuvo suerte por haber desarrollado su vida profesional como publicista en Madrid, cuando este ámbito era un desierto sin colonizar en los años sesenta, pero, una vez jubilado, regresó a Valencia donde uno ya no puede ser lo mismo que fue, sobre todo cuando se es honesto y coherente. También es autor de unas obras inspiradas en la actualidad de su equipo de fútbol, el Levante, de grácil lectura por su calidad literaria y merecedoras de pasar a la bibliografía futbolística imprescindible.
Este ensayo nos introduce en un universo, el de la comunicación, dominante en nuestra sociedad, atendiendo a sus transformaciones actuales. Parte del pensamiento de McLuhan, famoso por su frase "el medio es el mensaje" (que tantos pronuncian, sobre todo periodistas, sin saber qué significada "medio" para este autor, algo bien explicado por Sempere). Lo desarrolla de forma analítica hasta comprobar si el tiempo ha dado o no la razón a sus ideas y profecías dispersas en sus publicaciones, conferencias, artículos y manuscritos. Pocos españoles pueden, como este autor, haber gozado de su contacto directo y con su perspicacia desplegar los núcleos fundamentales y secundarios de sus trabajos. Por estas razones, la obra se subtitula "Memorias y profecías de la aldea global", un subtítulo muy expresivo e indicativo del contenido.
Con prólogo de Eric McLuhan, el hijo de ese profesor de literatura metido a estudioso sociológico de la comunicación, Sempere divide el libro en capítulos alfabéticos. En la "p", por citar uno, nos introduce en la evolución de la pornografía, la prensa digital y la publicidad. En la "t", el teléfono móvil, la televisión o las tétradas, leyes de los medios. De esa forma, elabora una enciclopedia crítica, con una visión personal entre el análisis del pasado y el presente con prospección de futuro. Y con un gran estilo lleno de concisión, precisión léxica (aunque no me guste demasiado tanto anglicismo habitual en este mundillo), concreción temática, una prosa fluida y amena, sin dejar de lado el recurso retórico necesario o la literariedad de su prosa. No estamos ante un tratado académico, como el autor indica en el prólogo, pero tampoco ante un manual de comunicación al uso: estamos ante una magnífica visión global del camino de los mass media desde la individualidad de cada ámbito. Por ello, estamos ante un ensayo en su plena extensión del término, aunque Sempere siempre aporte la prueba explícita a la ciencia, pero por su arte de la magia premonitoria o la perfecta conjunción entre disección y prueba.
Además del recorrido por la figura y obra de McLuhan, personalmente prefiero los capítulos referentes al cumplimiento de algunas profecías. Nos permite reflexionar cuando nos alumbra con frases como las referentes al auge de la prensa digital y la puesta en defensiva de los periódicos creando ediciones en Internet.  O el muy interesante capítulo "El héroe cansado" sobre la irrupción del libro electrónico y su penetración en la sociedad, abierto a sucesos futuros inciertos. Nos satisface el estudio de los medios calientes y medios fríos por su agudeza. Generalmente para el profano era difícil comprender esta diferencia, pero el estudio de Sempere la aclara y facilita su comprensión en apenas unas páginas. Los conceptos complejos con este ensayo quedan sumamente aclarados.
Para quien desee adentrarse en este mundillo de la teoría de la comunicación, creo que tiene aquí el instrumento adecuado. Los esquemas gráficos le dan claridad a los conceptos más difusos. Quizá nos gustaría que el tamaño de la letra de las citas literales fuera un poco más amplia, pero esto es insignificante cuando el libro posee una riqueza y una claridad expositiva digna de agradecimiento. Tan interesante como las predicciones nos resultará el análisis de la televisión con sus basuras escenificadoras de la oferta y la demanda, conclusiones no alteradas por el paso de estos tres años, sino realmente intensificadas hasta el agotamiento y el vómito.
El mundo de las telecomunicaciones evoluciona a tal velocidad que la obra podría actualizarse en algunas facetas. No en una obra abierta de una página web, que nunca será una obra conclusa (con lo cual igual hasta ni es obra). Si un formato para el e-book permitiría su continua evolución, con permiso del autor, una nueva edición podría abordar el auge de Facebook y otras redes sociales que se están imponiendo sobre otros medios como chats y foros, la evolución de Google, convertido ahora en algo más que un buscador y que se fagocita progresivamente a navegadores y programas ofimáticos o gráficos, hasta convertirse sus propietarios en los nuevos Bill Gates de esta primera década del siglo XXI, o la vigencia de SecondLife, que parece bastante ausente del debate social actual e incluso si foros o redes sociales permiten desarrollar esa "second life" a la que algunos seres aspiran como salida de su mediocridad e incomunicación. No obstante, no estamos ante un libro obsoleto por dos motivos: 1) su perfecto análisis del pensamiento mcluhiano y la evolución histórica de los mass media; y 2) el cumplimiento de sus predicciones en estos momentos.
Ya sabrán Vds., por fin, gracias a Pedro Sempere, por qué "el medio es el mensaje" y "el miedo es el masaje". Sabremos por qué, como dice el autor, "la Era Digital no tiene fronteras". Aunque me temo que esta era acaba de comenzar y no veremos su desenlace porque parece no tener su final muy cerca. McLuhan ha conseguido con el tiempo convertir sus profecías en ciencia, en efecto, pero no sé si las predicciones de Negroponte se harán realidad. En caso afirmativo, siempre existirá la Resistencia, con mayúsculas. O los hombres-libro de Ray Bradbury y su Farenheit 451.
Quizá McLuhan ahora no tendría el camino de la profecía tan fácil. O quizá sí, como ha hecho Pedro Sempere en este libro.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

Premios literarios valencianos: R.I.P.

Valencia es un jardín de flores, donde brilla la paella y su fría arquitectura cibernética. Está muy bonita. No se vive en ningún sitio como aquí. Fíjate en esos madrileños que pasan hora y media al día para ir a su trabajo, y luego vienen a nuestras playas en cuanto tienen tres días de fiesta. Fíjate en esos gallegos que pasan semanas sin ver el sol. Y en esos catalanes, siempre pendientes de expandir su imperio y de sacar calés a todo el mundo. No hay nada como Valencia.
Además, tenemos Fórmula 1, Motociclismo, Champions League, Copa del América... Soltamos la mosca y ya está: Ecclestone se rinde a los efluvios del humo de la paella.
Pero nos hemos quedado sin premios literarios del Ayuntamiento de Valencia. total, ¿para qué sirven? La Generalitat eliminó sus premios de ensayo y a los libros mejor editados, y ha dejado moribundos los antaño subvencionados premios de la crítica valenciana quizá por desconocimiento de su importancia para que un autor diera el salto al ámbito nacional y su obra quedara certificada como prestigiosa. Y no pasa nada porque la gente de la literatura es insignificante aquí.
El Ayuntamiento de Valencia no ha convocado los premios Ciudad de Valencia, a pesar de estar presupuestados. Eran premios de raigambre nacional y uno de los frentes sociales donde se superaba el localismo y el provincianismo tan arraigados en nuestra cultura. El argumento esgrimido con la boca pequeña consiste en que, dada la situación financiera del consistorio, la partida debía ser destinada a gastos más necesarios. Lo cierto es que la supresión ha pasado de puntillas sin voces discrepantes.
La crisis económica -y de valores inmateriales- se ha llevado por delante otros premios municipales como el de narrativa juvenil de Cullera o el Bancaixa de Burjassot. Puede ser, como afirma Joan Carles Girbés en l'Informatiu, que hubiese un exceso de premios literarios, pero, como bien apunta, son importantes para fomentar el dinamismo creativo cuando la iniciativa privada les da la espalda por inoperancia. No lo niego: incluso que algunos sean elementos decorativos. Sin embargo, las autoridades deben velar por la promoción cultural y no hay nada mejor que un premio público para iniciar una  trayectoria literaria valiosa. Además, en el caso del premio del género teatro, el de Valencia era un premio necesario, dada la carencia de concursos para libretos originales en nuestra Comunidad.
Sólo sé algo: una ciudad importante debe aupar a la gente de su cultura. Un empujoncito viene muy bien. Aquí hemos eliminado por superfluo este empujoncito. Mientras, la ciudad duerme, calla y da su visto bueno a la masacre de su cultura nacida del pensamiento, de la actividad alejada de la comercialidad. Hemos sido incapaces de crear una estructura literaria como la de otras ciudades ante la indiferencia de un pueblo para el que un libro es un objeto de castigo en lugar de instrumento de placer y de progreso individual y colectivo. No tenemos grandes editoriales y las que son serias sobreviven gracias al libro escolar. No tenemos fundaciones que impulsen congresos. Y ahora tampoco instituciones públicas. Así nos va. Luego se preguntarán por qué nos vamos a Madrid o a Barcelona... o a Murcia.
Mientras tanto, las fallas se quejan de un recorte de un tercio en la ayuda municipal a sus monumentos, ayuda que no existía hace una década. Pero no las suprimen, quizá porque sean "necesarias" dado que nos garantizan el reasfaltado de las calles después de la cremà. Quejas por recortes, pero nadie se queja de una supresión de facto de un bien común minoritario, y de, lo que es peor, la falta de garantías de recuperación de los premios, una de las pocas actividades que nos elevaba al calificativo de ciudad de cultura. Ningún concejal explica qué harán el año próximo, mientras la oposición calla porque bastante jaleo tiene dentro de su casa como para preocuparse de algo tan inservible como es la cultura real, la cultura del pensamiento, desplazada en esta ciudad por los grandes eventos deportivos y por la cultureta popular controlada desde el poder ideológico. Al fin y al cabo, aquí es más útil prestar solares públicos a un club de fútbol privado en la ruina que apoyar a las minorías impulsoras del progreso cultural.
Nada, sigamos así. Valencia seguirá su camino polvoriento mientras otras ciudades tomarán su testigo. ¿Para qué años Joanot Martorell si están vacíos de contenidos y realidades tangibles? ¿Para qué mantener una fláccida estructura cultural si las fallas dan más votos?
Menos mal que nos quedan los Premios Valencia de la Institución Alfonso el Magnánimo de la Diputación de Valencia o los Octubre. Por ahora.

viernes, 29 de octubre de 2010

Homenaje a José Albi

El poeta valenciano José Albi, fallecido el 7 de junio pasado, gozaría ayer día 28 de octubre. Desde donde esté, seguro que disfrutaría al ver a siete asociaciones literarias valencianas leyendo treinta y siete poemas suyos y unidas alrededor de su figura. La Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE), Amigos de la Poesía de Valencia, El Sueño del Búho, Ateneo Blasco Ibáñez, La Buhardilla, Instituto de Estudios Modernistas y Asociación Literaria Castellonense de Amigos de la Poesía (ALCAP), rindieron un sentido homenaje con la lectura de sus versos. El que Pepe Albi fuera capaz de reunir a todas las asociaciones demuestra el cariño que le rendíamos en esta ciudad a veces tan desagradecida con sus gentes.
Lo merecía. Un poeta con una línea propia, alejado de modas, zaranganas y premios. Alejado del mundanal ruido y que sacrificó la fama por una vida feliz junto a su familia, sus amigos y su tierra. Como expresó su hijo Fernando, "¿para qué me iba a ir a Barcelona o a Madrid si aquí era feliz?". Y es que uno es de donde es feliz. Tu tierra no es aquella donde estudiaste el bachillerato, como dijera Max Aub, sino aquella donde gozas. Y así hizo Albi, un amigo de todos.
Las asociaciones mostraron su devoción por el poeta con sus diversas personalidades. La presencia de sus amigos de Jávea, Antonio Espinós y Francisco Reus, y su concejal de cultura, junto a la Directora General del Libro de la Generalitat Valenciana, añadió mayor intensidad al acto, perfectamente culminado con las lecturas de sus tres hijos. Fue un homenaje lúcido, transparente como el agua, hasta el punto de convertir a Albi en un espejo en el que todos nos debemos mirar. Pero el acto no hubiera sido posible sin la implicación activa y eficiente de la Institució Alfons el Magnànim, y su director Ricardo Bellveser.
Vida de un hombre, El silencio de Dios, El temps ombrívol de les roses o Picasso azul es parte de su producción destacada. Su valor para emprender la aventura de la revista Verbo en los años cuarenta nos demuestra su amor a la poesía. Fue una de las primeras personas en rescatar el mejor surrealismo en la poesía española en uno de sus números, coeditado con Fuster cuando aún se llamaba Juan. Presidente de Honor de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE), ejerció una enorme labor impulsora de la actividad cultural.
Pero aquí no se acaba José Albi. Su poesía está ahí y siempre le recordaremos. Siempre con nosotros, ¿verdad, Fernando?